Opinión Nacional

La última novela de Stefan Zweig

En la época del saber auténtico, profundo y libre, sin atavismos ideológicos ni extremismos religiosos, Stefan Zweig brilló como pocos, siendo uno de los escritores más prolíficos, densos, leídos y seguidos en la primera mitad del siglo. Con una obra monumental, decenas de biografías sobre personajes fundamentales de la historia mundial, ensayos, obras de teatro, crónicas de viajes, Zweig es todavía un autor indispensable en la formación del hombre contemporáneo.

Recibió la capacitación que en el siglo diecinueve las familias ricas de Europa daban a sus vástagos: los mejores colegios, preceptores particulares y viajes de ilustración para completar. Así, en la primera juventud, Zweig había recorrido buena parte del mundo: casi toda Europa, el norte de África, India que es Asia, hasta Latinoamérica porque estuvo en Puerto Rico y Cuba. Además, aprendió inglés, francés, italiano y español, con lo cual pudo recibir en los idiomas naturales, la influencia de los países que recorría.

Está claro que Zweig nació para escritor: tenía el temperamento, la fuerza de voluntad y el retraimiento indispensables para la actividad literaria. Pero en su formación básica influyó el tiempo que fungió como traductor. Porque al principio se empeñó en traducir numerosos autores a su lengua natal, el alemán. Y así trabajó con prosa y poesía, con documentos históricos, con teatro y reportajes, familiarizándose con cada género de forma tal que cuando a él le corresponda escribir por su cuenta, será un maestro indistintamente de uno y otro.

Como biógrafo abandonó la mera enumeración cronológica y documental de sus personajes para adentrarse en la psicología y entorno íntimo de cada personaje. Así, cada libro llegó a ser una especie de estudio psicoanalítico del personaje de turno. Usted lee a María Antonieta y parece trasladarse a las cortés de los Borbón y Habsburgo, para saber cómo pensaba la trágica princesa. Y si lee el Magallanes, quizás se está teletransportando al barco que le dio la primera vuelta completa al mundo, comparte las protestas de los marineros y se desconcierta con la obsesión casi suicida del gran navegante. Así con Américo Vespucio, cuya valoración como auténtico descubridor de América asumió Zweig cual causa personal, y con María Estuardo, otra princesa fatal en las intrigas palaciegas europeas.

Sostengo que Zweig creó una galería casi viviente de personajes inmortales, la cual es posible atravesar recorriendo paulatinamente sus libros. Porque con Fouché usted va hasta el tiempo alucinante de la Revolución Francesa, presencia la epopeya entre girondinos y jacobinos y se maravilla por la felonía, brillantez y buena suerte del policía, diplomático y espía.

¡Dígame cuando escudriña a otros escritores en el momento de la creación! Aquello es para coger palco y el estudio termina siendo una obra de arte. Así con la biografía de Honorato de Balzac, que son Zweig y Balzac reescribiendo a cuatro manos la obra del francés. O con Dostoyevski que Zweig reelabora el entramado psicológico de «Crimen y Castigo», redescubre detalles insignificantes del precursor de la novela policíaca y de los géneros sobre la investigación criminal que ahora desbordan en la televisión y el cine.

Zweig, quien no tenía la frialdad propia del teutón sino la emotividad latina, se dejaba cautivar, abrumar y llevar por la magnitud del episodio histórico novelado. Con su magistral narración él acompaña al capitán Scott en su suicida odisea al Polo Norte. Tan dramático el relato que la agrupación española Mecano versionó casi literalmente la crónica de Zweig en una famosa canción. Y revivió con Napoleón y con el Duque de Wellington la hora crucial de Waterloo, soldado de los dos ejércitos, definitivamente cautivado por el protagonismo de los dos titanes en un momento mágico de la historia universal.

Sostengo que la obra de Zweig es de obligatoria referencia para el ser humano de la contemporaneidad. Ante tanto charlatán que escribe panfletos de mercadería y se vuelve famoso y se gana millones e incluso cuestiona la historia, tanto Código Da Vinci y tanto Harry Potter, debemos desempolvar a los maestros de la verdad. Hoy es un buen día para salir a buscar sus «Momentos Estelares de la Humanidad» y encomendarle -o asignarle o imponerle- la lectura al hijo, al alumno, para abrirle una ventana a su alma.

Claro, que la mejor novela de Zweig fue la que escribió con sudor, lágrimas, nervios y temblores, la de su propia vida. El niño rico que no quiso ser industrial como su padre. El combatiente de la Primera Guerra Mundial que deserta del Ejército y abraza la causa del pacifismo hasta la muerte. El ciudadano del imperio Austro-Húngaro, que había asumido a Europa como su gran patria. Porque resulta que en la hora de su vejez, ya su país había dejado de existir como tal y Europa estaba conmocionada por el rutilante avance de Hitler.

Ya sexagenario, cuando el reloj biológico procuraba el reposo, Zweig presenció impotente cómo su mundo se volvía añicos. Por su raza judía y su condición de librepensador, pacifista y demócrata, sus libros fueron prohibidos y quemados en todo el III Reich. No olvidemos que Zweig es como Hitler, austríaco. Sus propiedades fueron confiscadas y perdió a los mejores amigos, la gran mayoría rumbo a la cámara de gas, otros vendidos al terror. Como el músico Richard Strauss, su socio en la creación, cuyas obras montaba en teatro y que terminó siendo el gran compositor de Hitler.

Así, salió huyendo al exilio, primero a Londres, donde le confirieron la nacionalidad británica para protegerlo. Pero cuando cayó Francia y pareció inminente la invasión de Inglaterra, el escritor se vino hasta América, al Brasil que había recorrido, analizado y encomiado en varios textos.

La autobiografía «El Mundo de Ayer» es un libro escrito entre sollozos, no propiamente con tinta. La nostalgia lo abruma de una a otra página, el recuerdo de todo cuanto ha perdido por el paso del tiempo y por la sobrevenida Segunda Guerra Mundial. Hay allí un pasaje miliar, cuando narra su despedida del pueblo donde nació. Dice que no volteó la vista atrás para no volverse estatua de sal como la mujer de Lot.

Y con semejante depresión encima tuvo la mala suerte de llegar al Carnaval de Río de Janeiro en 1941. La balumba de jolgorio y placer que le rodearon más la certeza de que Hitler ganaría la guerra y al final lo cazaría en Brasil, materializaron su decisión de suicidarse. Stefan Zweig y su esposa Lotte se mataron de la misma manera que cuatro años después Hitler y Eva Braun harían en plena derrota.

Abogado / Politólogo

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