Opinión Nacional

La Viaductada de Chávez

¿Querrán estropearle algunos la reelección? ¿Será que la nave hace aguas y las ratas comienzan a abandonarla? La “rendición” del Viaducto No. 1 de la autopista Caracas-La Guaira que dijera Hugo Chávez y la “voladura” ridícula de lo que quedó concitan en mi memoria recuerdos de La Delpiniada de la época de Antonio Guzmán Blanco.

“Pájaro que vas volando,
Sentado en tu rama verde,
Llegó cazador, matote,
Más te valiera estar duerme”

El autor de éste y otros “Estrambotes”, como él los llamara, fue Francisco Antonio Delpino y Navas. Como señala Olga Santeliz Cordero en su Diccionario de Historia de Venezuela, La Delpiniada fue “el acto bufo celebrado en el teatro Caracas la noche de Santa Florentina, el 14 de marzo de 1885, en honor suyo; incluyendo también esta denominación todos los preparativos y pormenores que se llevaron a cabo para la realización de la apoteósica velada y los eventos que posteriormente se derivaron de la misma, cuya razón intrínseca fue la burla subversiva a la adulación con que el mundo intelectual se rendía a los pies del Ilustre Americano Antonio Guzmán Blanco.”
Porque, como se recordará, ésa fue la época en que se ideó entre los áulicos del Ilustre Americano, la Aclamación, el retorno del caudillo. Fue entonces que los caraqueños comenzaron a nombrar a sus autores la Cofradía de la Adoración Perpetua.

El mismo musiú

El escándalo del central azucarero de Barinas, las acusaciones del ministro Jesse Chacón en contra de un magistrado del Tribunal Supremo y la réplica de este último, no pueden sino convencernos de que los males del puntofijismo y de toda la historia de Venezuela continúan campantes.

Desde hace varios años, vengo sosteniendo que lo primero que debe privatizarse en Venezuela es la empresa privada. Porque el empresario venezolano es distinto del empresario de los países desarrollados. Allí se premia la invención o la innovación; en nuestro país, por el contrario, la viveza, la corrupción, la cooperación de empresarios y políticos para esquilmar al resto de la población. Así ha vivido de la riqueza petrolera el empresariado venezolano, en dictadura o democracia.

Soy liberal capitalista. Creo que las empresas de bienes de producción y de consumo deben ser privadas. Así como la democracia en lo político, es la mejor solución conocida. Pero en «la aldea global» del futuro, nuestra economía no puede estar en manos de quienes han demostrado fehacientemente su ineficacia y su ineptitud. Se requiere un cambio de políticos y de empresarios. Si algún bien ha realizado Fidel Castro en Cuba es ése: Haber enviado al exilio a esa oligarquía podrida que hizo posibles a Gerardo Machado y a Fulgencio Batista y sus negociados con la mafia. Estoy seguro de que, luego del castrismo, volverán, no cabe duda, pero serán distintos. Educados en Estados Unidos, tendrán las cualidades intrínsecas del emprendedor norteamericano.

Delenda est oligarchia

Nuestra oligarquía es similar a la cubana antes de Castro. Luego de la Independencia, Venezuela vuelve a ser lo que era. Un país pobre en el que los militares se transan con la oligarquía criolla y se hacen con el poder. Esos ochenta años de desorden desembocan en la dictadura de Juan Vicente Gómez. Se ha dicho de él que manejó el país como su hacienda. Creo que allí residió su éxito. Porque, en fin de cuentas, para Isabel I de Inglaterra, su país era eso, su hacienda. Lo mismo puede decirse de todos los grandes monarcas europeos: Hay que recordar no más que sus antepasados había obtenido el poder a través del cargo de mayordomo de palacio.

Gómez se había unido a Castro por su experiencia como administrador. Fue el capitalista de la campaña y su logístico. Toda su vida la había pasado en eso, manejando haciendas y había tenido éxito. Aplicó esos conocimientos de gerencia a la hacienda mayor de la República. Luego de 27 años de paz, nos legó un Estado bien fundado en su economía y en su derecho. Pero como el hacendado mayor que era, no cambió la estructura social y económica del país. Los latifundios se mantuvieron y hasta se agrandaron. Las concesiones petroleras fueron un monopolio de Gómez, su familia y algunos amigotes. Pero la Hacienda Pública fue saneada y la deuda que acogotaba la soberanía, pagada en su totalidad. Hubo, pues, buenos gerentes públicos.

Cuan inmensa ha debido ser la riqueza venezolana para poder aguantar un descalabro de medio siglo. Porque el mal arranca, cuando menos, desde que se supo que la reforma petrolera de Isaías Medina haría al Estado venezolano inmensamente rico y los sectores empresariales comenzaron a calentarles las orejas a militares ávidos de poder pero sin experiencia en el ámbito económico. La idea uslariana de «sembrar el petróleo» se desvirtuó en función de sembrarlo en los bolsillos de unos pocos.

El Estado venezolano existe desde 1830. Los ciudadanos que lo formamos hemos reconocido la propiedad pública y la propiedad privada. PDVSA, la empresa extractiva y comercializadora del petróleo es propiedad de todos los venezolanos. Venderla, si se vende, debe perseguir el mayor bien de todos. Dividir sus acciones entre los venezolanos mayores de 18 años sería dejar sin patrimonio a los menores, lo que resulta injusto. Pero, además, nada importante se lograría con ello. Si PDVSA vale 100 mil millones de dólares, le tocaría a cada venezolano mayor de 18 años, algo así como 6.250 dólares, si tomamos en cuenta la cifra de votantes de los últimos comicios. Ahora bien, esa cantidad multiplicada por 2.500 bolívares, serían 15,65 millones de bolívares que muchos malbaratarían en un abrir y cerrar de ojos.

Estamos seguros de que el petróleo continuará siendo el gran motor industrial a mediano plazo. Nada se ha inventado que lo desplace. Su utilización irá en aumento. Cierto es, sin embargo, que, más temprano que tarde, puede inventarse un motor eléctrico que desplace al de combustión interna o un sustituto para la gasolina. Debemos, por tanto, aprovechar con sensatez nuestra riqueza petrolera.

Y lo primero es rescatar a la República de la esclavitud de la deuda externa.

Democracia o dictadura

La democracia no es un fin en sí mismo. Cuando adoptamos el régimen democrático, lo hicimos convencidos de que ese sistema nos daría el mayor bienestar. Pero si los líderes de esta democracia, obcecados en un falso orgullo, no aceptan el error de la nacionalización de la industria de los hidrocarburos, a las generaciones por venir les tocará enderezar el entuerto, aún buscando un camino distinto. Las grandes transformaciones sociales y económicas no han ocurrido nunca en democracia. El caso de Japón es el más patente. Pero no es el único ejemplo.

Hasta 1976 nos codeábamos con los desarrollados. Los 7 años posteriores de desenfreno desembocaron ineludiblemente en la miseria. A la oligarquía tradicional se le unió una parte importante de las directivas partidistas y una nueva oligarquía petrolera, interesada en manejar esta industria básica para nuestro desarrollo como si se tratara de una empresa privada propiedad de esa oligarquía. Se nos unió al Pacto Andino para que la oligarquía tradicional pudiera negociar con las llamadas exportaciones no tradicionales y se hizo necesario para competir que el obrero venezolano se hundiera en la miseria de los sueldos de hambre de las masas indígenas esclavizadas por centurias.

No podemos seguir esperando. El país se rasga por los cuatro costados. El narcotráfico, el sicariato, los vicios de sociedades gastadas, se nos cuelan por el occidente. El fracaso de Hugo Chávez es evidente. Es un mago de circo provinciano que repite el mismo truquito y ya no engaña.

(*): Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, politólogo, periodista y miembro de Debate Ciudadano. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.

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