Opinión Nacional

La violencia específica

De acuerdo a su denuncia, el General Raúl Isaías Baduel pudo salvarse de unos disparos que sólo alcanzaron al vehículo en el cual se desplazaba. Horas de la madrugada, en la ciudad de Maracay, donde reside, fue objeto de una tentativa de homicidio que muy difícilmente puede catalogarse como parte de la delincuencia ordinaria, tratándose – además – de una conocida figura pública que ha cuestionado abiertamente al Presidente Chávez. Observa el denunciante que no es la primera vez que esto ocurre, pues, luego de los consabidos resultados del referéndum constitucional, también sufrió un sospechoso incidente.

Baduel cumplió sus años de servicio reglamentario en la Fuerza Armada Nacional, alcanzó el máximo grado castrense y se desempeñó como ministro de la Defensa. Independientemente de las coincidencias o diferencias que tengamos con él, por ejemplo, en relación a una inmediata convocatoria de una asamblea nacional constituyente, lo cierto es que ocupa ahora un espacio de disidencia que el régimen parece no perdonarle. Por lo menos, los seguidores del gobierno nacional rápidamente aprendieron a despreciarlo y a descalificarlo según la costumbre impuesta por Hugo Chávez, quien tiene un inmenso temor por la libre discusión de las ideas. No ha tardado en escudriñar el más mínimo detalle de su gestión ministerial y, por si fuese poco, en caricaturizarlo a través de los canales televisivos y radiales del Estado, para atacarlo por motivos que todos sentimos como evidentemente revanchistas, mientras sobran los casos de corrupción y de corruptela que no inquietan a los administradores de justicia en Venezuela. Por variadas razones, Baduel suscita simpatías y antipatías en la oposición, pero ello no significa acuerdo alguno, sino el rechazo y la condena a los métodos de persecución y de violencia de que ha sido objeto al igual que toda la disidencia venezolana, aún para aquellos que no tienen responsabilidades como dirigentes.

A la violencia genérica, la que alcanza a todos los venezolanos sin distinción alguna, en las calles y en sus casas, se suma la violencia específica que tiene por finalidad amedrentar, presionar y quitar del camino a aquellas personas que alzan su voz de desacuerdo con el proyecto totalitario en curso. Ya son casi diez años en los que el Estado tolera y más de las veces celebra, los ataques personales sufridos por los opositores más o menos destacados. Ya no se trata del anuncio solemne de convertir a los líderes en «objetivo militar», gracias a las actuaciones de los grupos irregulares que reciben la protección de quienes nacionalmente nos gobiernan, o de la convocatoria incomprensible de los «tribunales populares» que una vez hizo célebre a un tal Cansino, sino del seguimiento personal y de las amenazas, presiones y amedrentantamientos que reciben – además – los familiares y relacionados por el solo hecho de adversar al Presidente Hugo Chávez Frías. Pidiendo disculpas por la nota autorreferencial, hemos tenido que consignar más de una denuncia en el Ministerio Público para dejar – aunque sea eso – constancia de una persecución política derivada de nuestra posición política. Más de una vez hemos recibido ataques violentos, los que van más allá del verbo envenenado, y recordará muy bien Homero Andrade los disparos que recibió el automóvil en el que nos encontrábamos. Y es que el terrorismo es siempre una posibilidad cuando no aceptamos las equivocadas, erróneas y fatales orientaciones de un régimen que tiene en sus manos el monopolio de las armas y los organismos de seguridad y de inteligencia. Toda la oposición, siendo dirigentes o ciudadanos de a pie, como dicen, sabe que hay una violencia específica, destinada a atemorizarnos, a paralizar nuestras acciones, a claudicar frente a Hugo Chávez y a sus colaboradores. Por ello, aguzamos el instinto, tratamos de adivinar o intuir situaciones, porque algún infiltrado se puede valer de las marchas pacíficas de la oposición para agredirla de una forma u otra. Sin embargo, todos seguimos en pie de lucha. Sobre todo los muchachos que valientemente desafían, con mayor intensidad desde mayo de 2007, a un gobierno de clarísimas pretensiones terroristas y que apoya impúdicamente a los terroristas de otros países, así vejen, secuestren y asesinen sistemáticamente como acontece en la hermana Colombia.

El chavezato (como se ha dado en denominar al chavismo que efectivamente es y cuidar de ser gobierno, aventajado por todos los privilegios del poder), sin embargo, trata de mantener las formas, la fachada de una democracia que respeta loas derechos humanos. Administra la violencia lo mejor que puede, haciéndola hasta los momentos un poco más selectiva, cuidadosa y que no deje huellas. Cuando no puede tapar sus directas e indirectas actuaciones, ofrece una versión adulterada por sus metas publicitarias y propagandísticas. Ocurrió en abril de 2002,porque gracias a los videos todos supieron que desde Llaguno dispararon a mansalva a las personas que protestaban y trataban de protegerse de semejante ataque, pero los victimarios están libres, amnistiados y son tratados como héroes. Pasó cuando se metieron en la Universidad Central armados hasta los dientes, al colocar artefactos explosivos en Fedecámaras que cargó con la vida del propio sujeto que los armó y, en fin, muchos casos ilustran las incursiones «heroicas» de los que hoy son gobernantes acobardados que apelan a la violencia y después tratan de ocultarla, vanamente, bajo cualquier pretexto que se les ocurra.

Sobre todo los candidatos de la unidad opositora, aspirantes a las gobernaciones y alcaldías del país, lucen como «objetivos militares» atractivos para el chavezato y para el más ingenuo chavismo, no otro que los ingenuos seguidores utilizados y triturados por la gigantesca maquinaria del odio o rencor que se ha instalado. Tomamos las previsiones más elementales para evitar cualquier peligroso incidente, aunque siempre sabemos que nuestro pellejo no está a salvo del terrorismo, que nadie tiene una póliza contra las agresiones nada distraidas y aisladas del oficialismo. Mucho más en la frontera colombo-venezolana. Pero seguimos adelante, a pesar de todas las adversidades.

El atentado contra Baduel no puede pasar por debajo de la mesa. Apenas es la punta de un iceberg. Todos los venezolanos sabemos que hay más de 4 millones de armas en la calle, siendo tan desinteresado el régimen en recogerlas a pesar de la Ley de Desarme de 2002 que aquí no la cumplen al igual que no la cumplieron en el Chile de Salvador Allende. Apostamos por la vida, la paz y la concordia de la familia venezolana. Por ello, estamos en pie de lucha.

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