Opinión Nacional

Las candidaturas

Las candidaturas presidenciales de Hugo Chávez Frías y Manuel Rosales ni me van ni me vienen. Son dos opciones contrapuestas, ciertamente, pero inconvenientes para los desarrollos democráticos, éticos y sociales de Venezuela.

Sin embargo, la carrera hasta el 3 de diciembre próximo, será polarizada y polarizante. Es decir, no habrá para más nadie, lo que amenaza seriamente la permanencia del presidente Chávez en Miraflores. De los “10 millones de votos por el buche” no hablarán más ni los más adulantes o fanáticos del actual Jefe del Estado. Tendrán que recoger los miles y miles de franelas, gorras, afiches y demás elementos propagandísticos con tan ridícula consigna. Ya el mismísimo Chávez se encargó de reventar ese globo de ensayo, que significaba, nada más y nada menos, capturar un 62,5% del electorado total estimado en 16 millones de personas, suponiendo que se produzca cero abstención, lo cual es otro imposible.

Ambas opciones son inconvenientes para Venezuela, pues están imbricadas en la madeja de corrupción, abuso de poder e ineficiencia que se ha hecho crónica en nuestro país, hoy sometido a un gobierno autoritarista y autocrático con clara vocación monopartidista.

Chávez, en estos siete años y medio ha traicionado caros postulados de la corriente histórica que aglutinó esperanzas en el “Polo Patriótico” (1998) para impulsar su primera candidatura presidencial. Él cabalgó sobre el esfuerzo y la inteligencia de miles y miles de hombres y mujeres que durante décadas fuimos sembrando dignidad y sueños de justicia social, desarrollos democráticos, independencia y soberanía. Este fraude histórico que es su gobierno, no tiene justificación. El suyo es un gobierno ineficiente y arbitrario, derrochador y corrupto, marcado por su ánimo autocrático y el jalabolismo de su entorno de adulantes medradores. Además, como lo he escrito con fundamento y convicción, el de Hugo Chávez es un gobierno indefendible e insalvable moralmente.

Hasta hoy, el presidente Chávez ha dirigido un gobierno y -más allá de lo estrictamente político administrativo- un impulso político derrochador y malandro, irrespetuoso, ventajista, sectario y excluyente. Su signo es el abuso de poder, dentro del cual incluyo su herramienta principal: la corrupción, comenzando por el más descarado peculado de uso (utilización de bienes y recursos públicos para afectos parciales de los partidos oficialistas y grupos militantes de la más diversa índole, todos adosados al erario grotescamente) y pasando al tinglado, sistémico, de robo de los dineros públicos mediante mil artimañas evacuadas con una pléyade de testaferros, nuevos y viejos, que sirven el flujo sucio de los recursos del pueblo a los bolsillos de los ricachones chavistas, civiles y militares (activos y retirados).

La corrupción, la ineficiencia y la arbitrariedad son los peores enemigos del gobierno de Chávez. Son su autogol. Un solo ejemplo:
El fracaso en materia de seguridad (delincuencia desbocada) es tal que ya Chávez no puede desligarse de su responsabilidad directa, junto a los siete ministros de Interior y Justicia que ha tenido, desde Luis Miquilena (1999) hasta Jesse Chacón. Los muertos y heridos (en su mayoría jóvenes) golpean el corazón de la patria, desde calles, vecindades y campos, por donde está corriendo miserablemente nuestra sangre. Las cárceles venezolanas continúan siendo una afrenta a la dignidad humana. Ese violentismo incivilizado y agresivo es reflejo, en parte, del discurso irresponsable del propio Jefe del Estado, concatenado con el fracaso político-administrativo de su gobierno. Así podrían ser referidos áreas de fracaso tan evidentes como el de la vivienda, el mantenimiento de la infraestructura vial o la corrupción administrativa. Pero basta con referir la percepción negativa que del gobierno de Chávez tiene más del 70 por ciento de la población, según las más diversas encuestas de opinión pública.

En ese cuadro, el presidente Chávez es perfectamente derrotable en diciembre próximo, si Manuel Rosales resulta capaz de aglutinar democráticamente la mayoría nacional que no acompaña al gobierno ni al proyecto político monopartidista que lidera el presidente-candidato. Hasta ahora, el candidato opositor ha mostrado garra política, pero con un grado de ignorancia grave en materias tan delicadas y serias como la política internacional, la economía, la seguridad interior y la defensa nacional. En verdad, no le veo talla de estadista, porque no la tiene ni la podrá adquirir en tres meses y medio.

Sin embargo, sus asesores o codirigentes del proyecto político opositor que encabeza electoralmente Rosales, podrían esmerarse en la formulación de un programa coherente que a estas alturas del juego no existe y está por verse. Las encuesta de opinión dirán lo suyo en las próximas semanas, pero en el ambiente se percibe una creciente disposición a tener en Rosales una especie de “mal menor” para derrotar a Chávez.

A mí, repito, ni me van ni me vienen. A mediano y largo plazo, el país tendrá que enseriarse y ensayar proyectos alternativos y opciones políticas que permitan reorientar la vida venezolana.

EL CONFESIONARIO
• NADA MÁS ABSURDO que la política imperial estadounidense, esta vez, hacia Cuba. De mal en peor, resalta su apoyo al genocidio cometido por el gobierno israelí en Líbano, una catástrofe humana y material que ningún ser racional puede justificar ni podrá desvanecer o hacer olvidar. Sobre Cuba, USA ha tenido una pretensión anexionista, prácticamente desde el siglo XVIII, cuando ventilaba querellas con el imperio colonial español y sus similares de Inglaterra y Francia. Historia conocida. La “Enmienda Platt” de 1901, fue clara materialización de tales pretensiones sobre la soberanía, el territorio y el gobierno de Cuba. Esa cultura anexionista del imperio estadounidense pasa por Puerto Rico (“Territorio Libre Asociado”) y el largo (y obsceno) historial intervencionista de Washington en América Latina y el Caribe, ciertamente apoyado por agentes neocoloniales desvergonzados. Esa cultura imperialista es lo que priva en el primitivo gobierno del presidente George W. Bush. Y no es otra cosa lo que está reflejando su plan para la “democratización” postfidelista de Cuba, que ha tenido un nuevo capítulo ante las primeras declaraciones del presidente Raúl Castro (Gramma, 19-08-06), en las que dijo desear normales relaciones con Estados Unidos sobre la base del respeto mutuo, la no intervención y la vigencia de la soberanía. Independientemente de los ridículos arrumacos del presidente Hugo Chávez Frías, agarradito de las manos con el convaleciente presidente Fidel Castro, para los venezolanos Cuba es la joya de la corona: no concebimos los desarrollos de América Latina y el Caribe sin la independencia de Cuba y sin el respeto a su soberanía, todavía mancillada con esa espina de Guantánamo, muestra de la soberbia imperialista de Estados Unidos de América. USA tiene quien le mueva la colita en la vasta geografía latinocaribeña, pero también tiene una soberbia resistencia popular ante sus devaneos de dominación neocolonial. Las sabias y firmes advertencias de nuestro libertador Simón Bolívar, en cuanto a la vocación expansionista de USA, fueron lapidarias, están inscritas en los corazones latinocaribeños y acompañan al pueblo cubano. Eso no lo entiende Bush, y menos sus fanáticos asesores. Ni lo entenderán. Como escribí hace varias semanas, corresponde al pueblo de Cuba desarrollar sus formas de gobierno, con el resguardo de la solidaridad latinocaribeña frente a las acechanzas imperialistas. La evolución política en Cuba, los cambios por venir, son indetenibles, pero le pertenecen a los cubanos: ni la dirigencia del Partido Comunista de Cuba está al margen de esa realidad cambiante hacia estadios democráticos transformadores. Y es lógico intuir que la senda no será una “democracia” según las pautas de la “american way of life”. El pueblo cubano tiene derecho a esa búsqueda, merece respeto y tiene nuestra solidaridad.

• EL CHAVISMO TIENE EN GUARICO un caso emblemático por resolver. En ese Estado reina una mafia criminal y corrupta que tarde o temprano tendrá que ser desarticulada. La Asamblea Nacional está en deuda con el pueblo guariqueño y venezolano, pues nada justifica el engavetamiento del llamado “Informe Manuitt”, después de haber sido aprobado en la comisión respetiva. En esa entidad la matanza de personas (delincuentes y no delincuentes) ha sido sostenida y dirigida desde la gobernación, incluso por encima de algunos jefes policiales. Los cálculos electoreros y politiqueros no sirven para nada útil, porque mientras más pasan los días más de profundizan los males. La nueva presidenta de la Asamblea Nacional, Cilia Flores -al igual que su antecesor Nicolás Maduro- tiene la máxima responsabilidad ante el país, de mantener el informe vilmente engavetado o procesarlo y aprobarlo en plenaria. La protección que ha logrado el gobernador Eduardo Manuitt (PPT) no tiene precedente, porque ningún otro mandatario regional ha estado tan estrechamente ligado al abuso de poder y a la violación de derechos humanos. El problema es sumamente serio: “matar malandros” ha sido su política, la cual ha servido también para liquidar enemigos personales y políticos bajo acusaciones de ser “narcotraficantes” o “jefes de bandas” delictivas. Ningún otro gobernador ha defendido y protegido a sus matones de la policía regional, integrantes de verdaderas mafias del crimen conocidas en Venezuela como “grupos de exterminio”, que también han funcionado en Portuguesa, Falcón, Anzoátegui, Aragua, Carabobo y otras entidades federales, lamentablemente. ¿Van a correr la arruga, otra vez, para después de las elecciones? Cilia Flores, Desiree Santos y Roberto Hernández, diputados-presidentes de la AN, tienen la palabra (y la responsabilidad histórica, personal y política).

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