Opinión Nacional

La violencia y el disfraz

Mientras el jefe de la supuesta revolución anda de disfraz en disfraz por medio mundo, su país de origen, Venezuela, está aprisionado por dos tipos de violencia que no le dan cuartel ni al presente ni al futuro. La violencia del hampa que campea reinante en todo el territorio nacional, y la violencia política que anda entrelazada en la retórica y propósitos de su régimen. Nos son extremos opuestos ni nada parecido. Al contrario, se alimentan una a la otra en una espiral que día a día ensombrece más el panorama nacional.

La violencia del hampa ha cobrado cerca de 70 mil víctimas en poco más de 7 años de supuesta «revolución bolivariana». Una cifra que revela la profunda descomposición de la sociedad venezolana, agravada por el hecho de que el Estado revolucionario se ahoga en un caudal gigantesco de petrodólares. En estos años menguados se han multiplicado el número de asesinatos, el número de secuestros, y el número de cualquiera de los crímenes que integran el largo inventario del delito.

Y no es casual que semejante desgracia esté ocurriendo justo cuando se pretende «militarizar» la convivencia social a través de milicias «populares», se entreguen armas a los núcleos paramilitares del gobierno, se cree una atmósfera psicológica de preparación ante una imaginaria invasión yanqui, y se proclame a diestra y siniestra que los venezolanos están listos para «derramar su sangre» en defensa de Fidel Castro o Hugo Chávez.

En unas prácticas navales recién realizadas en Paraguaná, la televisión oficial se esmeró en mostrar a un niño de 10 años vestido de soldadito que recitaba de memoria una cartilla guerrera en contra de los «enemigos de la patria». Al peor estilo de la propaganda fidelista, se busca adoctrinar a miles de muchachos de nuestras escuelas en una prédica de odio que se aprovecha del nacionalismo para instigar reflejos condicionados en favor de la cacareada revolución.

Nada puede ser más distante de los valores de la cultura democrática de Venezuela, sin duda que percibida por los estrategas del oficialismo como una especie de tara histórica que debe ser combatida hasta el exterminio. La sola idea de un gobernante eternizado en el poder, por ejemplo, es una manifestación de violencia anti-democrática. También lo es, por cierto, de burla sangrienta al ideario de Simón Bolívar, acaso el símbolo nacional más violentado por el desenfreno de boinacolorá.

Las dos violencias andan agarradas de la mano en una camino que sólo tiene un destino siniestro. Ya Venezuela es considerada por la ONU como una de las sociedades más violentas del hemisferio occidental, en el terreno del auge criminal. Más violenta, incluso, que la enguerrillada Colombia. Tan violenta, así mismo, como la anárquica Haití.

Por otra parte, una nación que tenía a orgullo el no haberse engarzado en ningún conflicto militar con países vecinos en toda su trayectoria independiente, es decir a lo largo de 176 años, ahora es bombardeada mañana, tarde y noche con mensajes que se dirigen en el sentido exactamente contrario: la exaltación de la guerra, del sacrificio patriótico, de la muerte hasta el último combatiente.

Bombardeo que se origina y se promueve sin descanso desde el centro del poder público, en un esfuerzo planificado para transmutar a los ciudadanos en autómatas al servicio de una obsesión patológica de mando y control. Las dos violencias retratan una realidad que debe ser transformada de manera radical para que los venezolanos puedan reconstruir su propio país. Sin adornos ni disfraces.

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