Opinión Nacional

La tristeza se apodero del Vargas

¡Y la impotencia nos alcanzó!

No acostumbro escribir sobre temas de actualidad y más bien me he dedicado a hacerlo sobre historia de la medicina y de los diferentes aportes médicos en Venezuela, pero cuando la realidad te enfrenta no puedes darle la espalda. Quiero pedir disculpas si el siguiente relato toca algunas susceptibilidades, pero lo objetivo pierde valor ante las verdades que nos desafían y la subjetividad guiada por la rabia y la impotencia nos arropa.

Soy el Jefe del servicio de anestesiología del hospital Vargas de Caracas, el día 12 de febrero del 2014 esperábamos que se realizara una marcha en la ciudad en dirección hacia la fiscalía. Desde los sucesos de abril del 2002 el hospital siempre se prepara para estas posibles eventualidades. Comenzando la mañana organizamos al personal, verificamos los insumos y alertamos sobre las medidas de contingencia a seguir.

A principio de la tarde nos informaron que había llegado un paciente herido por arma de fuego el cual procedía de la manifestación. Rápidamente subí a la emergencia y me encontré con un joven de 23 años quien presentaba una herida por arma de fuego en el cráneo. Procedí a garantizarle la vía aérea colocando un tubo orotraqueal y darle respiración artificial mediante una bomba de aire (Ambú). Sin embargo la herida era mortal y luego de prestar los auxilios correspondientes y a pesar de todos nuestros esfuerzos, el paciente falleció.

En ese momento, todo el personal de emergencia se llenó de una mezcla de rabia, dolor e impotencia. Había muerto un joven venezolano, un muchacho cuyo único delito fue manifestar pidiendo justicia y libertad en este país. Las enfermeras, los médicos, el personal, los camilleros, las camareras y hasta los otros pacientes que se encontraban en la emergencia no podían contener la expresión de asombro y desconsuelo ante este hecho tan absurdo. Un estudiante de 23 años había perdido la vida.

Durante las siguientes horas la emergencia del hospital se inundó de periodistas y casi un pelotón de guardias nacionales (aproximadamente 40), cuya única función fue impedir que los medios de comunicación tuvieran acceso a este hecho. La tristeza se apodero del Vargas, a medida que seguían llegando heridos afortunadamente ninguno mortal.

A las 5 de la tarde aproximadamente, llegó un señor de alrededor de 38 años, minusválido quien me contó el siguiente testimonio “estaba yo en mi silla de ruedas en la calle y se me acerco un motorizado y sin mediar palabras me disparo”; efectivamente, el paciente presentaba una herida por arma de fuego en hemitórax izquierdo. Creo que las personas que hicieron esta crueldad con un lisiado, son unos enfermos, pienso que el odio y el resentimiento los han enfermado y es por esto, aunado a la impunidad y al apoyo de las altas esferas gubernamentales que ya no le tienen respeto a la vida.

Hace poco escribí que este país estaba enfermo, una enfermedad social el odio, la intolerancia, el rencor, el resentimiento y el no reconocernos está minando nuestra patria. Sin embargo siento que se aproxima una resolución, siento que habrá un final favorable, porque la sangre de este joven asesinado impunemente ha servido para un despertar de nuestro pueblo. Y aunque hay mucha rabia e impotencia también sentimos la esperanza de esos jóvenes que desean un país mejor y están luchando por conseguirlo.

¡Que Dios los bendiga!

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