Opinión Nacional

La Venezuela que nadie quiere ver

Al oír las palabras de muchos de mis conciudadanos de oposición, no puedo menos que pensar que nunca han sabido en qué país viven. Se han creído toda la telenovela histórica de héroes civiles y militares, de sagas unas independentistas y otras post modernas y han creído actuar en consecuencia. Por lo tanto, cuando se despiertan un día y ven pisoteados todos los valores y creencias que han puesto en una elección y además se dan cuenta de que son diametralmente opuestos en intereses a sus vecinos, se sienten realmente estafados.

A mí siempre me ha parecido, que en Venezuela hay mucha gente, tal vez la mayoría, que tiene una cabeza heroica sobre un estómago de sancochero. Así se piensa en los mejores intereses de la patria y se habla mucha paja, pero a la hora de la verdad, se siente uno en deuda con unos tránsfugas, por cosas muy materiales, como un apartamento, una cédula, un carro, una licencia, una beca, una pensión, un pote de leche o un kilo de carne. Nunca ha habido conciencia de que la mayoría de esas cosas nos corresponden solamente por ser ciudadanos.

Tampoco los que ya tienen todas esas cosas están dispuestos a comprender cuán valioso puede ser obviarle a una familia años de penuria con la concesión de cuatro paredes, aunque los servicios sean mínimos. Es salir del estatuto de paria en Venezuela, que aquí se llama ser damnificado. La reacción es emocional en los dos bandos.

Unos se deprimen hasta la muerte, porque se dan cuenta por primera vez que viven en un país donde los términos de supervivencia dictan la estatura de la ciudadanía y los otros festejan días y días, porque ganar algo los dignifica como ser humano, aunque vuelvan al día siguiente a enterrar a sus muchachos muertos sin asesinos que buscar, a hacer sus colas interminables para comprar comida o a conformarse con los trabajitos que da la revolución, caracterizados por el cobro de salario mínimo y la promesa de un rebusque.

Así las cosas, se toman decisiones de vida con mucha ligereza y se vinculan a la política y a las depresiones o guayabos.

Quienes ya se veían ministros, jefes de ministerio o de grandes oficinas públicas, tienen el mundo en el piso. Otros jóvenes que se “levantaron temprano para ir a votar”, “perdieron el día”, como si hubiese sido un juego de béisbol, igualito. Parecería que nadie fue a votar, ganase o no, por la convicción del trabajo por un mejor país.

Independientemente de la calidad de los políticos que nos dirigen, nuestra capacidad como pueblo debe mejorar para ganar dinero, mantener nuestras familias, sin que importe demasiado el gobierno que nos toque vivir. Hay pueblos que han soportado periodos de cambios continuos de gobernantes y sin embargo, su economía se mantuvo y el país funcionó. Un ejemplo es Italia de hace unos años.

Pero evidentemente, la Venezuela del siglo XXI no ha superado los apasionamientos anticuados del siglo XIX y seguimos buscando en cada líder (algunas veces con la ayuda e insistencia de ellos, como el caso Chávez) a un Bolívar, en vez de un Betancourt.

Ojalá que Henrique Capriles, que parece tener ideas serias sobre trabajo y futuro ganado a pulso y no regalado, siga su idea de ir visitando pueblitos, yendo al interior, organizando a la gente, tan huérfana de políticos de verdad. Eso fue lo que hicieron nuestros prohombres de la cuarta, antes de que los gerentes de la política que los siguieron corrompieran esa república. Todavía recuerdo los cuentos de cómo se organizaron los telegrafistas, los maestros, los sindicatos petroleros. A pulso.

Me van a decir que no había televisión, pero una cosa es informar y otra formar y organizar. Esa parte del problema de edificar una nación moderna, no se la podemos dejar nada más a los dueños de medios y a los periodistas. Los políticos tienen que asumir su trabajo y dejar la llorantina.

(*) Periodista; editora jefe de la corresponsalia de Notitarde en Caracas

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