Opinión Nacional

La tentación autoritaria

Como se viene diciendo desde hace cuarenta y dos años al amanecer de cada nuevo proceso electoral: la jornada comicial de ayer fue ejemplar. A despecho de la falaz cantinela contra nuestra democracia, ella sigue siendo el patrimonio más preciado heredado del esfuerzo mancomunado de tres generaciones de venezolanos, desde aquel ejemplar e histórico Pacto de Punto Fijo. Sin la generosidad de dicha herencia, Hugo Chávez Frías y Francisco Arias Cárdenas, los principales protagonistas de esta jornada, estarían cumpliendo una pesada condena. La democracia venezolana, en cambio, con una generosidad que habla muy bien de su fortaleza, les ha brindado el más esplendoroso de los protagonismos.

La mención de este extraño quid pro quo no es banal: es cierto que las principales tareas que le esperan al presidente reelecto corresponden a la reactivación económica, la lucha contra el desempleo y el comienzo de la ansiada marcha por la senda de la prosperidad. Pero esos objetivos prioritarios desgraciadamente postergados por un exacerbado politicismo y la incapacidad de gerencia pública en los cuadros gubernamentales no podrán lograrse sino en el marco del más irrestricto respeto a nuestra tradición democrática y contando con el respaldo mayoritario de todos los sectores del país: de vencedores y vencidos, de empresarios y trabajadores, de los todavía ayer zarandeados medios de comunicación y de la iglesia. Sobre todo no debe olvidar Hugo Chávez que su triunfo, aparentemente arrollador, no corresponde sino a una parte de ese 60% de electores que salió a ejercer su derecho a decidir nuestros destinos. Con ese porcentaje eso lo debe tener muy claro su anciano asesor político no hay revolución que valga, a no ser sobre la punta de las bayonetas. Y como bien dice la sabiduría popular: con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa, menos sentarse en ellas.

Las alternativas que se le ofrecen al nuevo gobierno no son muchas: democracia y prosperidad o pugnacidad y pobreza. Si escoge la primera de las vías en rigor la única verdaderamente posible sería esperanzador ver unida a la familia venezolana entera en respaldo al gobierno. Un Chávez conciliador desmontará suspicacias y mostrará su capacidad política. El país espera y requiere de un estadista, no de un gladiador. Si por el contrario, insiste Hugo Chávez en la confrontación pretendiendo la imposición de un régimen de fuerza a la cubana respaldado por el amplio margen logrado ayer podemos estar casi seguros de que podríamos más temprano que tarde enfrentarnos a un régimen de fuerza, pero sin su presencia. Y nadie, absolutamente nadie en su sano juicio querría apostar a una salida de esa naturaleza ante la posibilidad negada del desvarío presidencial.

Quedarán en suspenso temas claves del próximo futuro: el entendimiento entre el gobierno central y las gobernaciones y alcaldías todavía en manos de la oposición, la convivencia parlamentaria, la renovación del Poder Judicial, y, last but not least, la configuración de un nuevo gabinete, con especialistas verdaderamente actualizados y competentes. Revitalizar el paralizado aparato productivo, combatir la delincuencia y reunificar a la familia venezolana cicatrizando las heridas dejadas por 18 meses de pugnacidad, son tareas que demandan capacidad y gestión.

Hubiera sido una verdadera desgracia para la democracia venezolana, puesta ahora bajo una prueba de fuego, que el gobierno hubiera disfrutado de mayoría absoluta en la Asamblea. Ha estado a escasa distancia de lograrlo. Es sano y deseable, incluso para el propio gobierno, contar con un mayor equilibrio de fuerzas. La democracia es un juego a dos bandas. Una hegemonía como la obtenida por el chavismo alienta tentaciones totalitarias. Sobre todo para quien no disfruta precisamente del merecido prestigio de ser un demócrata. Es la hora de los puentes. Lo contrario es suicida.

Aún así y señalando estas inquietantes sombras, desde aquí apostamos sin mezquindades por el buen futuro del gobierno. Es decir: del país. Y bueno es recordar, cuando el papel de control y vigilancia de los medios se hace más perentorio que nunca, que lo cortés no quita lo valiente. Lo peor sería caer presos de la peor de las tentaciones: la totalitaria. El tiempo tiene la palabra.

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