Opinión Nacional

La visita de Kirchner

“Los pueblos que no aprenden de su historia están obligados a repetirla.” “Un hecho histórico que se repite, la primera vez puede ser una tragedia, la segunda es comedia” Son frases célebres que me llegan a la memoria con esta visita del mandatario argentino a Margarita. Nos parecemos a una noria. Vuelta y vuelta al mismo círculo vicioso. Recordemos, pues, un poco de historia más o menos reciente.

La Primera Guerra Mundial hace de Argentina el mayor exportador de carnes y lana para los beligerantes. En 1916, la Unión Cívica Radical gana por primera vez la Presidencia con el liderazgo de Hipólito Irigoyen. Durante su sexenio se realizarán profundas transformaciones sociales y económicas, especialmente en materia educativa. Una nueva victoria del radicalismo en 1922 conducirá al poder a Marcelo Alvear, opuesto a lo que comenzó a llamarse el culto personalista. Sin embargo, en 1928, Irigoyen obtiene nuevamente la victoria, esta vez de manera abrumadora.

Las primeras logias militares de este siglo comenzaron a formarse en Argentina, a mediados de la década del 20, con el propósito de detener las aspiraciones reeleccionistas de Irigoyen. Los sectores tradicionales ricos veían en la nueva realidad social una amenaza a sus privilegios. El 7 de septiembre de 1930, un golpe de Estado derroca al gobierno. Se van a suceder, entonces, una serie de gobiernos militares interrumpidos de vez en cuando por civiles de corte conservador hasta que en 1943 es derrocado Ramón Castillo.

Juan Domingo Perón

En el gobierno militar surgido ese año, el coronel Juan Domingo Perón es designado ministro del Trabajo y Previsión Social, un cargo hasta entonces sin importancia, pero desde el cual el nuevo titular comienza a montar un imperio propio con la promoción de sindicatos. Así como obtiene una base popular, Perón no descuida otras relaciones. Los militares lo creen un nacionalista acérrimo; los terratenientes y los industriales lo catalogan como fascista y sectores de la Iglesia católica lo identifican con las doctrinas sociales del papa León XIII, opuestas al «liberalismo salvaje».

En octubre de 1945, Perón es detenido por sectores ultras de las Fuerzas Armadas. Pero 300 mil trabajadores sindicalizados concentrados frente a la Casa Rosada el 17 de octubre de 1945 obtienen su liberación. El presidente de la Nación, general Edelmiro Farrell, le confía entonces a Perón el Ministerio de la Defensa, sin que abandone el del Trabajo y lo eleva a la vicepresidencia, conservando las dos Carteras. Un año más tarde Perón lanza su candidatura a la Presidencia y es electo abrumadoramente.

Comienza entonces la transformación constitucional y económica del Estado argentino. Su idea es crear un sistema semifascista intermedio entre el capitalismo y el marxismo, una «Tercera Vía», como la llama el mismo Perón. Sin embargo, en el ámbito político pronto se transformará en una dictadura de partido, de su partido, el Movimiento Justicialista. En lo económico, sus tesis de autarquía, especialmente en el campo alimentario, se comprobarán irrealizables.

Una de esas políticas es la sustitución de importaciones. Era lo que deseaban los sectores económicos más conservadores, acostumbrados a evitar el riesgo. El concepto fue un fracaso, pues obligó a depender de los productos semielaborados extranjeros y, por lo tanto, de las divisas obtenidas por la ganadería. Cuando otras fuentes de suministro ganadero, como Australia, pudieron hacer llegar su carne a Europa y Asia y la Argentina se vio obligada a rebajar sus exportaciones, todo se vino abajo, inclusive el gobierno. Se repetiría, entonces, la tragedia de la inestabilidad política y económica. Pero en Argentina, el peronismo, el justicialismo, sustituyó a la democracia cristiana como partido de centro derecha y permitió desplazar a la social democracia. Serían 60 años perdidos.

Debe recordarse, sin embargo, que cuando se derrocó a Irigoyen, el producto interno bruto de la Argentina era el sexto más importante a escala mundial. Cuando destituyen a Perón, por el contrario, Argentina era claramente un país subdesarrollado.

El caso venezolano

La base acciondemocratista nunca aceptó la verticalidad de las organizaciones de la izquierda staliniana. De ahí que la imposición betancourtiana de Gonzalo Barrios por encima del deseo de la mayoría de la base cuyo candidato era Luis Beltrán Prieto Figueroa, determinase la única gran ruptura del pueblo adeco. Una porción importante de la militancia abandonó las filas de Acción Democrática y permitió el primer triunfo de Rafael Caldera. Este arreglo impidió la hegemonía adeca, al estilo PRI mexicano y sería a largo plazo la fuente de nuestros males.

Cinco años más tarde, esa misma militancia vuelve a las filas del partido. Lo hace para votar por Carlos Andrés Pérez, pues se da cuenta de que «el gocho» va a resultarle un hueso duro de roer a Betancourt, como en efecto ocurrió. Un período constitucional más tarde abandona de nuevo el partido, al imponer Rómulo la candidatura de Luis Piñerúa por encima del deseo mayoritario de escoger a Jaime Lusinchi. No sólo eso, sino que en gran parte vota por el opositor Luis Herrera para asegurar la derrota de Betancourt. Sin embargo, muerto éste, esa misma base se reintegra al partido y le concede a Jaime la mayor victoria de la era democrática (57 por ciento de los votos). Cinco años más tarde vuelve a votar abrumadoramente por Carlos Andrés Pérez.

En 1983, durante el bicentenario del natalicio de Bolívar, se conforma en Venezuela la Logia Militar Bolivariana. Su objetivo era impedir que Carlos Andrés Pérez retornara a la Presidencia. El fracaso de los dos cuartelazos de 1992 signará su intento de llegar al poder.

Un cadáver insepulto

La conspiración en contra de Pérez continuará su camino. La historia es harto conocida y no la voy a repetir. Los seguidores de Jaime Lusinchi sabían que si Pérez encabezaba una revolución económica exitosa, sus posibilidades de heredar el poder se tornarían efímeras. Decidieron tomar el camino del suicidio político, pues la caída de Pérez en esas circunstancias significaba en realidad la desaparición de Acción Democrática.

La dirigencia empresarial venezolana tampoco quiso aceptar la transformación neoliberal propuesta por el equipo económico de Carlos Andrés Pérez. Prefirió la ruptura institucional. Hoy estamos pagando su falta de visión. Hugo Chávez es producto de esa ceguera. Esperemos que la gran mayoría de la clase media nuestra no se trague el cuento. Es cierto que no comulga con las ruedas de molino de la Cuba fidelista, pero ¿Habrá aprendido que el desarrollo es consecuencia del capitalismo, el cual lleva a la educación del pueblo y por ende a la democracia?

El que Néstor Kirchner sea presidente de la Argentina nos demuestra que ese pueblo hermano no aprendió la lección. Los argentinos continúan repitiendo su historia. Ese vicio una vez los llevó a la tragedia. Hoy es comedia. Pero también costosa. El peronismo populista no es el camino para vencer al subdesarrollo.

(*): Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, historiador, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.

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