Opinión Nacional

Las elecciones son como la lluvia

Nada encaja más en la amplia esfera del azar que el clima. Especialmente en estos días, en esta época plena de desequilibrios ambientales, de contaminación industrial creciente, calentamiento y re-calentamiento global (verdadero chamuscamiento si cabe el término), ante los cuales las miles de páginas firmadas por países sobre políticas ecológicas y medio ambientales son sólo desechos de la indolencia, o evidencias del cinismo y la insensatez.

Alejados de los previsibles vaivenes geográficos de las condiciones extremas propias de las cuatro estaciones, apenas una lluvia medianamente fuerte o prolongada deja al descubierto nuestra precariedad.

La lluvia puede tener múltiples efectos, y revelar sorpresas nada agradables. La corrupción es una de ellas. No cabe otro calificativo, al avistar en esa calle o avenida recién asfaltada o remodelada, según la descomunal valla que lo anuncia, huecos cráteres y otros orificios en el pavimento, que evidencian no sólo la calidad de los materiales empleados, la conducta delincuencial del contratista, sino la balurda supervisión y nula eficiencia y ética del funcionario de turno.

Quizá en Suiza, en alguna calle de Sydney o en cualquier rincón de Francia, la lluvia no es más que un estado de ánimo del cielo, acaso un accidente climatológico, que en nada afecta la cotidianidad de propios y extraños. Aquí no sucede igual. Un aguacero desencadena el caos, desperdiga el desorden, y activa cierta flojera, tal vez un olor a desgano gélido. Todo se inunda. La agenda puede postergarse. Es, sencillamente, la excusa perfecta. Las gotas revelan así, la indolencia de un desagüe tapado o inexistente, la fragilidad de ese techo mal puesto, o de esa base mal edificada, la disposición a continuar la actividad o diligencia, cualquiera que ella sea, o la absoluta convicción de la inacción, de quedarse enchinchorrado, cobija encima, esperando a que escampe. Ahora. Más tarde. En algún momento, no hay apuro.

La lluvia no es sólo un asunto de temperatura, evaporaciones y condensaciones. Hay otras cosas que llueven. En algunos países vecinos y en -otros no tanto, la lluvia tiene sabor a petróleo venezolano, a divisas revolucionarias, a casas, calles asfaltadas o a escuelas. En esos casos, obviamente, cualquier boliviano, ecuatoriano, nicaragüense o zimbabwense puede decir: “Si así llueve, que no escampe”.

En ocasiones llueven maletines y computadoras portátiles. El drenaje del silencio diplomático, o los intereses en juego, impiden, sin embargo, inundaciones políticas de gravedad.

Cuando del gobierno se trata, es probable que muchos venezolanos estén acostumbrados ya a las alteraciones climatológicas, y a las fluctuaciones que la histeria con etiqueta socialista genera en el firmamento nacional. Últimamente, han llovido patadas, gritos e insultos en una sucesión de declaraciones y respuestas, aclaratorias y comunicados, que cuales cartas de un amor incomprendido, intercambian el gran líder y algunos aliados que creen que son aliados todavía, pero no lo son… pero si… aunque tal vez…si, resteados y todo están, pero no como se dice, ¿o no? y así…por el estilo. Clarito pues. A veces la democracia es como un chubasco, como una garúa fastidiosa posada sobre una mente con neuronas militarmente amaestradas para asumirse como absolutas, y nunca para dialogar, ni conversar, ni mucho menos respetar ni entender todo aquello que sea distinto, variado, o plural.

De lado y lado, la unidad aparece como leit motiv de ambas aceras del espectro político, mientras lo ideológico carece ya de algún sentido por la escasez de ideas o debates programáticos propias de la voracidad práctico-electoral, y la gran avenida que las separa, parece ensancharse cada día, alimentándose de la apatía, la ignorancia, la comodidad o, sencillamente por la obstinación con una y otra.

Como un cemento que se disuelve, un barniz que se cae, una pintura que se chorrea, o un techo que gotea, el agua de la lluvia revela en ocasiones el verdadero rostro de las intenciones, de compromisos, comodidades o lealtades.

Miles de encuestas, cifras, sondeos, anuncios, retiros, reuniones, proyecciones, egos, envidia, ambición, egoísmo, promesas caen del cielo, como gotas que empapan el día y la noche. Es probable que el liderazgo no sea ya un asunto de preparación, capacidad, ética, sacrificio o responsabilidad, sino de publicidad, o centimetraje mediático o discursivo. El optimismo de algunos en relación a la posibilidad de ejercitar la alternabilidad en Noviembre, y de que gobernaciones y alcaldías en poder de partidarios de Chávez, pasen a manos de la oposición, parece hacerles olvidar el ventajismo y los desequilibrios propios de un sistema electoral influenciado y presionado por todo el arsenal financiero, coactivo, legal e institucional del gobierno, cuyo apetito autocrático y centralizar es insaciable.

Los candidatos a alcaldías y gobernaciones de signo distinto al gobierno que logren la victoria en Noviembre, no tendrán mucho tiempo para celebrar, cuando asuman sus cargos en un escenario legal, fiscal, normativo, presupuestario e institucional nacional caracterizado, en los últimos años, por una fuerte re-centralización del poder del Estado, y por el funcionamiento de una burocracia oficial que depende, cada día más, de la voluntad, o humor de una sola persona.

Quizá por eso, no se, se me ocurre, las elecciones se parecen a la lluvia. Una euforia del firmamento. Una fiesta húmeda de promesas y soluciones fáciles, y miradas cortas a problemas largos y sostenidos. Un desfile de gotas que van y vienen, cambiando compromisos éticos por conveniencias. Sigue lloviendo, y más allá de Noviembre, falta todavía mucho agua por caer. Y Ud…¿Ya sacó su paraguas?.

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