Opinión Nacional

La revolución no dialoga: Se impone

Desde hace algún tiempo calificadas personalidades de proyección internacional: el papa Francisco, algunos jefes Estado de la Unión Europea, otros de gobiernos latinoamericanos y muchos dirigentes políticos venezolanos de diferentes tendencias, han hecho exhortaciones a los altos personeros del gobierno de Venezuela, para que en su discurso dejen de lado la actitud pugnaz, la exclusión y la descalificación contra la disidencia, y se abra al diálogo con la gran mayoría de los ciudadanos, que lo adversa. Ese debería ser el camino: el diálogo, la conversación, para buscar sinceramente acuerdos en acciones comunes que permitan salir de la crisis multiforme que atraviesa Venezuela.

La dificultad para lograrlo está en el hecho de que -desde que Hugo Chávez empezó a promover en el país esta presunta “revolución bolivariana” para imponer el “socialismo del siglo XXI”- se dio a la tarea de inocular en el alma de sus seguidores, el sentimiento de odio hacia todos los que se opusieran a su arbitrario ejercicio del poder. Y ahora, su sucesor Nicolás Maduro, no ha cesado de repetir y pregonar a los cuatro vientos las expresiones del fallecido: “Esta revolución es pacífica pero armada y llegó para quedarse”, “vamos a freír sus cabezas en aceite”, “convertirlos en polvo cósmico”, “tenemos que reconstruir la república desde sus cimientos”, “formar un hombre nuevo”, “escribir una nueva historia”, “vamos a salvar al mundo”… (Chávez dixit).

Todas esas expresiones, por su actitud prepotente, demuestran que los sedicentes “revolucionarios” no están dispuestos a dialogar con nadie. Todos están convencidos de que a los “enemigos de la “revolución” no basta con vencerlos o neutralizarlos, “hay que suprimirlos.”

Si ponemos como telón de fondo el acontecer político de lo que se ha periodizado históricamente como la época contemporánea, -desde sus albores a finales del siglo XVII y todo el XVIII, hasta hoy- es factible llegar a la conclusión de que la vía del diálogo es imposible en Venezuela en la actual circunstancia, porque para los sedicentes revolucionarios de todas las épocas, la revolución no dialoga, se impone por la fuerza bruta a costa de intolerancia y derramamiento de sangre.

Sólo unos ejemplos: comenzando por Cromwell y Robespierre y, (dando un gran salto en el tiempo de la Historia), Lenin, Stalin, Mao TseTung, Pol Pot, Kim IlSung, Fidel Castro y el Che Guevara… ¿Dialogó cualquiera de ellos con algunos de los millones de seres humanos, -de todas las clases y condiciones sociales y económicas- a quienes llevaron al cadalso o les causaron la muerte por vías diversas? Todos esos líderes estaban convencidos de que con los enemigos de la revolución no se transige, con ellos no hay acuerdo posible, hay que reducirlos al silencio, acosarlos hasta reducirlos a la impotencia absoluta y, si es posible, ¡extinguirlos!

Dialogar, implica en cierto modo tolerar al “enemigo”, reconocer al interlocutor, lo que es y tal como es. Si se sientan a conversar, durante la plática los participantes deben estar conscientes de que pueden persuadir al contrario, pero también deben estar abiertos a transigir, a aceptar ser persuadidos si el otro tiene mejores argumentos que los suyos; deben ceder algo en sus respectivas posiciones contrarias. De otra forma sería un inútil “diálogo de sordos.”

La oposición ha tendido la mano para el diálogo, pero los “revolucionarios” la han rechazado, porque para ellos el concepto de “revolución”, es incompatible con los conceptos de “tolerancia”, “perdón”, “reconocimiento”, “aceptación”. Reconocer el derecho del otro a pensar distinto a ellos -que están convencidos de que tienen “la verdad absoluta de su lado”-, sería renunciar a su acción revolucionaria, para convertirse en simples “reformistas”.

A juzgar por el tono prepotente del discurso, por las bravuconadas, las amenazas y las descalificaciones de todo tipo, que profieren a diario los altos voceros del régimen contra todos los que se le oponen, parece que obedecen a un patrón común a todos ellos: la “norma” asentada por el Ché Guevara en su “Mensaje a los pueblos del mundo” a través de la Tricontinental” (1967):

…“El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. (Negritas, de M.H.L.).

Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Al enemigo hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite. Entonces su moral irá decayendo. Se hará más bestial todavía, pero se notarán los signos del decaimiento que asoma…”

Ese odio intransigente, los revolucionarios pretenden cubrirlo hipócritamente con un escudo “moral” forjado sobre la mentira, al autocalificarse como soldados que combaten por la “causa de los pobres”, por la “justicia social”, que defienden la “liberación del pueblo oprimido”, que son “la garantía de la paz”… y tienen como base o principio científico una falacia: “la lucha de clases es el motor de la historia.”

En el origen de esa prédica revolucionaria está el resentimiento, que a su vez genera el odio y éste inclina fatalmente el ánimo hacia la venganza. Todos son prisioneros y fanáticos de esta trilogía perversa (resentimiento-odio-venganza) y, al decir de Winston Churchill: “fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”.

Yo no soy un pesimista sistemático pero, en las circunstancias actuales, por la represión brutal y sin mesura que han desplegado en todo el país la Guardia Nacional, (GN) la policía (PN) y los “colectivos armados” (léase “paramilitares”) contra las protestas pacíficas de los estudiantes, de hombres y mujeres de todos los estratos de la sociedad venezolana, que sufrimos las nefastas consecuencias de la mala gestión gubernativa de la oligarquía militarista totalitaria que se ha arrogado el poder al margen de la Constitución y las leyes de la Republica.

Frente a esa realidad, soy un escéptico racional, porque ese diálogo sincero, que es lo que muchos deseamos y lo que aconseja el buen sentido, aunque es hipotéticamente posible -por lo dicho en el texto- lo creo poco factible en la coyuntura actual. No veo una salida a corto plazo para esta crisis, y temo que este angustioso statu quo se alargará en el tiempo. Ojalá me equivoque. Yo sería el primero en celebrarlo.

 

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