Opinión Nacional

La Venezuela del futuro

«Un político piensa en las próximas elecciones; un estadista, en las próximas generaciones.» James Freeman Clarke
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El gobierno y su revolución bolivariana se encuentran prisioneros de una gigantesca burbuja de irrealidad, que se infla cada día más y, sometida a las leyes de la aerodinámica, podría estallar al menor pinchazo. Es la Venezuela virtual, la Venezuela ficticia que pretende suplantar a la tozuda e irrespetuosa Venezuela real. La de la miseria, el hambre, el asesinato y el abandono. Una Venezuela trágica que no cabe en esa rosada pompa de jabón de la llamada revolución bolivariana. Así deba verse retratada urbi et orbi por esta Venezuela estulta, la de la estafa ideológica, de la alfombra mágica, las donaciones sauditas, la viajadera fastuosa y las declamaciones universales. Una Venezuela tan irreal, fabuladora, ridícula y mendaz, que en comparación con ella la de CAP I era una sobria república anglo protestante. El propio delirio.

Entre la Venezuela ficticia, pintarrajeada de rojo rojito y tan escandalosa como una decrépita anciana desdentada que usara minifalda y tacones de punta, y la Venezuela real, andrajosa y sufriente, misérrima y agonizante, se interpone lo que en tiempos de Luis Herrera Campins se llamara “el país político”. De un lado algunos cientos de privilegiados rojo rojitos – la Nomenclatura Boliburguesa – que se han enriquecido a niveles estratosféricos y hacen cuanto esté a su alcance para eternizarse en posesión del panal de rica miel, acompañados de sus generales, jueces, asambleistas, fiscales, negociantes y factores de todo orden. La caravana saudita de los saqueadores. Del otro, los herederos de los viejos partidos políticos, algunos rebautizados a la ocasión y a la espera del desbanque histórico. La llamada dirigencia opositora, fiel a la clásica dialéctica venezolana del “quítate tú pa’ ponerme yo”. Una parte plenamente consciente del barranco en que nos encontramos. Otra, no tanto. Son los bueyes con que aramos.

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Tan precario equilibrio de disonancias se sostiene sobre el desvencijado, perverso y atrofiado sistema capitalista de nuestro subdesarrollo, bajo la batuta de ese poderoso caballero que es Don Dinero. Mercantilismo estatista puro. Un chorro aparentemente inagotable de oro negro que inunda las arcas fiscales y rebosa, primero hacia las monstruosas cuentas bancarias de los privilegiados del régimen, luego a la de la banca pública y sobre todo privada así como al mundo del comercio importador-exportador, para terminar empapando a las clases medias medias y medias altas y dejar un goteo sobrante para los sectores más menesterosos y necesitados. Allí un Hummer, un yate y una mansión playera; aquí una presa de pollo, un cartón de huevos, un kilo de leche en polvo. Con un único y pavoroso saldo real: el desquiciamiento de nuestras instituciones, de nuestra precaria base económica, de nuestra moral y nuestra voluntad. Y la expoliación voraz y depredadora del subsuelo pronto exangüe como el cuero de una vaca vieja.

Se ha cumplido una vez más con el clásico mecanismo de la usurpación por el sector político dominante – hoy militarista y autocrático – de la riqueza petrolera a través del Estado, para reproducir otra fase más de una aterradora acumulación primitiva de capital, la gestación de una nueva burguesía ociosa y expoliadora – Cabello, Ruperti, Gil, Vargas & Cia., entre muchos otros – la satisfacción de las necesidades inmediatas de las clases medias y la ampliación exponencial de los pobres de misericordia.

Dicho en buen criollo: la misma vaina que se viviera a partir de la explosión petrolera, el gomecismo, el perezjimenismo y el carlosandresismo. Hoy maquillado de “socialismo del siglo XXI”. La propia impostura. Bien podría aparecer al fin de esta escena el buen Cohelet y volver a repetirnos su bíblica sentencia del Eclesiastés: “nada nuevo brilla bajo el sol”. O la otra, todavía más a la ocasión: “lo que nace torcido, nada endereza”.

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Una enfermedad recurrente de una sociedad prisionera de un círculo vicioso, que reproduce, de manera ampliada, sus taras fundacionales: corrupción, falta de patriotismo, carencia de sentido nacional, caudillismo, saqueo y prostitución. Un solo ejemplo histórico bastaría para convencernos de que vivimos la reproducción de un viejo mal. Un cálculo somero del valor actual de las 750 mil libras esterlinas que le quedaran al joven Guzmán Blanco (tenía entonces, en 1864, apenas 35 años, más o menos la edad de Carlos Kaufmann o Antonini Wilson) como comisión (sic) por haber negociado en nombre del gobierno de Falcón, del que era vicepresidente, el empréstito con la Corona británica, eleva dicha cifra a la friolera de 100 millones de libras esterlinas. Como lo reconociera posteriormente el mismo Guzmán Blanco, esa “comisión” fue la base inicial de su inmensa fortuna. ¿No resulta una historia demasiado contemporánea? ¿A cuánto ascienden las fortunas montadas a la sombra del teniente coronel en estos diez años de desafueros?

Ésa, no la usurpatoria de las 26 leyes habilitantes y el chavetazo, es la Venezuela real. Como lo fuera el zarpazo financiero de Guzmán Blanco y no los estropicios de la guerra Federal que lo encumbraran al Poder. Un balance precario de nuestro actual estropicio podría tasar eventualmente cada asesinado de nuestras barriadas populares en un millón de dólares. De manera que bien podríamos calcular que a los ciento diez mil asesinados por el hampa ante un gobierno indiferente a los sufrimientos populares deben corresponder ciento diez mil millones de dólares saqueados, dilapidados, derrochados y choreados por la Boliburguesía dominante. Un espectáculo verdaderamente dantesco que convierte las escatológicas denuncias de Jorge Olavarría – que en paz descanse – contra los abusos de la Cuarta República en un pálido retrato de un jardín de infantes. Olavarría promovía el golpe y el ascenso al Poder de este ángel de la guarda amparado en la denuncia de la malversación – que no saqueo, robo a mansalva o prevaricación – de 217 millones de bolívares por parte del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Alrededor de 17 millones de dólares que fueran a respaldar el equipo de seguridad de la Sra. Chamorro. Hasta con los buenos oficios de un oficial de policía llamado Freddy Bernal. ¿Qué tal?

Tan desgarradora es la corrupción imperante y tan prostibulario el saqueo a la Nación, que hoy Chávez, el principal beneficiario de las angustias del Sr. Olavarría, confiesa muerto de la risa el regalo de 300 millones de dólares a Evo Morales, de otros 500 a Daniel Ortega y así, hasta el infinito. ¿No provoca imaginar para el teniente coronel y sus más inmediatos secuaces, responsables del prostíbulo imperante, un círculo de los infiernos del Dante en el que puedan arder por los siglos de los siglos? Y que no vengan unos andrajosos espantapájaros de la llamada asamblea nacional a acusar al Movimiento 2D de pretender incendiar al país. Como si sus conmilitones no lo hubieran convertido ya en esta ruina material y espiritual, que avergüenza al gentilicio. Bien merecido se tendrían la hoguera de los infiernos del Dante, si existiera justicia en la tierra. Pero ya lo sabemos: de justicia, entre nosotros, mejor callar. Miembros del tsj, de la fiscalía, de la defensoría – no se diga de la controlaría – asambleistas y demases son dignos representantes de la canalla gobernante. Eunucos políticos. Provocan asco.

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Nuestros nietos verán muy posiblemente la Venezuela del 2070. Cuando el petróleo no sea una materia prima de primera necesidad y los países más evolucionados del planeta – entre los que obviamente no nos contaremos – posean ingentes recursos energéticos hoy impensables, ganados del sol, de la luz, de las mareas, del agua y la atmósfera. Incluso de otros planetas. Es casi seguro que de aquí a veinte años, el petróleo habrá dejado de ser el imprescindible producto que es hoy. Y Venezuela no disponga de ningún producto de consumo masivo que ofrecer, salvo la estupidez de sus élites.

Sólo un pueblo inculto, inmoral y descalificado podría permitir que estos diez años de barbarie, de desafueros y tropelías, pero sobre todo de gigantesca irresponsabilidad, pueda eternizarse. Si así fuera, cuando el efecto de la implementación de recursos energéticos alternativos se refleje en la brutal caída de los precios del petróleo, Venezuela no tendrá tras suyo más que un desierto de chatarra y miseria, de basura, sangre, ignorancia y desolación. Haití en bruto. ¿Qué obras majestuosas habrá dejado el período de mayor bonanza petrolera de nuestra historia? ¿Qué enriquecimiento cultural, espiritual y trascendente podrá encontrarse en las grandes expresiones artísticas del período de Hugo Chávez? ¿Qué carreteras, qué universidades, qué hospitales, qué grandes rascacielos, que nuevas y pujantes ciudades, qué nuevos recursos, qué nuevas industrias, qué renovación tecnológica? ¿Qué obras de arte?

Sería aterrador cerrar nuestro ciclo vital diciéndonos: “todo ha sido en vano”. ¿Han transcurrido en vanos estos siniestros diez años de estupidez sin nombre y atropellos sin medida? ¿Ha sido en vano el esfuerzos de nuestras mujeres, de nuestros jóvenes, de nuestros intelectuales, científicos y técnicos? ¿Más ha podido la brutalidad cuartelera, la rapacidad uniformada y la marginalidad política de los eunucos asamblearios que el espíritu republicano y democrático que nos fuera legado por nuestros mayores?

Aspiramos a que en vísperas de otro evento político electoral más, cuando parecemos poseídos por la competencia de alcanzar algunas migajas del Poder, no falten entre nuestros dirigentes aquellos que reconozcan la inmensa, la gigantesca, la dolorosa profundidad de nuestra crisis. Y se propongan, en serio y con la mano sobre sus corazones, alcanzar un estadio de desarrollo que nos permita afirmar al final de nuestras vidas que no todo ha sido en vano.

Es un compromiso de honor para con nuestros nietos. Un compromiso de honor para con la Venezuela del futuro.

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