Opinión Nacional

La sangre de los inocentes

La sangre de los 19 venezolanos inocentes masacrados el 11 de abril del 2002, pero también, la de los más de 100.000 caídos durante el periodo de este desgobierno, clama a Dios desde la tierra tal cual como la de Abel derramada por su hermano Caín clamó y fue escuchada desde los cielos. Caín no mata a Abel en un acto místico para rendirle culto al Dios autor de la vida – quien dicho de paso sea no se complace con ofrendas humanas -, sino por odio y envidia, debido a que Dios rechazó su insolencia, y porque Caín anhelaba poseer el carisma que a su hermano Abel le sobraba.

De un gobernante que desde que asumió el poder en 1998 no ha hecho más que sembrar odio entre hermanos y prepararse para la guerra, no puede esperarse nada menos. Pareciera que la filosofía del reyezuelo es que el pueblo se las arregle como pueda para subsistir mientras “la corona” dilapida los recursos del estado en promover contiendas entre los suyos y conflictos entre ajenos. ¿Cuánto dinero no ha invertido el monarca para sostenerse en el poder, y cuántos recursos no ha distraído el paranoico preparándose para una guerra imaginaria con sus vecinos y con el imperio? Mientras tanto, que los pobres de Venezuela vivan con sus familias colgados como murciélagos de las ramas de un árbol en los cerros más empinados de “barrio adentro”, y, que se las arreglen para sobrevivir ante los ataques del hampa común y de la delincuencia organizada. Porque, las autoridades encargadas de encontrar soluciones habitacionales para los menos favorecidos e imponer el orden entre la ciudadanía, están bien, gracias.

No solo el monarca tendrá que dar cuentas de sus actos ante la justicia divina y la humana aquí en la tierra, sino también, aquellos que lo han acompañado en su delirio y se han beneficiado con sus tropelías, incluyendo a quienes lo han aplaudido como focas cuando del delito ha hecho apología. Peor aún será para aquellos insulsos que juran que su jefe y ellos son el estado, pero que poco o nada hacen para dignificarlo. La complacencia con, e indiferencia de algunos ante las injusticias humanas, tarde o temprano se volverá como un bumerán contra ellos y los suyos sin avisar “alto quien vive”. No es el deseo de nadie. Es irreversible la sentencia divina si no hay arrepentimiento y resarcimiento. Es la ley de atracción universal de la vida; ya que Dios no puede ser burlado o engañado, sino que todo lo que el hombre siembra, eso también recoge cuando llega la cosecha o el fin de la monarquía. El que sembró vientos, recoge tempestades.

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