Opinión Nacional

Las dos izquierdas y el falso dilema electoral

“El gobierno arbitrario tiene su base, no en la fuerza del
Estado o del Jefe, sino en la debilidad moral
de los individuos que se someten casi sin
resistencia al poder dominante”.
Friedrich Ratzel

Hierve el mundillo político de rumores candidaturales. Mientras en el microcosmos de villorrios, poblados, pueblos y barriadas del país los rumores se asientan en postulaciones a concejalías – de algo ha de alimentarse la menuda fauna política que sirve de humus a los partidos políticos – el macrocosmos de las ambiciones apunta a lo alto de lo que por el momento no luce más que como un deslumbrante y engañoso palo ensebado: las presidenciales de diciembre del 2006. Sirviendo de pivote a ambiciones intermedias, la elite del viejo establecimiento – incluido naturalmente el MVR, que se mueve en el viejo universo politiquero como pez en el agua y sirve a un proyecto histórico alternativo – se cuelga de las parlamentarias previstas inicialmente para diciembre próximo. Es clave de la pieza maestra de la nueva teoría revolucionaria: conquistadas por el chavismo las dos terceras partes de la Asamblea, Jorge Rodríguez y este CNE mediante, se acabó de iure la democracia que agoniza de facto. Viva la república socialista y bolivariana. Las elecciones pueden pasar a mejor vida. Lo demás es paja.

Sin embargo, aferrados al mondo y lirondo hueso electoral, una auténtica jauría de viejos y nuevos prospectos a funcionarios edilicios busca acomodo, empuja, se alinea e, incluso, saca sus cabillas. Otros sueñan con el Hemiciclo, adonde no llegarán jamás, a no ser de comparsas del Congreso del Pueblo. Y los mayores deliran con Miraflores, confundiendo los deseos con la realidad. Olvidan aquella vieja conseja de las matronas llaneras, según la cual deseos no empreñan. Apuntar al 2006 no significa inscribir esa fecha en las efemérides democráticas de la Venezuela bolivariana ni imponer por mayestática decisión del aspirante la estabilización institucional del país, condición necesaria para que se llegue siquiera a dicha fecha, a no ser mediante el sometimiento al arbitrio de la desquiciada voluntad revolucionaria del caudillo. Pero entonces dichas elecciones no tienen sentido. Para lo único que sirve apuntar desde ahora mismo a diciembre del 2006 es para congelar cualquier voluntad combativa en la ingenua creencia de que la pelea se dimitirá sólo entonces, y no ahora mismo.

De modo que no fue un error del discurso de Julio Borges proponer cancelar el combate contra el régimen: era una necesidad intrínseca al proyecto mismo. Comprado mediante la oferta de una tregua. Olvida que sólo una tregua reconocida por parte y parte, incluida la nominación de un nuevo CNE y una absoluta reingeniería de sus manipulados registros podría legitimar el adelanto de candidaturas. Pero sólo los candidatos hablan de tregua. Mientras el candidato o los candidatos apuestan por dejar las luchas descansar en paz para “patear cerros en busca de votos imaginarios”, el gobierno sigue imponiendo reformas a la ley del Banco Central, a la ley de educación, al código penal, le echa mano a la Guardia Nacional, lleva adelante su milicia revolucionaria, etc.,etc., etc.

Las presidenciales del 2006 se convierten de este modo en la zanahoria puesta por el régimen frente a las narices de una oposición narcotizada. Como lo fuera, en su momento, el Referéndum Revocatorio. Recuerdo haber escrito entonces un artículo que titulé – parafraseando la engañosa propuesta de los abasteros de mi barrio – Hoy no se fía, mañana sí. Estamos viviendo exactamente el mismo engaño de nuestro abastero miraflorino: el gobierno ni fió el 15 de agosto, ni el 31 de octubre. Ni fiará el 7 de agosto ni nunca jamás. Los procesos electorales en Venezuela, administrados por esa cueva de los cuarenta ladrones en que se ha convertido el CNE – incluso con complicidad de funcionarios de proveniencia acciondemocratista – serán el maravilloso artilugio para consumar la alienación opositora vendiéndole la utopía democrática a cambio de la realidad dictatorial del caudillo. Que no píen a destiempo.

Pero el efecto corrosivo y perverso de abrir la cajita de Pandora de las ambiciones medioplacistas ya está surtiendo efecto. Una segunda candidatura parece asomarse en el horizonte: la de Teodoro Petkoff. Viene precedida de la vieja experiencia de una izquierda que pretende transitar de la hoz y el martillo hacia una espinuda rosa roja. Es la imagen en portada de un libro que ve la luz por estos días con evidentes intenciones promocionales, llamado Las dos izquierdas. Guiño coqueto hacia un gobierno al que se le reconoce parentesco, aunque desgraciado por una deformidad congénita, y pretensión de originalidad en un mundo tan izquierdista, que cabría preguntarse si se agota en tan solo dos vertientes: la del teodorismo y la del chavismo. Venezuela, a decir verdad, no tiene dos izquierdas. Si consideramos en términos de estricto rigor ideológico la fauna que nos ha gobernado desde 1958 y ha determinado nuestra cultura política desde la muerte de Gómez en 1935, existen por lo menos otras dos: las de AD y COPEI. Las de AD por razones de obvia genética originaria: Rómulo es el gran leninista de la modernidad venezolana, Manuel Caballero dixit. Y si alguien se espanta de poner a COPEI en el mismo redil, no hay que olvidar que el potencial candidato de la buena izquierda fue ministro estrella de Rafael Caldera, mientras que su eventual jefe de campaña, Pompeyo Márquez, sirvió también en la mesa del rey Arturo. Sin considerar las políticas implementadas por los tres gobiernos copeyanos – tan estatólatras, populistas y demagógicos como los de su medio hermana AD.

Así pues, ni son dos las izquierdas venezolanas ni mucho menos el dilema al que nos enfrentamos en Venezuela es una alternativa entre dos izquierdas, una buena y otra mala. A juzgar por los resultados de esa izquierda buena en su larga vida pasada – que no nació ayer ni puede eximirse de responsabilidad en esta espantosa pesadilla, a la que sirvió de caballo de Troya – no tiene de buena más que las intenciones. Borges, por lo menos, no ha gobernado jamás. Pompeyo y Teodoro han combatido a la vieja izquierda de la rosa roja junto a las tropas cubanas – hoy enquistadas en nuestro gobierno y sus fuerzas armadas -, han sesionado interminablemente en el viejo parlamento, el segundo ha sido candidato presidencial y ambos han sido miembros de un gabinete que extendió la alfombra roja que condujese al caudillo hasta el palacio de Miraflores. No es nonata ni muy adolescente. Así ni Pompeyo ni Teodoro sean culpables de la estulticia de Guillermo García Ponce, viejo compañero de ruta y hoy borbónico ideólogo del régimen. Esta izquierda, que se nos pretende nueva, lleva gobernando al país desde por lo menos febrero de 1994, así los actuales gobernantes descalifiquen al interregno calderista de impostura kerenskyana.

Nace esta candidatura con un diagnóstico digno de mejor causa: a un régimen de la vieja izquierda castrista sólo se le puede enfrentar con otra izquierda “democrática”. Aplica así el teodorismo la vieja fórmula medicinal de la homeopatía. Al mal se le combate con el mismo mal. Aunque en dosis controladas. Corresponde a un diagnóstico atribuido al editor de TalCual ya hecho popular sotto voce en los pasillos de la política nacional: Chávez está muy bien, pero lo hace muy mal. Sabiduría de izquierdas que sirve de pendant a la genial estupidez del embajador John Maisto, según la cual no hay que juzgar al caudillo por lo que dice, sino por lo que hace.

Pero hay otra razón aparentemente de peso para sustentar esta hipótesis de las dos izquierdas: Castro y Chávez, de un lado; Lagos y Zapatero, del otro. Que Lula es un enigma de otro costal y a juzgar por Dirceu y Marco Aurelio García aún no sabe de qué pié cojea. Olvida esta pretensión un hecho abisal: ni Lagos, ni Zapatero gobiernan países socialistas o de izquierda. Ni salieron España, Chile o Brasil de sus respectivas dictaduras militares gracias a la acción de las izquierdas. Salieron por sus derechas. El Rey y Jaime Suárez en España; Patricio Aylwin y Eduardo Frei en Chile; José Sarney, Collor de Melo y Fernando Henrique Cardoso, en Brasil. Las izquierdas apoyaron, no lideraron dichos procesos. Y cuando fueron recompensadas con un legítimo acceso al Poder ya habían tirado a la basura el Manifiesto Comunista: Felipe González y Ricardo Lagos. Para no hablar de Fernando Henrique Cardoso, un socialdemócrata de tomo y lomo. ¿La ha tirado Lula, la han tirado nuestros samaritanos de la izquierda venezolana?

Pero independientemente de Julio Borges y de Teodoro Petkoff, o de quien aliente ambiciones presidencialistas a estas alturas del partido llámese como se llame, lo cierto es que todos ellos contribuyen nollens vollens a anestesiarnos, desviando nuestra atención de una verdad incontrovertible: el problema de Venezuela, aquí y ahora, no es electoral. Es existencial. No se trata de un dilema entre éste o aquel gobierno, éste o aquel partido, éste o aquel candidato, ésta o aquella generación: se trata de un dilema entre la democracia o la dictadura, el capitalismo o el comunismo, el progreso o la regresión, la libertad o el sometimiento, la globalización o el aislamiento. La paz o la guerra.

Resulta cuando menos extemporáneo, por no decir insensato e irracional, proclamarse elecciones eventuales que tendrían lugar en diciembre del 2006 sin haber previamente aclarado quién y cómo jugará de árbitro en tan lejana y distante contienda. ¿Se librará bajo el predominio y la incuestionada hegemonía de este CNE, ilegítimo por su actual constitución y violatorio de todos los reglamentos y leyes electorales? ¿Tendrá lugar bajo la presidencia de Jorge Rodríguez? ¿Con este Registro Electoral viciado de fallas monumentales, bajo este ordenamiento territorial de circunscripciones modificadas al antojo de la voluntad anticonstitucional de la actual directiva? ¿Con maquinitas caza huellas y cuadernos electrónicos? ¿Sin legítima y capacitada observación internacional? ¿Sin conteo manual y exhaustivo de la totalidad de los votos?

Esos problemas no se plantearán en diciembre del 2006. Tienen ya largos dos años. Sirvieron el marco para los monumentales fraudes de octubre y agosto pasado. Permitieron el entronizamiento de quien se sirvió descaradamente de la manipulación comicial y es, por ello, un presidente objetivamente ilegítimo. Servirán de marco para los de agosto y diciembre de este año en iguales términos. Y sólo Súmate y nadie más que María Corina Machado y su equipo están poniendo el dedo en la llaga de nuestro existencial problema político: el tumor canceroso del CNE y la apropiación indebida de los mecanismos electorales como instrumento de imposición fraudulento de un régimen dictatorial y autocrático. Toda otra política es subalterna y mendaz.

Conmueve que jóvenes e inexpertos políticos, ahítos de buenas intenciones, pisen el palito electoral puesto en su camino con eximia delicadeza por los operadores del régimen, a la cabeza de los cuales viejos e hipócritas alcahuetes del establecimiento. Pero asombra que políticos curtidos en viejas y míticas epopeyas libertarias se presten tan de buen grado a esta perversa manipulación electorera. ¿Será que entre esta nueva y esta vieja izquierda, entre la de la hoz y la urna que nos (des)gobierna y la de la rosa que pretende libertarnos no hay tanta diferencia como se pretende?

Pero ese es un problema ideológico de fondo, que no puede ser dilucidado en este corto espacio. Debe ser tratado en el contexto de esta verdadera debacle nacional y comenzar por un balance de responsabilidades en el diseño de país al que hemos venido a dar. Y del proyecto de nación que la historia exige de nosotros. ¿Espera el futuro por alguna izquierda venezolana? Será el tema de nuestra próxima entrega.

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