Opinión Nacional

La trampa de ser de la “Sociedad Civil”

La “aparición” de la mentada Sociedad Civil, tenida como nuevo actor social pretendidamente beligerante, y el incremento de su “protagonismo” político en el actual proceso de cambios y de confrontación a que asiste la sociedad venezolana, componen un escenario particular que no puede pasar desapercibido para quien busque comprender el asunto más allá de las bolserías que cotidianamente nos ofertan los medios masivos de comunicación.

Digamos que para los medios y sus analistas políticos, la Sociedad Civil, o más específicamente, el lugar social de donde manan, la clase media venezolana, constituye la resulta teleológicamente justificada según la cual un grupo de venezolanos hasta hace poco inadvertidos, abandonaron sus privilegios, en una muestra poco valorada de desprendimiento, y se echaron a la calle para defender la libertad y la democracia. Estos preclaros sectores sociales, siempre forzados por las circunstancias a tomar la palabra, no solamente estarían dispuestos a marchar en caravana por las calles del este de Caracas, sino que incluso han llegado al límite de plantar cara en las mismas narices del poder despótico de la dictadura comunista que desuela al país, permaneciendo en la Plaza Francia de Altamira, eso sí, hasta la hora de la cena. De esta suerte, el gobierno pretendidamente ilegítimo que preside Chávez debe tomar nota de este formidable e incontestado adversario, que si bien de tan noble no aspira al poder político, si es capaz de coger calle en el instante en que lo requiera la patria, es decir, los Estados Unidos de Norteamérica, en la persona de su Secretario de Estado, Colin Powell.

Pero conviene descifrar el papel de la autoproclamada Sociedad Civil, más allá de lo que comúnmente propalan Macky, Nitu y Mingo, por mencionar algunos “fichas”, conque cuenta esta ofensiva de la clase media.

En primer lugar, es fácilmente discernible que la Sociedad Civil intenta divulgar la urgencia de superar lo que consideramos todos como las viejas formas corrompidas y desprestigiadas de hacer política. Hasta aquí el acuerdo es natural, pero el contenido propositivo inmerso en las prácticas discursivas de los que, por no encontrar mejor nombre llamaremos los teóricos de la Sociedad Civil, discurren en la necesidad de liquidar al Estado y de despachar a la misma actividad política. A la primera por considerarla como una instancia autoritaria que impide el desarrollo de la sociedad, y a la segunda, porque la tienen como un ejercicio ineficaz en que invariablemente la corrupción y los compromisos de grupo, terminan por obstaculizar el bien común y el progreso individual.

En consecuencia, los voceros de la llamada Sociedad Civil, partiendo de una idea supremamente lisonjera que tienen de sí mismos, se perciben como la última oportunidad que tiene la República para salvarse de la “vorágine militarista”. Simplemente son moralmente superiores. Son ellos y sólo ellos los llamados a recuperar la moral ciudadana y la iniciativa individual, desquiciada por la política y por la presencia del Estado interventor. Son ellos quienes tienen la misión de fungir como tutores de una sociedad compuesta por menores de edad. De allí que al instante en que se acerca una cámara de televisión, posen de ciudadanos, y se tomen la molestia de recoger los papelitos en la calle una vez que terminan sus actos “proselitistas”. De allí que hagan todo lo posible, según rezan sus anuncios en la prensa, porque sus concentraciones no obstaculicen ni calles ni avenidas. De allí que, en fin, nos exhiban un discurso que procura aparecer como moralmente impecable, donde no quepa ni siquiera un mal pensamiento. Pero lo que se muestra en la víspera como un discurso neutral y puro, incontaminado de política, oculta mal intenciones nada democráticas.

Para la Sociedad Civil no existen o aspira a que no existan las contradicciones sociales, ideológicas o políticas que toda sociedad que se precie de plural reconoce y canaliza institucional mente. Es decir, para ellos no es conveniente que enuncien sus diferencias ni los partidos políticos, ni los sindicatos, ni las coordinadoras populares, ni los estudiantes, ni los empresarios, ni en fin, nada que de cuenta de ser una parcialidad social. Por consiguiente, disuelven discursivamente las contradicciones inmanentes al valor democrático de la pluralidad, e imponen, en el mejor de los casos, la idea neutral de ciudadano, y en el peor de los casos, la de vecino. Por eso, en la marcha de la “contra”, el pasado 23 de enero, Elías Santana imploraba a sus “vecinos”, es decir, partidos, sindicatos, etc, que no mostraran sus banderas, esto es, que no expresaran sus naturales diferencias. Así, la pureza asexuada del discurso de la Sociedad Civil, deviene en intención totalitaria.

Claro aquí no se agotan las maquinaciones del discurso asexuado de la Sociedad Civil. Por ejemplo, a pesar de que sus voceros den por sentado que tal noción ha existido siempre, lo cierto es que la Sociedad Civil no tiene historia. ¿Cuándo nació la Sociedad Civil? ¿Cuales fueron sus primeros organizadores? ¿Quién coño los eligió y los puso ahí para hablar en nombre de la sociedad? El propio Elías Santana, en trance de salirle al paso a esta inquietud, dijo en un programa de la televisión, con la intención de quien hace una revelación ocultada por siglos, que en las jornadas de protesta del 14 de febrero de 1936, contra el régimen gomecista de López Contreras, había sido la inconfundible Sociedad Civil la que había salido a la calle. Así, frente a la premura de inventarle alguna lógica al concepto, Elías Santana terminó confundiéndose con su peor enemigo. En realidad quienes protagonizaron las protestas democráticas de febrero del 36, fueron los mismos que poco después se constituyeron en partidos políticos. Esa cosa inorgánica y metafísica, ese recurso discursivo que encierra todo lo puro que hay en este “asqueroso país politizado”, apareció una vez convocando reuniones, y ya.

En suma, la Sociedad Civil es la derecha. La misma inconfundible y miserable derecha que se llegó a ilusionar con Renny Ottolina. La que creyó salvarse cuando se topó con la brillante idea de que una reina de belleza, tan solo con dejarse ver, como sostuvo en su tiempo Herrera Campins, podría resultar de pronto presidente de la república. La que se alucinó con Chávez cuando le escuchó decir que le iba a freír la cabeza a los adecos, y ellos se imaginaron que detrás de los adecos iban al sartén también los partidos políticos, los propios políticos y misma la democracia. Los que ahora en la Plaza Altamira, en una orgía de histeria, de odio, de exclusión, de racismo y de xenofobia, piden a gritos -¡qué locura!- democracia y libertad, al tiempo en que se humedecen y objetivamente se mi-li-ta-ri-zan, cuando aparece el comandante Pedro Soto prometiéndoles un país exclusivo para empresarios, donde las mayorías simplemente no existan.

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