Opinión Nacional

La sonrisa de una gata

Cuando Madre me trajo al mundo no sabía cuántos habitantes tenía Palmira. Hasta sus trece años no sabía leer, pero nos contaba luego cómo se subía a los árboles para arrojarle pequeños limoncillos a quienes pasaran por la calle. Madre tenía una sonrisa hermosa como una gata de los cuentos de Lewis Carroll. A veces recuerdo su sonrisa y veo al gato de Cheshire frente a Alicia. Yo sé que un gato no es una gata, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa. Madre era muy tímida, no era muy bonita si se le comparaba con Toña la Negra, aunque tenían cierto aire de familia. A Madre desde niña le encargaron el cuidado de su hermano menor, mientras los demás trabajaban fabricando tabacos. De modo que la geografía de Madre cuando fue niña era el espacio entre el lavadero y el patio de juegos.

Cuando su familia llegaba desde Antioquia y el Viejo Caldas a la estación del ferrocarril en Palmira, Madre estaba pequeña. Y todos los antioqueños se juntaban para ayudarse, como los judíos en Alemania y los Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial. La abuela María había perdido a su esposo con la violencia, del mismo modo que las dos haciendas cafeteras que tenían en Viterbo, Caldas. Recuerdo que Madre nos enseñaba fotografías: la abuela María, toda vestidita de negro, de negro sus hijas mayores, de negro Madre tomando de su brazo a su hermanito menor. Todos vestían de negro al lado del féretro de mi abuelo. En aquella época el duelo se guardaba durante mucho tiempo. Madre fue creciendo como una niña pobre, sin mayores riquezas que su sonrisa. Pero cuando reía parecía una gata de los cuentos de Lewis Carroll. Yo sé que una gata no es un gato, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa.

Madre no sabía contar, pero sabía jugar. Una vez la mandaron a la escuela que quedaba a una hora y media de camino. Después de media hora se encontró con otros niños que jugaban a las canicas, y Madre decidió que eran mejor las canicas que la escuela. Aprendió a jugar canicas, pero nos contaba sus dificultades con el abecedario. Aquella tarde llegaba a la casa con canicas pero sin cuadernos. Y la abuela María le dio su merecido con unas venas disecadas de las hojas de tabaco. Al recordarlo Madre se reía con una sonrisa como la gata en los cuentos de Lewis Carroll. Yo sé que un gato no es una gata, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa. El camino de la escuela se volvería obligatorio hasta que Madre se graduó de escolar a sus quince años. Pero le gustaba más jugar, porque ganaba el aprecio de todos.

Madre tenía dos amigas, Tulia la tabaquera, y Carmen la mamá de Ángela. Ninguna de las tres tuvo idea de la sexualidad, sino mucho tiempo después de tener los hijos. Porque en aquella época las mujeres no se casaban por la sexualidad, sino para cuidar a sus maridos y levantar los hijos. Además estaba la Iglesia, con el padre Ospina, un cura bastante malgeniado. Cuando yo era niño se hacían comentarios poco deseables. Que el padrecito no se ponía calzoncillos. Y que era grosero con los niños que oficiaban como monaguillos. Más tarde fui monaguillo, pero en un pueblo cercano que se llama Florida. Cuando se hablaba de sexo, Madre siempre se callaba; pero cuando a solas conversaba con Tulia la tabaquera y Carmen, la mamá de Ángela, se reían a carcajadas. Madre se reía como una gata de los cuentos de Lewis Carroll. Yo sé que un gato no es una gata, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa.

Madre me tuvo sin saber mucho de sexo, cuando contaba con dieciséis años. Su vestido de boda fue todo blanco, tan hermoso como toda su alma. En aquella época no todos los matrimonios se casaban por amor, pero Madre amaba mucho a mi padre. No todas las mujeres se casaban por sexo, pero Madre amaba mucho a mi padre. La iglesia no permitía niños por fuera del matrimonio, entonces se hablaba de hijos “naturales”. Como Melquiades, el hijo de Tulia la tabaquera. Cuando Madre contrajo matrimonio se tomaban fotografías con cámaras de fuelle para negativos de vidrio. La cara de Madre el día de su matrimonio era como un angelito. Mi padre se parecía a un actor que no recuerdo, pero ambos usaban gomina para fijar el cabello. Madre nos contaba que hubo fiesta durante tres días, y que mi padre tampoco sabía mucho de sexo. Al contarnos esto se reía como una gata de los cuentos de Lewis Carroll. Yo se que una gata no es un gato, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa.

Los ricos que se casaban en el Valle del Cauca se iban a Estados Unidos o Europa, como las hijas de Montegranario, el gamonal del tabaco en Palmira, los hijos de la familia Caicedo o los Lloreda de Cali. Mis padres pasaron sus primeros días de matrimonio en la casa de Berta, a dos cuadras de la casa de la abuela María. Es decir, la geografía de su luna de miel estuvo limitada al mismo barrio donde nacimos, San Pedro. Madre se casaba con un hombre que amaba, aunque muchas mujeres no amaban a sus maridos. La familia de Madre fue campesina como la familia de mi padre, lo que quiere decir que su fiesta de matrimonio estuvo muy alegre. Y se mataron varias gallinas, la gente bailaba con la música de la Sonora Matancera, y estaba de moda Leo Marini para los boleros. Un conjunto de guitarras cantaba y tocaba la primera noche. Madre nos contaba que en la madrugaba de la segunda noche de bodas todos parecían llorando con las canciones de los Cuyos. Y al contarnos se reía como una gata de los cuentos de Lewis Carroll. Yo sé que un gato no es una gata, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa.

Todavía cuando yo era niño en las calles de Palmira, una fiesta era fiesta para todos. Y durante la navidad celebraban juegos con regalos. Estaban listos los buñuelos y la natilla, sin faltar el manjarblanco y el desamargado de brevas. Madre siempre disponía de manteles especiales, uno que se usaba para la cena del día de las velitas, otro mantel para la Nochebuena y uno colorido para la fiesta de fin de año. Trazábamos juegos de aguinaldos con la condición de regalos elaborados por las mismas personas. Un dibujo a colores del pesebre de navidad, una campana elaborada con servilletas o una alcancía de ahorros tallada en madera. Nadie se quedaba sin su regalo. Menos los niños. Y cuando jugábamos a las escondidas, Madre nos sorprendía inéditamente con una sonrisa de gata, como en los cuentos de Lewis Carroll. Yo sé que una gata no es un gato, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa.

Durante muchos años vivíamos en inquilinatos. Primero fuimos Madre, mi padre y yo, pero luego la familia fue creciendo hasta que llegamos a ser diez. En dos estrechos cuartos nos dividíamos posibilidades. Madre conservaba siempre los mejores lugares para los niños menores. De modo que los mayores nos quedábamos durmiendo en las esterillas. Ni colchones ni dormitorios cómodos, pero el cariño nuestros padres compensaba las necesidades. Un inquilinato podía comprender tres a cuatro unidades familiares, y esto significaba que en un reducido espacio estábamos viviendo treinta o cuarenta cristianos. Compartir la vida con tantas personas en lugares reducidos produce variadas experiencias en la mente de un niño. Desde ser testigo de conflictos familiares, hasta batallas campales con machetes o armas corto punzantes. Madre buscaba, sin embargo, la forma de mantener para nosotros un mundo amable. Y cada que podía conversar con sus amigas, se reía como una gata de los cuentos de Lewis Carroll. Yo sé que una gata no es un gato, pero me gusta confundir a Madre cuando recuerdo su sonrisa.

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