Opinión Nacional

Las ideas del Señor Huntington

En su edición de abril de 2004 la revista Letras Libres ofrece un ensayo del académico norteamericano Samuel P. Huntington (El desafío hispano). En él, su autor afirma que los Estados Unidos son objeto de una creciente amenaza: la inmigración proveniente de México, cada vez más numerosa, lo cual pudiera dar al traste con la cultura “angloparlante y blanca” que manifiesta esa nación.

Ya con anterioridad Huntington escribió un libro tan conocido como polémico, en el que se ocupa de vislumbrar el posible choque de civilizaciones entre la cultura islámica y Occidente. En ambos escritos se evidencia el síndrome de lo que durante siglos ha servido como excusa para excluir, infravalorar y en demasiadas ocasiones someter al otro: la creencia de que ciertas identidades (en general la propia, la que nos define como grupo social, pueblo o nación) se verían trastocadas, por no decir destruidas, si experimentan mayores contactos con otra diferente. De aquí al chauvinismo, a nacionalismos mal concebidos y por tal razón en extremo peligrosos, hay pocos pasos.

Sostiene el profesor Huntington en El desafío hispano que “la continuidad de los elevados niveles de inmigración mexicana e hispana en general, unida a las bajas tasas de asimilación de dichos inmigrantes a la sociedad y la cultura americanas, podrían acabar por transformar a Estados Unidos en un país de dos lenguas, dos culturas y dos pueblos”. Es decir, Huntington rechaza la inmigración mexicana porque, según él, en primer lugar es muy alta, y en segundo, poco dada a la asimilación, asunto que traería en consecuencia la ruptura de la unidad cultural estadounidense. Nada, a mi juicio, más reñido con la realidad.

Es sabido que toda comunidad de inmigrantes, lejos de echarse voluntariamente a un ghetto, poco a poco tiende al abrazo con el grupo que la recibe. Al cabo de unas generaciones la amalgama cultural, producto del encuentro, termina siendo enriquecedora desde cualquier punto de vista. Quienes llegan, quienes hacen su vida en un país que los acoge y les brinda su seno revitalizándoles el sentido de la existencia y desplegando para ellos el abanico de nuevas posibilidades, por lo general no sólo se adaptan asimilándose a la cultura receptora, sino que la engrandecen con experiencias, costumbres, horizontes, valores y perspectivas que antes no tenía.

Precisamente esto ha ocurrido en la América de habla hispana durante la posguerra. De ello dan fe los miles de europeos venidos a estas tierras y sembrados aquí desde aquellos días de incertidumbre. Ha ocurrido también entre Occidente y el Islam. ¿Quién podría hablar de pureza racial o cultural a estas alturas?. En castellano existen más de tres mil palabras heredadas del árabe. Después de la caída de Roma, por más de tres centurias Europa permaneció sin producir libros, y por si fuera poco, desestimulada en la búsqueda de conocimiento. Sin embrago, mientras tal sequía intelectual se daba, durante el siglo IX, en la Córdoba del esplendor hispanomusulmán, los eruditos árabes rastreaban y desenterraban a Aristóteles, así como al pensamiento romano, dándose la mano luego, en semejante tarea, con alguien de la talla de Alfonso X El Sabio. El Islam y Occidente se abrazaban, y ese abrazo tiene ecos que llegan al siglo XXI.

Asimismo, en la riberas del Tajo, Toledo guardaba en sus entrañas medievales al cristianismo, judaísmo e islamismo. En ese conglomerado humano, ejemplo de coexistencia pacífica y de encuentro entre culturas al que el profesor Huntington le teme, el afán de saber y la mano árabe rindieron frutos, pues nació un movimiento intelectual rico y extraño, dispuesto a la recopilación y sistematización de saberes, su comparación, su estudio y traducción (los originales existían en griego y latín), cuyo nombre conocemos como Escuela de Traductores de Toledo. Así, esta ciudad aleccionaba al mundo en cuanto a que sin importar credos, lenguas o geografías, el conocimiento nos pertenece a todos y las culturas pueden respirar juntas, oxigenándose, sin matarse.

Salvaguardar la sabiduría milenaria de los clásicos, alimentada además por el pensamiento árabe y judío, fue el legado de la Escuela de Traductores a la humanidad. Los mexicanos (los hispanos, para decir más) y Estados Unidos, el Islam y Occidente, bien pueden vivir y enriquecerse mutuamente si nos empeñamos en espantar miedos irracionales, nacionalismos exacerbados e ideas que entroncan con una imaginaria pureza cultural, insostenible ante un mínimo análisis histórico, que por cierto Huntington pasó por alto.

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