Opinión Nacional

¿Laberinto sin salida?

Un orden violento es desorden:
y Un gran desorden es orden.
Ambas cosas son una.
Wallace Stevens

Venezuela vive momentos decisivos que lamentablemente no se pueden calcular en tiempo, ya que el proceso en que está inmersa la Nación, si bien se acelera ante determinadas decisiones de los actores en conflicto, tiene su propio ciclo de vida, cuya evolución está dependiendo no sólo de la capacidad y calidad decisional del Régimen y de la oposición, sino de una sociedad que ha demostrado estar por encima de sus dirigentes.

Es importante hacer notar que una vez que Hugo Chávez Frías asume la presidencia de la República, éste y sus acólitos no admiten las instituciones existentes y las combaten para reemplazarlas por otras, se produce una lucha sobre el régimen, la cual tuvo en un principio la anuencia de una parte significativa de venezolanos. Lucha que necesariamente contemplaba, y más aún en la actualidad, objetivos revolucionarios, a pesar de haber aplicado las propias reglas de juego imperantes para conquistar el poder y servirse de él, a fin de cambiar el orden establecido y relevarlo por otro. Batalla que no ha descartado la violencia y la ilegalidad bajo la mascara de la justicia.

Esta contienda por sustituir un régimen por otro no se ha materializado del todo, todavía estamos en un período de transición. Chávez está consciente de ello, tal como lo ha expresado en algunas de sus intervenciones en cadena nacional, al referirse al error de haber considerado el 2002 como el año del afianzamiento de su proyecto político, y reconociendo que simplemente fue el inicio de esa consolidación, siendo el 2003 el año de la Revolución. Asimismo, el paro con rostro de protesta cívica lo valoró como de «momento histórico», admitiendo que la estrategia opositora pudo haber provocado la caída del nuevo régimen, de ahí la necesidad de cambiar de táctica, pasar de la «defensiva estratégica» a la «ofensiva estratégica».

Definitivamente, Chávez tiene razón de catalogar este tiempo que vive el país de histórico, ya que estamos hablando del fin de la transición que él mismo instituyó, desenlace que puede contemplar dos vías: Una de ellas es la consolidación de la Revolución chavista y la otra es el derrumbamiento y/o derrocamiento del Régimen.

Si bien es cierto que el paro general no provocó la caída de este gobierno, no se puede dejar de obviar que lo desestabilizo, especialmente la paralización casi total de la industria petrolera, cuyos efectos se mantendrán en el tiempo a pesar de que Hugo Chávez tenga el control de la empresa. Una de las razones principales por las cuales el paro con rostro de protesta cívica no logró el desplome del Régimen, se debe a que el gobierno a diferencia de la oposición no mostró todas sus cartas, ventaja que le permitió, aunado al hecho de que controlan todo el poder del Estado, tener mayor margen de maniobra para «contraatacar» y mantenerse en el poder.

La Coordinadora Democrática consciente o inconscientemente, opto por jugar estratégicamente igual como lo ha venido haciendo el gobierno desde que asumió el poder, es decir, caos con caos, ya que Chávez, como lo he venido sosteniendo en anteriores artículos, fomenta el caos y se retroalimenta de él, razón por la cual a la oposición se le ha hecho muy difícil usar estrategias racionales frente a un gobierno que promueve la anarquía para sustentar las bases de su Régimen.

En este sentido, el hecho mismo de que la oposición empleara una acción que provocará más caos dentro del caos, parece ser una buena opción, pero el problema radicó en que la Coordinadora Democrática no dosificó bien la estrategia, no diseñó escenarios-tácticos de manera creativa utilizando la lógica de la sin razón, aplicó lo racional a lo inverosímil, sin valorar sus propias limitaciones; además de no evaluar la capacidad que este gobierno tiene de manejarse en situaciones caóticas e ingobernables. Sin embargo, lo interesante de esta situación, es que a pesar de que este gobierno ha logrado imponer una lógica del caos, no logro maniobrar en forma exitosa el caos del outsider -paro de la oposición-, más bien fue acorralado y no pudo «contraatacar» con caos, sino con la lógica de la racionalidad, lo cual demuestra que en entornos turbulentos todos los actores en el conflicto son vulnerables.

La turbulencia, la irregularidad y la imprevisibilidad estaban presentes mucho antes de que Hugo Chávez asumiera la presidencia de la República. No obstante, es él quién permite que el caos florezca, introduce la irracionalidad, provocando desorden dentro del orden, creando entornos turbulentos que han destruido los pocos sistemas ordenados en que vivía el venezolano. Ante este escenario, es importante no obviar que el caos que se levantó de un profundo sueño bajo las cobijas del orden, constituye una forma sutil de orden, es decir, la ruta al caos que nos ha conducido este Régimen simultáneamente es una ruta hacia un nuevo orden, que definirá el camino que transitará la Venezuela del siglo XXI.

Este estado de anarquía, sinónimo en política de no ser, donde el ordenamiento social, económico y político tradicional parecen disolverse en una especia de condición primitiva, involución del nivel más elevado de logro humano como es la vida en una sociedad civilizada. Una transición caracterizada por un «estado de naturaleza» parecido al que nos esboza Hobbes, donde un sólo hombre logra a través de su retórica, convertida en instrumento de poder al imponer sus significados, subvertir creencias y conceptos claves como democracia, justicia, libertad, derecho, propiedad, ética, sociedad, pueblo, etc.

Un «estado de naturaleza» teñido de ironía y absurdo que está conducido por un «profeta soberano» que encarna la «conciencia pública» y la «soberanía absoluta», que en nombre de un pueblo a conseguido destruir las instituciones soberanas, para dar paso a unas nuevas que no logran funcionar eficientemente porque dependen del «pastor supremo». Estamos en presencia del Estado total y del ciudadano total, «todo es político», es decir, vivimos tiempos de Revolución bajo el manto de una monocracia totalitaria al estilo Luis XIV, donde se pretende reeducar a los ciudadanos a fin de convertirlos en súbditos fieles.

Hugo Chávez en su intención de crear un nuevo régimen con reglas preestablecidas, provocó la coexistencia del viejo orden (Pacto de Punto Fijo) con el nuevo orden (Estado revolucionario-monárquico), desencadenando un estado de anarquía hobessiano (desinstitucionalización, crisis, ingobernabilidad, etc.), agravado aun más por un gobierno que se ha caracterizado en aplicar lo que se conoce como «contractualismo de polizón», es decir, » …. contratos con la intención explícita de incumplirlos en el futuro» . Esta situación ha incitado a la legitimación del incumplimiento al no haber soluciones convenidas y estables, motivo por el cual los actores en conflicto optan por no aceptar al árbitro, ya que los costos de tener un árbrito malo son superiores a los de no tenerlo.

En este contexto, lo que estamos viendo, tal como lo plantea Sousa Santos Boaventura en su artículo (1997): Pluralismo Jurídico, Escalas y Bifurcación, es un grupo significativo de ciudadanos que está regresando al «estado de naturaleza», que está fuera del contrato social, mientras una parte de la sociedad está en el estado civil, desencadenando estados de bifurcación en distintas escalas: Una parte de la sociedad retorna al «estado de naturaleza» al no aceptar las nuevas reglas de juego convenidas-impuestas por el Régimen, pero paradójicamente reclaman un nuevo contrato social consensuado rigiéndose por la normativa constitucional del «gobierno polizón», imponiéndose lo que podríamos llamar el «soberano rousseauano»: Un ciudadano comprometido, con capacidad de participación pública. Simultáneamente, otro sector de la sociedad ha aprobado los términos del Régimen, el cual, a su vez, se fracciona entre aquellos que están encantados de permanecer en ese «estado de naturaleza» y los que sorprendentemente reclaman legalidad, a fin de que la oposición no se desvíe de las leyes, pero que adaptan las normas a su conveniencia cuando se trata de complacer al «pastor del pueblo» .

Estamos en presencia de una sociedad turbulenta, en condiciones extremas de incertidumbre por la inexistencia de «reglas comunes para todos los hombres». Asimismo, la Nación experimenta un alto nivel de inestabilidad a raíz de la ineficiencia y a la severa crisis de legitimidad del gobierno, que se ha venido manifestando de manera constante a través de la movilización social. En estas circunstancias, cualquier gobierno se caería, pero en el caso venezolano se observa que la inestabilidad gubernamental es funcional para la estabilidad del Régimen, aunque resulte paradójico, la estabilidad del Régimen aumenta en relación directamente proporcional a la ingobernabilidad del país.

No obstante, lo que todavía falta por comprobar es sí un aumento de las acciones por parte de la sociedad en turbulencia va de la mano del derrumbe del gobierno: ¿Qué sucedería si el gobierno sigue cerrando las vías democráticas donde una parte significativa de los ciudadanos desea salir de la crisis, especialmente en un contexto donde la sociedad ya se acerca a situaciones límites, profundizado no sólo por el desconocimiento de un árbitro que no satisface sus intereses, sino también por la falta de responsabilidad de la Coordinadora Democrática al no ser íntegramente sinceros con unos ciudadanos altamente motivados en pro de un fin?; ¿Qué sucedería si la sociedad se desborda en violencia -estallido social, revuelta y/o insurrección popular, grupos armados, con el fin de combatir al Régimen y repelidos por los grupos de choque del gobierno, o militares combatiendo entre sí -?.

En este sentido, la pregunta clave sería: ¿Este tipo de situaciones, que están regidas por parámetros irracionales podrían ocasionar que el caos generado por el gobierno trastoque el orden que lleva implícito, provocando un nuevo desorden que derribe las bases del Régimen?.

Los probables escenarios llevan consigo una enorme carga de violencia, debido a las características contextuales en que está envuelta Venezuela; aunque, en el país del absurdo todo es factible, incluso hasta posibles salidas pacíficas si nos guiamos bajo el parámetro de que en un mundo al revés, lo que menos se espera es lo que sucede, aunque dentro de la lógica de lo irracional, la lógica de la racionalidad se mantiene.

Esta lógica de la racionalidad tiene su máxima expresión en la Mesa de Negociación y Acuerdo, y en el Grupo de Amigos, este último es un factor de suma importancia porque en un momento clave se puede convertir en el «árbitro» de una posible solución negociada a la crisis. Así mismo, esta Mesa de Negociación y Acuerdo, pudo convertirse en una herramienta funcional que le permitiera a la oposición desarticular el engranaje de paradojas que ha planteado Chávez a lo largo de su gobierno.

Es importante destacar que Chávez ha ideado un laberinto de paradojas iterativas que ha conducido al caos. Éste se caracteriza por ser de espejos recíprocos en el sentido de que un lado es el reflejo invertido del otro, lo cual ha traído mayor confusión a la hora de concretar salidas a la crisis que vive Venezuela. Razón por la cual es vital aprender a descifrar a Hugo Chávez y desmontar su discurso, pero lamentablemente la oposición no ha tenido la capacidad para ello, lo cual ha provocado que buena parte de los venezolanos sientan que se encuentran atrapados sin salida, en un laberinto que efectivamente está diseñado para quedar apresado en él.

En esta entropía política, con una turbulencia que se vuelve pegajosa, no sólo disminuye la capacidad de supervivencia de las propuestas de solución, sino que a medida que nos vamos adentrando en la turbulencia, a medida que el laberinto se vuelve más escabroso, van desapareciendo los posibles actores que nos pueden sacar de allí.

En estas circunstancias, la clave para salir del laberinto son los propios ciudadanos, son la gran vulnerabilidad del Régimen; la sociedad como un todo puede hacer implosionar el laberinto, ya que todo el andamiaje retórico está sustentado en la legitimidad de origen que tiene el presidente Hugo Chávez.

La mejor salida a la crisis es lograr acuerdos negociados que permitan sembrar hoy la paz del mañana, para ello es importante entender y reconocer al otro aunque se tenga posiciones políticas distintas, sustentando la convivencia sobre la base de intereses colectivos comunes que abarque la diversidad, y en base a un ordenamiento político y jurídico que permita a Venezuela salir de ese «estado de naturaleza» donde se encuentra, para que la barbarie y el oscurantismo de paso a la civilización y al iluminismo.

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