Opinión Nacional

La teoría económica del caballo y el gorrión

El signo más sobresaliente de las naciones civilizadas de nuestra época, es su capacidad para defender los derechos de sus ciudadanos, frente a dos tipos de agresiones que se llevan a cabo desde lugares opuestos: primero, la lucha contra un trato arbitrario y perjudicial por parte del Estado; y en segundo lugar la defensa ante individuos, llámeseles delincuentes, criminales, ladrones, bribones, que atentan contra sus vidas, sus propiedades y en general contra sus libertades. Pienso que nadie me acusará de estar situado fuera de la realidad, cuando afirmo que el proyecto político conocido con el nombre de República Bolivariana de Venezuela, no defiende a sus ciudadanos frente a ninguno de estos dos tipos de agresión. Entonces surge una pregunta, que tiene desmoralizada a la sociedad venezolana: ¿Por qué el estado venezolano deliberadamente inflige daños a sus ciudadanos?, excluyéndolos de sus procesos políticos, negándoles derechos humanos fundamentales, encarcelándolos, con torturas, violaciones de su domicilio, confiscación de sus propiedades, etc. ¿Por qué no los protege contra un hampa desbordada que cobra victimas de cientos de miles cada año? Pareciera que en el mundo actual, si existen personas desprovistas de sus derechos fundamentales en África, Asia y América latina, los ciudadanos venezolanos ocupan, entre esas desventuradas naciones, un lugar de primer plano como víctimas.

Este debate sobre las diferentes funciones del estado y en particular, de la represión como un sistema de resolver problemas políticos, económicos y sociales es muy antiguo y tiene que ver con un asunto conexo: una forma deliberada de ejercer la violencia bélica sobre los hombres. ¿Por qué hablar de violencia bélica? Al menos en el caso de Venezuela, se trata de acciones de militares sobre una inerme y desarmada población civil, en especial contra estudiantes, muy jóvenes, con edades entre 15 y 20 años. Para el momento de escribir esta crónica la cifra de estudiantes asesinados alcanza el número de más de 41 víctimas. Los heridos unos 2.000, los detenidos en todo el país un millar más.

La conversión del Imperio Romano al cristianismo, ocurrida en el Siglo IV d de C. significó un compromiso entre la actitud pacifista de la Iglesia de Cristo y las maniobras políticas y militares de los gobernantes del imperio. La reconciliación de estas dos posiciones contrapuestas fueron asumidas por dos grandes pensadores de la iglesia católica: San Agustín y Santo Tomás de Aquino, quienes desarrollaron dos conceptos que están aún vigentes en nuestros días: ius ad bellum (“justicia en la declaración de guerra”, esto es, condiciones dentro de las cuales es moralmente correcto tomar las armas) y, ius in bello (“justicia en la guerra” es decir, las normas de conducta que se deben observar una vez que comienza la lucha). Es en relación a este último concepto que queremos centrar la atención del lector.

Desde muy antiguo la forma en que se debe realizar la represión y la violencia bélica se centra en principios: en una conducta moralmente aceptable y en el respeto del ser humano como persona. Esto abarca muchas cosas, el tipo de armas que deben ser usadas: armas de guerra para reprimir estudiantes desarmados; los métodos: introducir el cañón de un fusil en el orificio anal de un estudiante de 22 años de edad; el arresto de jóvenes en prisiones que son un antro, que empequeñece la imaginación más desbordada del infierno de Dante, solo porque salen a protestar.

Si algún éxito ha tenido la diplomacia del Presidente Nicolás Maduro ha sido convencer a los Jefes de estado de los países de Latinoamérica que su gobierno es ampliamente democrático, incluyente, favorecedor de las clases más empobrecidas de la sociedad venezolana. Entona un himno de gloria al socialismo y a la utopía comunista, que es aplaudida por los jefes de estado de América latina y el Caribe, pero todos ellos se olvidan, que esta columna de humo ante sus ojos le impide ver un horroroso fantasma que cierne su presencia sobre Venezuela: el hambre, desabastecimiento, crecimiento del desempleo, falta de oportunidades para los más jóvenes, etc. Todo esto como consecuencia de la destrucción del aparato productivo de la economía de nuestro país, la asfixia de los centros comerciales, el estrangulamiento de los periódicos y en general de la prensa escrita, el cierre de las industrias (para citar unos pocos ejemplos, la CVG, Agropatria, las cementeras, Lácteos los Andes, etc.)

 

Tengo una deuda pendiente con mis lectores, el título de esta crónica: una frase desdeñosa del economista estadounidense J. K. Gailbraith, quien es considerado como el más progresista de los economistas keynesianos: “La economía del caballo y el gorrión” En los años 80, ocurrió que en los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Theacher se aplicó un concepto económico y fiscal novedoso, según el cual los recortes de los impuestos de los más ricos favorecían el incremento de las inversiones y el crecimiento de la economía, lo cual se traduciría en el mejoramiento de las condiciones económicas de los más pobres. A esta teoría económica se le llamó: “Economía del goteo” Esto es: en el favorecimiento de los más ricos, algo gotea hacia abajo en favor de los más pobres: creación de nuevas industrias, oportunidades de empleo etc. En la Venezuela del socialismo del Siglo XXI se ha hecho algo parecido: se han beneficiado en lo económico a figuras privilegiadas del estamento militar, a grupos económicos vinculados al gobierno, pero ninguno ha creado grandes empresas, generadoras de empleos y beneficios sociales, por el contrario todos se han llevado este dinero al exterior, Venezuela ha quedado sin producción industrial y sin beneficios económicos para su clase trabajadora. Nadie se ha ocupado de dar de comer al gorrión. El caballo -con gorra militar y logotipo de los llamados boliburgueses- engordado a expensas del erario venezolano se ha ido refocilado a vivir a Miami. Querido lector, en qué trágica paradoja han transformado la teoría económica del caballo y el gorrión.

 

 

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