Opinión Nacional

La violencia llegó para quedarse

(%=Image(4543293,»C»)%) Rebotaron con silbidos furiosos los resortes de la violencia, que estaban tensos desde el año pasado, cuando el chavismo terminó de convencerse de su ineficiencia, tanto para escoger gerentes como para conservar el poder por medio de la persuasión.

Después que en sus dos primeros años de mandato, copó los poderes públicos, manejó a su antojo a algunos dueños de importantes medios enamorados de su promesa de cambio y mantuvo la adicción de notables y magistrados, al chavismo se le prendió una fiebre totalitaria que al principio afectaba solamente a los mas cercanos al Presidente de la República, pero después se fue extendiendo como el sarampión al resto del cuerpo gubernamental. La sed que viene con esa fiebre lo obligó a desplazar de la administración a civiles y militares: maestros, expertos petroleros, políticos de todo tipo, empleados públicos aun del mas bajo nivel. Asi refrescó la garganta de sus clientes, ávidos de cargos.

La esperanza de los militantes era que dado el triunfo politico que se estaba prolongando con los regalos que trajo la Constituyente y la benevolencia de los compañeros de viaje, era posible hacer una revolución completa ateniéndose formalmente a los principios de la democracia representativa y aprovechando las fallas de los opositores. Por lo menos dos de esos creyentes en la revolución latinoamericana me dijeron francamente un dia, que hubiese sido mas fácil si de una vez, los que no querían el régimen, se hubieran ido para Miami y los hubieran dejado a ellos aquí con los pobres para hacer la revolución. Defectos de la via electoral, comentaban.

Pero es que los pobres ya no son lo que eran. Ven demasiada televisión, tienen demasiado american way of life metido en la cabeza. Creen que no solamente hay que prometerles, sino que darles. Protestan en las esquinas, delante de los bancos. No están conformes con conseguir un carguito en las misiones, una tierrita en los saraos, o una casita después del desastre de Vargas, pretenden que les paguen a tiempo, que los funcionarios estén encima de ellos atendiéndoles las cosechas o que las casas estén perfectas. Y no es así. No ha habido tiempo para formar a los funcionarios, ni tampoco hay dinero para todos. Los pobres tienen que aprender que hay que aguantar con la boca cerrada para que siga la revolución. Al Presidente hay que calárselo con sus ladrones, porque es el profeta de esta religión de la revolución latinoamericana, el único que parece poder encarnarla en este momento. Ladrón o no ladrón queremos a Perón. Con hambre y sin empleo con Chávez me resteo.

Bajo la premisa del respaldo indiscutido al líder, se justificó todo el endurecimiento del régimen. Abandonar las autocríticas, imposibilitar, sabotear o descalificar las asambleas populares, ignorar las metódicas, exceptuando las que se producen por arriba ( el viejo y productivo dedo) , promover pequeños procesos de Moscú. Cortarle el agua y la luz a todo aquel que no fuese abierta y declaradamente cultor de la personalidad de Hugo Chávez, un hombre hábil políticamente pero que se reconoce como inculto, simpático pero ciclotímico, un venezolano auténtico pero arrebatado por su propia vocación narcisista. Un jefe de estado que justifica todas sus falencias porque no sabe retrasar la satisfacción de sus apetitos.

Ese intento de control social no resultó. Hoy existe una situación de insatisfacción por el crecimiento de la oposición, cuya acción se ha vuelto incontrolable en las calles . Y eso conduce a muchos partidarios del Presidente a uno de los pocos momentos de la verdad que todo humano tiene en su existencia.

La desesperación por el control del gobierno condujo a la violencia generalizada, con lo que se ha desatado el mecanismo del derramamiento de sangre, socialmente irreversible. No hay vuelta atrás para los muchachos golpeados, obligados a hacer salto de rana ante las peinillas y a gritar » Uhh,ahh, Chávez no se va». Nadie les va a devolver la limpieza de alma que tenían antes de verse vejados por la rabia y el odio de un bárbaro. Ni al muchacho al que le mataron la mamá ante sus ojos, de un balazo en la espalda. Ni al músico a quién su arte provocó la misma rabia salvaje que sintieron los milicos chilenos que le cortaron las manos a Víctor Jara. A esos militares venezolanos que le golpearon los brazos, y le humillaban por ser artista, sólo denles tiempo.

Nadie vuelve igual de la tortura ni de la muerte. Ni el torturado ni el torturador. Esa es la inmensa grieta interna que parte a sociedades en las cuales, desde la falta de respeto, el insulto, la persecución económica se pasó al asesinato político, luego a la represión del contrario y por último a la represión indiscriminada. Se puede dictar leyes de perdón, iniciar mediaciones internacionales, ir a psicólogos para curar el stress post traumático, buscar explicaciones sociológicas, se puede repatriar gente, pero qué difícil es recuperar un corazón lleno de odio.

Ya Chávez puede estar tranquilo. Ha iniciado su propio libro negro con listas de muertos, detenidos y supliciados. Sus partidarios pueden perfeccionarse en la represión, la tortura y la sordera. O no. No digan que nadie les advirtió. Este es el momento de la conciencia. Una ola de odio empieza a mojar nuestros pies y se retira un poco, pero como todas las mareas, vuelve y envuelve. La violencia llegó para quedarse.

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