Opinión Nacional

Lágrimas ante la injusticia

Yo no sé cuantos venezolanos aplaudieron a la Policía Metropolitana en las marchas y concentraciones durante aquellos tiempos también terribles de odio y violencia. Yo lo hacía en cada esquina porque ellos estaban allí, exponiendo sus vidas, cuidando las nuestras. Aquel abril horroroso en el que todos los principios fueron fracturados y los derechos pisoteados.

Chávez, el cobarde en La Orchila pidiendo millones para negociar su salida, era restituido a un poder enloquecido por su hombre más cercano, el General Baduel. Esa farsa histórica terrible que se pagaría con más sangre y más lágrimas, condenó a aquellos hombres valientes cuando arrebatado de locura y poder después que otra vez retomaba el destino nacional, los sepultó en las manos de su justicia, al sentenciar que habían sido inocentes los asesinos, los suyos, que nunca mataron, sino que apostados y armados, con saña y extrema sed de venganza, mataban, herían, en “defensa propia”.

Todo ha pasado desde entonces. Hoy, 3 de abril, mientras recorre Irán para abrazarse al socio que nos acerca a obscuros riesgos, invitar al tirano condenado por la Corte Internacional de la Haya a visitar Venezuela, y pedir dinero a Japón, una juez, otra de esas mujeres que avergüenzan esta adolorida alma de Venezuela, sin evidencias probatorias legales, en conchupancia con esas otras mujeres de Chávez en las otras instituciones que cuando abren la boca provocan asco, confirma el desatino y los condena a treinta años. A diez y siete, a los que le ordene el Comandante que desde su avión millonario, donde tiene todo y “concibe” todo, Chávez enfurecido amenaza al pueblo opositor que quiere borrar del mapa. Vocifera, cómo se atreven a enfrentarlo si es el Dios, el Bolívar, el Fidel, y también el lujurioso Daniel Ortega, y el “felpudo” Presidente de Honduras? .

Pero otra vez la historia y la salvación de Venezuela, nos obliga a madurar lo queramos o no. A esos hombres otra vez condenados, que no pueden bendecir a sus hijos ni besar a sus mujeres y nietos, no los sacarán de esas cárceles nauseabundas donde apenas pueden moverse sino los propios venezolanos que indetenibles las abran para que se unan a los que, en las calles por limpiar, cantan por la libertad. Más nadie. Y entonces, alertas con los que a nuestro lado corran asustados. Porque el miedo no estará en los hombres decentes ni libres y será fácil reconocer a quienes lastimaron, abusaron y mataron. Eso no prescribe. Venezuela tendrá que pasar por encima de esos otros que, ignorantes o viciosos, aplaudieron la prisión de unos y las muertes de otros.

Sobre el odio de ellos, hay que desterrar el nuestro. Lo que no quiere decir que perdonaremos y mucho menos olvidaremos. Hay cargas que son necesarias para crecer. Aunque sean muy pesadas. Hoy, 3 de abril, Hugo Chávez Frías y los suyos, escriben otra página canalla en su abultado expediente. Algo tiene que pasar. El venezolano decente que no tenga hoy ganas de llorar tiene que preguntarse a sí mismo por qué tiene tan vacía el alma.

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