Opinión Nacional

La revolución de las conciencias o la alianza de los desclasados

“Tan cierto es Sócrates, que la injusticia cuando se la lleva hasta cierto punto, es más fuerte, más libre, más poderosa que la justicia, y que, como dije al principio, la justicia es el interés del más fuerte, y la injusticia es por sí misma útil y provechosa.”

TRASÍMACO, en La República de Platón.

He identificado como una prioridad abordar ciertos aspectos relacionados con la eterna controversia que gira en torno al tema de las clases sociales, y la necesidad que esta realidad nos impone de avanzar hacia nuevas formas de organización societal. Sin saber si pertenezco a clase alguna, en una sociedad donde la inversión de los valores y la tergiversación de las ideologías han venido mermando la posibilidad de reconocernos unos a otros, haré un enorme esfuerzo por enfrentar con dignidad este desarraigo, para finalmente tratar de esclarecer aquel embrollo arduamente configurado por consideraciones al respeto que supuestamente viene de los hombres.

Apenas unos días atrás conversaba con unos amigos, tan perdidos como yo en el asunto, y nos hacíamos la misma pregunta. ¿A qué clase social pertenecemos? Cabe señalar que la contienda política del momento ha despertado en los venezolanos el interés y la necesidad, además de otras cosas, de ubicarnos acertadamente en el campo de batalla, por razones no menos importantes que la sobrevivencia. Una ubicación equivocada pudiera significar la esterilidad de nuestros esfuerzos, la desconfianza de nuestros compañeros, y más aún, la traición y la muerte.

En todo caso, para aquellos desprovistos de la posibilidad de atrincherarse, resta la tarea de analizar el tema con la mayor objetividad posible, e identificar aquellos fenómenos que se revelan como manifestaciones propias del mismo. Así, retomando el hilo de la conversación con mis amigos, comenzaré afirmando que somos muchos los que en Venezuela no tenemos la menor idea a qué clase social pertenecemos. Pues, en la sociedad en que vivimos, entre los de arriba y los de abajo, los del medio y los de abajo, los del medio y los de arriba, los de abajo y los de abajo, los del medio y los del medio, y los de arriba y los de arriba; existe tal variedad de diferencias y similitudes que sería casi bárbaro, nada sagaz, y por tanto precario, alegar un nominalismo absoluto en relación a la sociedad y una realidad también absoluta en relación a la clase. Quizás, esto sea consecuencia de la movilidad social que siempre ha existido en nuestro país, y una de nuestras más preciadas bendiciones. Por otra parte, tampoco caeremos en el tramposo juego de la burguesía cuando niega la existencia de clases, o de la lucha de clases, remitiéndose a una sociedad donde se presume que los hombres ya son política y jurídicamente iguales, y promueve un sistema individualista en que el éxito pertenece al más fuerte, más afortunado o más útil, con el fin de prevalecer en condiciones escandalosas de ventaja. De lo que se trata es de entender que la sociedad es una realidad que se eleva por encima de las clases que la constituyen. Hablar de clases como única realidad supondría la inexistencia del campo donde se desarrolla la lucha de clases, y por tanto la manifiesta descomposición del conflicto.(2)

De tal manera, en Venezuela – como en muchas otras sociedades -, el ingrediente racial hace aún más complejo el panorama cuando se mezcla con la noción económica de las clases. En el pasado, las diferencias raciales y la división en castas de la población determinaban sus modos de producción. En otras palabras, la raza y la casta definían y, en gran medida, proporcionaban el tipo de trabajo o actividad a desempeñar. Más tarde, una vez abolida la esclavitud y establecido un nuevo orden político y jurídico, faltaba todavía la asimilación real y aceptación sincera de un hecho que trastocaba las entrañas mismas de la sociedad tradicional. La inserción de estos grupos raciales en el aparato productivo bajo el nuevo régimen de libertades ha sido uno de los problemas de mayor trascendencia enfrentados por nuestra sociedad. Y aunque el mestizaje logró cicatrizar las heridas ocasionadas por luchas raciales exacerbadas, todavía hoy el rechazo a ciertas categorías raciales continúa obstruyendo sus deberes y derechos culturales y económicos, y limitando sus posibilidades de ascenso social.

En efecto, la lucha de clases con su resentimiento, su injusticia y su hipocresía, con sus complicaciones en general, es una de las enfermedades más graves que se desarrollan en el cuerpo social. Toda mentalidad de clases socava la fuerza de la personalidad y agota al hombre espiritual. Como consecuencia, disminuye el potencial creativo y se desvanece la dignidad de reconocernos unos a otros como seres divinos. No son las clases, las razas (o los géneros) las que son buenas, nobles e inteligentes, sino las personas. Y lo son en la medida en que sean capaces de superar los limites de su clase. La concepción materialista burguesa que clasifica a los grupos sociales con respecto a sus niveles de producción (el hombre esencialmente económico), y que engendrará posteriormente al materialismo dialéctico marxista tienen como origen la decadencia de los valores trascendentes en el hombre moderno. (3) La verdadera lucha contra el burguesismo es de carácter espiritual. El proletario que emprende esta lucha desde el punto de vista económico y social no se da cuenta de la influencia que está ejerciendo su mentalidad burguesa, y lo que es más triste aún, una vez se encuentre en posiciones de poder, habiéndose envilecido su corazón por el odio y la venganza, pudiera convertirse fácilmente en todo aquello que combatía, censurando y oprimiendo a los grupos intelectuales y espirituales. El espíritu burgués es la negación de toda espiritualidad.

En las democracias contemporáneas, muy a pesar de la igualdad y la libertad que se predican, continúan existiendo márgenes de desigualdad económica desproporcionales con relación a la clase. Los derechos inherentes a toda existencia: vida, trabajo y propiedad, no se encuentran garantizados más que formalmente. Los bienes culturales y sociales se hallan concentrados en manos de unos pocos, y la posibilidad real que la vida en sociedad debe ofrecer a todo hombre, de cultivar su inteligencia, manifestar su potencial creador, y realizar su vocación, se ha ido convirtiendo en un espejismo. Por consiguiente, el deber que se impone en este siglo que apenas comienza, no es tanto el de democratizar como el de espiritualizar a las masas. Darles forma de imagen y semejanza. Mostrarles que es posible un acercamiento más sincero y efectivo entre los hombres. Animarles a nuevas formas de organización e interacción social. Sólo entonces podremos aspirar a la verdadera revolución. La Revolución de las Conciencias. El renacimiento de la dignidad humana lleva implícito el reconocimiento del hombre, ya no por lo que tiene, sino por lo que es. Y desarrollar esta apreciación ontológica del asunto necesariamente nos conduce al establecimiento de genuinas jerarquías, las de los dones, habilidades, esfuerzos, cualidades y vocaciones, las del trabajo. (4)

Sí, la nueva sociedad deberá fundarse sobre una más justa organización del trabajo, y valores familiares auténticos, aquellos que trascienden la mojigatería y el frío interés. La libertad como la seguridad encuentran su respuesta en ambos postulados. El hexagrama número 37 titulado El Clan, del libro chino de las mutaciones, I Ching, (5) nos enseña: cuando se es herido de afuera se retorna al hogar. Tal aseveración evoca contenidos similares de la cultura judeocristiana u occidental: En el Medioevo el concepto de libertad estaba íntimamente ligado al concepto de nobleza. Ser noble significaba ser un hombre libre; pero la libertad era concebida como deber y responsabilidad, se alimentaba del cumplimiento de las obligaciones para con la casa (familia, feudo, patria), y era retribuida con el amor, respeto, solidaridad y protección de otros patriarcas, familiares y servidores. Noblesse Oblige (6) fue el lema de una época que antepuso el deber al derecho. Esto me hace recordar un poema de Goethe donde llama a reflexión al Carácter Nacional Alemán: Alemanes, en vano esperáis ser nación; formaos para ser, en cambio, hombres libres. El camino hacia la libertad real consiste en procurar elevar los niveles de conciencia de un pueblo con respecto a valores ciertamente imprescindibles para una convivencia armónica entre los hombres. Y es en el contexto familiar donde el ser humano recoge sus primeras impresiones sobre la vida, las relaciones y las cosas. No en vano podemos afirmar que según esté conformado este núcleo social podremos identificar y determinar gran cantidad de rasgos en los miembros e instituciones de una sociedad. El gobierno, las fuerzas armadas, los grupos religiosos, las empresas, los centros educativos, los sindicatos, los gremios, y los partidos políticos, con sus jerarquías, prioridades, vínculos y valores son amplificaciones representativas de la noción de familia que tenga una comunidad. Sin duda, la familia es la primera patria.

Al atreverme a contemplar la Edad Media, una época que apenas conoce otra cosa que relaciones privadas, algún cándido lector me preguntará si esta propuesta de continuar avanzando en la creación de la nueva estructura social no pareciera morderse la cola. No lo creo así. A mi se me hace una norma la reflexión histórica. La sabiduría de la historia es la conciencia de las relaciones entre edades pretéritas y nuestra época. No existen mejores ni peores tiempos. Es evidente que la democracia que se exalta en la actualidad no ha sido otra cosa que la adaptación de la antigua democracia griega a los tiempos modernos. Pero, una vez cumplida su misión de conquistar los mínimos derechos de todo ser humano, es preciso despojarnos de pudores intelectuales, permitir que entre un poco de aire fresco en nuestras cabecitas, deshacernos de la infantil prepotencia que caracteriza a nuestra época al pretender establecer verdades democráticas eternas, y cumplir con el deber que ahora se nos impone de renovar y complementar una democracia que se descubre insuficiente, desarrollando e implementando el nuevo régimen de
deberes para la libertad. (7) Demás está repetir que el ejemplo comienza por casa, y que son las elites políticas, económicas e intelectuales las primeras obligadas a pagar el tributo que corresponde a estos preceptos.

Ahora bien: hablar de ética es casi siempre un atrevimiento que irremediablemente desemboca en tema tan delicado y misterioso como la religión. Fue precisamente durante una época de alta religiosidad cuando el deber como inspiración adquiere la fuerza creadora que engendrará toda una civilización. Las gracias del Renacimiento son el fruto de esta siembra. Pero en épocas posteriores el hombre fue perdiendo solidaridad con la voluntad divina. La necesidad de adoración a los Dioses Supremos descendió a la necesidad de posesión de Dioses de piedra, de oro o de carne. Dioses que se derrumban, que cambian, que se equivocan, que engañan, que nos dejan morir, que exigen menos de nosotros. Dioses de la muerte y no del amor. Y las sociedades comenzaron a dudar del trabajo como máxima ofrenda y única misión del hombre sobre la tierra (suena hasta lapidaria tal aseveración, y en realidad acontece todo lo contrario). ¿A qué venimos a la vida? A realizarnos como seres humanos que somos; individuales y colectivos. Venimos a trabajar, a ser libres, a tomar conciencia de nuestras vocaciones, del llamado de nuestros corazones, y a poner todo esto al servicio de otras vocaciones, y otros corazones; de otras libertades. Venimos a amarnos. (8)Como dijera alguna vez el mejor de los filósofos: En este mundo o progresamos todos, o no progresa nadie. El progreso de la humanidad. El desarrollo sostenido de los pueblos. Y es en este sentido que debemos utilizar nuestra arma más valiosa: la inteligencia. Cualquier sociedad que desee mejorar sus condiciones de vida tendrá, irrebatiblemente, que rendirle culto a este valor. Pensemos pues, en pensar.

La opinión generalizada que señala como causa de la marginalidad integral que padece hoy día nuestro país, a la ausencia de educación o conocimientos, está siendo mal enfocada. En este caso, habría primero que diferenciar entre la capacidad de adquirir y la capacidad de generar conocimientos. Por cierto, que la opinión misma debería constituir una herramienta de reflexión profunda en cuanto a temas que tocan realmente nuestra existencia. Con demasiada frecuencia tendemos a confundir erudición o información con inteligencia. No que no puedan y deban caminar de la mano. Pero, en el proceso de desarrollo ascendente de las sociedades (y particularmente en la educación) el coeficiente subjetivo, el don humano de relacionar ideas, situaciones, cosas, crear imágenes, inventar, de hallar la solución a nuestros problemas, la respuesta adecuada a nuestras necesidades, y más allá aún, de hacer realidad nuestros sueños, sin ninguna duda, es lo más importante. Pudiéramos decir entonces que lo que interesa no es cuánto se sabe, sino qué se sabe y cómo y para qué se utiliza. Muestra palpable de lo que digo son las sociedades verdaderamente desarrolladas. ¿Nacieron aprendidas? No. Hicieron cultura.

En muchas oportunidades se ha calificado al pueblo venezolano de perezoso para el trabajo. Estoy convencida de lo contrario. La frustración es la consecuencia de mucho esfuerzo y pocos resultados. Es lo que observo a mi alrededor. Un país frustrado. El peor de todos los errores cometidos a lo largo de la democracia venezolana fue haber desviado nuestro esfuerzo de la aparentemente improductiva tarea de pensar, hacia la mera adquisición de honores y riquezas, títulos y propiedades. La fugacidad de nuestras conquistas encuentra su retrato más fiel en esta aberrante inversión de los valores. Existen principios universales inalterables de los que sí se han servido las sociedades que pueden jactarse de las mejores condiciones de vida. Pensar es un esfuerzo que requiere de estos principios, porque para pensar bien, es necesario saber pensar. El dinamismo que imprime el sano pensamiento a las sociedades difiere radicalmente del estancamiento, y en algunos casos, de la regresión que caracteriza la sola acumulación de conocimientos objetivos y (o) cosas. Esta disfunción de la estructura social, que pudiera describirse como una suerte de envanecimiento de los medios al convertirse en fines se advierte latente, en mayor o menor grado, en casi todas las sociedades contemporáneas, pero entre éstas la descubrimos patentizada en aquellas propiamente decadentes o infantiles, como la nuestra. Tristemente, el título más grande que hasta ahora hemos podido adquirir para la cuna de la independencia latinoamericana es el de La cultura de la incultura: conocimiento por conocimiento, riqueza por riqueza, política por política, y democracia por democracia.

Pues bien, ¿Cómo salir de la perversa situación en que nos hemos sumergido? Por supuesto que la clave es la educación. Pero qué tipo de educación. Ya anteriormente afirmé que el factor más importante en el proceso de aprendizaje es la inteligencia. Y además agregué que existen valores fundamentales que no pueden ser violentados sin que las consecuencias sean desastrosas. Estos valores deberán ser precisamente el fundamento de nuestra enseñanza. Hace algunos años un amigo, profesor de filosofía de la UCV, me insistía vociferante que para hacer filosofía debía necesariamente montarme sobre gigantes. Yo insisto aún, en que para hacer filosofía, el mayor arte del pensamiento, lo primero que debo hacer es navegar sobre principios. No se malentienda toda esta apreciación del saber intuitivo como un motivo para descalificar la instrucción académica y la técnica que, indiscutiblemente, complementan y enaltecen el conocimiento. Pero, al reconocer en la vocación el llamado más intuitivo del ser, no dudaré en anteponerla a los otros elementos que forman parte de la preparación para un oficio. Así, la labor más significativa de un maestro o de un método pedagógico será la de identificar, alimentar, y desarrollar vocaciones.

Miremos atrás: El trabajo es la fuerza sobre la cual se desarrolla un pensamiento, una idea. La civilización, como la conocemos, consiste en una variedad de ideas asociadas, desarrolladas sobre la fuerza del trabajo. Esta fuerza vital, (9) – entendida como la fusión de espíritu, mente y cuerpo – es el motor que genera el bienestar y la prosperidad de una sociedad (es lo que yo denomino como hacer cultura, y (o) la horizontalidad de la cultura). Los recursos y herramientas que utilizamos para aumentar la eficacia del trabajo humano, son el capital. (10) Y la totalidad del sistema circulatorio que naturalmente resulta de la asociación, articulación e intercambio de las ideas – el mercado -, que no son otra cosa que proyectos, empresas, o instituciones, y a través del cual fluyen y se distribuyen los bienes y servicios producidos, es la economía. (11) Evidentemente, no hago alusión a una economía especulativa e inescrupulosamente capitalista que hasta ahora no ha logrado crear verdadera riqueza, por el contrario, ha degenerado en una maquinaria perversa hacedora de mayor pobreza al represar los bienes materiales en pequeños sectores e impedir la fluidez necesaria para un sano funcionamiento del sistema. Tampoco, al marxismo radical de izquierda, que ha pretendido reducir la complejidad del fenómeno económico a la misma dialéctica simplona de la que se sirve en lo social. Voy, a lo que debería ser un sistema económico al servicio del hombre y su gente.

Un sistema semejante debería fundarse sobre principios universales y eternos de respeto y amor a la naturaleza, libertad y responsabilidad en la conquista de la riqueza material y del conocimiento humano, y espíritu de fraternidad y solidaridad entre los hombres. Desde un sobrio reconocimiento de la realidad socioeconómica, debería perfilarse como impulsor de un desarrollo consecuente y paralelo al retorno social en términos de ocupacionalidad, y de la distribución equitativa de los frutos del trabajo, generando una justa relación costo-beneficio.

Para ello, se hace necesario definir estrategias y normas que favorezcan la inversión de capitales en iniciativas productivas que busquen el uso racional de los recursos naturales, intelectuales y operativos, que animen las relaciones entre operadores económicos de diferentes países para el intercambio de recursos, tecnologías y conocimientos, y que promuevan aquellas propuestas transnacionales de cooperación que tiendan a equilibrar la mutua conveniencia en relación a los respectivos aportes y esfuerzos. De igual manera, se deberán evitar y condenar iniciativas que pretendan desarrollar proyectos con miras especulativas, de explotación o discriminación.

Las aspiraciones que animan una propuesta de este tipo traen su orientación en una filosofía de solidaridad, comprometida con el nacimiento de actores económicos que se desarrollen como modelos de organización capaces de producir, paralelamente, tanto justas ganancias como remuneraciones adecuadas.

Sin embargo, sería ingenuo de nuestra parte siquiera considerar que para una más justa organización del trabajo bastaría con promulgar algunas leyes o delinear ciertas estrategias. La historia, y los más recientes acontecimientos en el país alrededor del problema laboral así lo revelan. Y aunque, en la nueva estructura social se contempla al Estado, por sobre todo, como el ente rector, garante del orden, y de los servicios fundamentales para una vida digna (12), el capital, que se muestra de la misma manera tímido que osado deberá ser emplazado dónde corresponde a través de la activa participación de organizaciones civiles que logren interpretar y representar los verdaderos intereses tanto del sector empresarial como del sector laboral.

De tal manera, no estaríamos hablando de un Estado despojado de su poder decisor, por el contrario, más bien de un Estado fuerte, ágil y dinámico deslastrado del peso de actividades que, por su condición última de arbitrar la compleja variedad de coaliciones, conflictos y situaciones que se presentan en la sociedad, le vienen restando objetividad, credibilidad y, en definitiva, libertad a sus juicios. Es por esta razón y no por otra, por la cual el Estado y sus máximos representantes, en especial el Gobernante, no deben involucrarse afectiva o económicamente en asuntos que corresponden a otros sectores de la sociedad. Para redondear mi idea de la manera más sencilla, me atreveré a afirmar que un Hombre de Estado de verdad tiene que haber trascendido en lo posible sus propias limitaciones: conocimientos, clase social y apetitos. Lo que llamaría Hegel, progreso de la conciencia de libertad. (13)

La política es el arte de hacer posible lo necesario. (14) La vida espiritual y, como una consecuencia de ésta, la económica, son la realidad más contundente del ser humano. La política deberá ser tan sólo un medio para desarrollar lo anterior. Las sociedades politizadas en extremo tienden a degenerar en mundos de mentira que en silencio sirven a los intereses más mezquinos. Abundantes en hombres resentidos que se desprecian a sí mismos, necesitados de servirse de astucias inferiores para lograr sus objetivos, pues son incapaces de trabajar y realizarse bajo un régimen de libertades reales (y no meramente formales). El proceso político que actualmente vive nuestro país nos brinda la oportunidad de analizar, comprender y, si quisiéramos, de rectificar los errores más evidentes de la historia venezolana. Si por alguna sinrazón fuésemos tentados a adentrarnos en la oscura institucionalidad de una democracia morbosa, o del sectarismo supersticioso de la izquierda o la derecha, habremos perdido la batalla contra la opresión. No olvidemos que las doctrinas como las ideologías siempre fueron armas de largo alcance para los dictadores. Nuestros revolucionarios y demócratas del pasado, pese al discurso liberador desfiguraron en vulgares artífices de la trampa. En menos de cuarenta y cuatro años un sistema plagado de prejuicios y exclusiones, de partidismos estériles, logró distorsionar los ideales del principio. Pensar que el triunfo de los procesos de cambio que vive Venezuela está en retomar credos extemporáneos inadecuados para afrontar las realidades del mundo de hoy sería un contrasentido. Si de algo estamos necesitados es de un culto que elevando nuestro espíritu logre interpretar la corriente vital del momento, y tenga como único ídolo la libertad.

Notas:

1 – Platón: La República o El Estado libro I.

2 – Nicolás Berdiaeff: El Cristianismo y la Lucha de Clases.

3 – Las instituciones contemporáneas vienen perdiendo aceleradamente su credibilidad. Y la vida creadora requiere de un entorno que propicie la confianza. Tener fe en nosotros mismos o en otros. Como lo expresa aquel dicho popular: Hay que creer en algo…

4 – Ortega y Gasset lo resume así: La liberación, en arte o en política, sólo tiene valor como tránsito de un orden imperfecto a otro más perfecto. El liberalismo político liberta a los hombres del ancien régime, que era un orden injusto, y para ello reconoce a todos los nacidos ciertos derechos mínimos. Quedarse en este estado transitorio, que sólo tiene sentido como negación de un pasado opresor, es hacer posada en medio del camino. De aquí el carácter provisional e insólito que llevan en la cara todas las instituciones de la actual democracia. Es preciso avanzar más y crear el nuevo orden, el nouveau régime, la nueva estructura social, la nueva jerarquía. No basta con una legislación de derechos comunes que hace pardos a todos los gatos: hacen falta los derechos diferenciales y máximos, un sistema de rangos. Véase El Espectador III. “Musicalia”.

5 – Antiguo oráculo chino de influencia confucionista utilizado por emperadores y ministros.

6 – La nobleza obliga.

7 – En las democracias contemporáneas casi siempre se habla de derechos y pocas veces de deberes. Habría que estudiar la necesidad de convertir en letra viva todo lo que ya existe en materia de leyes con respecto a los deberes civiles y políticos. Además de continuar desarrollando un aspecto que resulta vital en momentos en que el hombre pareciera venir perdiendo su verticalidad. ¿Por qué no hablar entonces, por ejemplo, de Deberes Humanos?.

8 – Gregorio Marañón lo define así: Por todo esto, la vocación ideal es no sólo parecida al amor, sino muy parecida al amor religioso. Y he aquí por qué, no en vano, la vocación más pura, la que, en castellano y en todos los idiomas latinos representa, casi por antonomasia, a la vocación, es la vida religiosa. Véase Vocación y Ética. 5ª edición 1966, pág. 20.

9 – El término Fuerza Vital es utilizado por Ortega y Gasset como la fusión de espíritu y cuerpo. Yo me he permitido ampliar el concepto e incorporar a la mente como elemento mediador. Pudiéramos hablar de una trinidad.

10 – De la combinación entre La Fuerza Vital y El Capital resulta lo que los economistas denominan Proceso Productivo, que no viene a ser otra cosa que una manifestación cultural.

11 – Esta descripción general del fenómeno económico nos muestra que su origen es indiscutiblemente espiritual y mucho más primitivo y real que la política.

12 – Reducir las actividades del Estado venezolano a lo arriba expuesto, deberá ser un proceso progresivo acorde con la realidad de un país que aparte de venir cultivando relaciones socioeconómicas perversas, depende casi exclusivamente de la renta petrolera. La liberación deberá ser producto de una sana dialéctica entre la Sociedad Civil y el Estado. Que no ponga en juego ni la capacidad de aquella de generar la prosperidad deseada, o de este último de atender las enormes carencias de los sectores menos privilegiados: salud, educación, seguridad, etc.

13 – Comienza la historia con la aparición del hombre espiritual, consciente de sí mismo y de su libertad. Que imparte leyes no las recibe: La aparición del Estado.

14 – El Cardenal de Richeliu.

15 – Término utilizado por Ortega y Gasset.

16 – Es evidente que ninguna libertad es absoluta. Estaríamos hablando de una libertad consciente de sus deberes y derechos, y por lo tanto respetuosa de los deberes y derechos de otros.

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