Opinión Nacional

La Revolución tiene un buen lejos

Entre 1961 y l962 viví un año en La Habana. Antes y después, en Venezuela, la infancia en dictadura perezjimenista y cuatro décadas de democracia en Caracas. Aquel año, con la peculiar certidumbre de la adolescencia, Cuba me conmovió en su diversidad: por una parte solidaridad y alfabetización; por la otra, comités de defensa y miedo. A pesar de las bondades intuí pronto que no habría podido vivir allí, porque necesitaba la libertad tanto como deseaba la justicia. Pero después, y por muchos años, miré con benevolencia desde Caracas, a la distancia, la revolución cubana y los logros sociales de un país pobre que nunca aceptó ser un pobre país. Asistí con interés a encuentros de Casa de las Américas y admiré a quienes -allá en la isla- aspiraban al “hombre nuevo”. Cuba fue la complejidad: llamó nuestra admiración, nuestra crítica o nuestra “imparcial” reserva. Muy cómodo, ciertamente, para los millones de seres que no vivimos en ella.

No me gusta la autobiografía, pero aquí sirve para pensar, desde la experiencia, por qué para algunos latinoamericanos y europeos parece tan fácil hoy ver con complacencia el proyecto del Sr. Chávez, y por qué mientras más distante —en geografía y en vivencia— más dados a exaltaciones románticas o justificaciones historicistas. Aun así, mucho dista este Chávez nuestro del Fidel de los primeros años, en razones epocales y económicas, en logros, en férrea disciplina gallega o en estatura política. Pero para los venezolanos la mayor virtud que los diferencia es que Castro estuvo siempre a la distancia seductora de las ideas y a este teniente-coronel lo sufrimos aquí-ahora, en carne propia. La revolución tiene un buen lejos, y el ideal se crece en lejanía. El vivir real es, en cambio, dolencia y tacto, nervio y sangre derramada. Ni europeos, ni cultos intelectuales uruguayos que alaban hoy este régimen querrían uno semejante en cuerpo propio, ni por pocos meses, aunque lo defiendan en lontananza por cuatro o cuarenta años. Diferencias hay, en esto, entre mente y cuerpo. A veces el intelecto es arrogante y denigra de lo concreto. La distancia intelectualiza –y el intelecto pone distancia- a lo real, lo humano, lo sufriente. Es mirada sobre “lo otro”. A veces, peor aún, la mente es cruel y desconoce el dolor en el cuerpo de los otros.

El intelectual sobrevuela hoy un abismo ético: su eterna idealidad requiere de la utopía, pero su saber de hombre moderno le lleva a poner la utopía revolucionaria en necesaria separación: en el alto lugar de las ideas, dejándose a buen resguardo de agresiones o carencias el cuerpo y los bienes propios…y la erizada piel que los recubre. Algunos intelectuales desvían hacia el otro su nostalgia de seguir siendo buen revolucionario y envían por correo su melancolía: a un remoto país o continente. Y, peor aun, abdican perversamente de la libertad en aras de una supuesta justicia, quedándose ellos con la libertad y negándosela al otro -al extraño, al extranjero-. Un sacrificio que, en nombre de la historia, tales videntes de ultramar nos endilgan desde afuera como destino.

Hay una diferencia radical entre revolución nostálgica y revolución sufrida. Cada vez más la primera traslada el no-lugar de la utopía hasta el lejano lugar de la no-vivencia, habita el flatus vocis de la pura idea sin compromiso que encarne, y tan sólo arriesga algún elegante intangible, una firma entre firmas, un giro de la pluma en el aire frente al Río de la Plata o el Sena. Tal revolución sólo requiere una cierta memoria culposa de ideales de adolescencia y, sobre todo, un no-estar-ahí, en el núcleo de los acontecimientos. La otra -la revolución sufrida- se carga encima, se regurgita, divide familias, gangrena comunidades, retrocede civilizaciones. Se padece precisamente porque está-ahí (más ahí que cualquier enunciado) en la fibra tangible de los seres y de los hechos.

(*): Publicado con autorización de la autora

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