Opinión Nacional

Las inexistentes tendencias del gobierno

¿Ha tomado alguien nota de la existencia de una corriente alterna, de un liderazgo alternativo, de un foro de debates autónomo, de algún proceso de cuestionamiento legitimado, dentro del PSUV o del alto gobierno? No se trata de cualquier cosa. Independientemente de los contenidos programáticos, es éste un dato muy descriptivo del modelo de sociedad que se le quiere vender, cuando no imponer, a la nación. Hugo Chávez ha logrado ir domeñando voluntades y engatusando espíritus para darle forma a un movimiento político que constituye la tentativa más acabada y peligrosa regresión histórica en este país en los últimos 60 años.

Los movimientos políticos robustos, con influencia decisiva en la memoria de los hombres, intelectualmente compactos, han estado integrados por liderazgos colectivos, en los cuales, con frecuencia, hay un líder que sobresale entre sus pares. No hay «comandantes»: se trata de estamento de conductores políticos, capaces de aprobar y discutir programas; de encontrar puntos para acordar en medio de las diferencias; de estructurar instituciones con valores capaces de resistir los embates de los delirios divinos y los arranques personales.

Eso y no otra cosa fue, por ejemplo, Vladimir Lenin en el PCUS: el periodo más difícil, pero más fértil, de la extinta Unión Soviética, estuvo conducido en sus años iniciales por un cabal estratega en una dirección política en la que estaba acompañado por un notable operador militar con excelente pluma y extraordinaria formación política (León Trotsky); por un hombre de aparato perfecto para la maniobra y la vida clandestina (Josef Stalin) y por dirigentes que, por cuenta propia, eran merecedores de la credibilidad y el respeto de mucha gente, como Grygory Zinoviev y Lev Kamenev.

Estamos hablando de sujetos que protagonizaban apasionados debates internos y que no pedían permiso para tener opiniones discrepantes. Encarnaban, en sí mismos, un importante anticuerpo en contra de las derivas autoritarias expresadas en personalismos.

La existencia de elencos dirigentes, con cabeza propia y capacidad para el disenso, y no de padrotes, como síntoma de madurez ideológica, puede ser encontrada en una infinidad de casos históricos que se replican. Le sucedió a la revolución francesa, el episodio seminal de la movilización de las masas (Robespierrre, Danton, Marat); a la revolución cubana de sus primeros años (Guevara, Cienfuegos y Raúl Castro); al sandinismo (Ortega, Borge, Ramírez, Arce, Cardenal); a las formaciones eurocomunistas y a los padres de la revolución mexicana.

Le sucedió también a Acción Democrática: tenía Rómulo Betancourt unos compañeros de causa que fueron, al mismo tiempo, contrincantes políticos en buena lid. Personajes con peso específico y montura propia, como Leonardo Ruíz Pineda, Luis Beltrán Prieto, e, incluso, Gonzalo Barrios y Raúl Leoni.

La primaveral frescura democrática de algunos de estos procesos se marchita cuando la burocracia hace rígida la fluidez del debate y comienzan las purgas. La pasión de los años juveniles va cediendo a la impaciencia ante la opinión ajena.

Cuando las inquebrantables amistades de la clandestinidad en las luchas antidictatoriales ceden con las miserias del ejercicio del poder.

Las revoluciones, entonces, envejecen.

Las ideas se endurecen. Mutan en una forma de religión. Pasan a ser, lisa y llanamente, dictaduras. Se extinguen los elencos amantes del debate, nacen los villanos y «traidores» y toman forma los «máximos líderes». El «padrecito» Stalin de los años 40; el Fidel Castro del Primer Congreso; Tito, el Presidente Vitalicio de la Yugoslavia multiétnica; el Gran Líder, Presidente y Camarada Kim Il Sung; El Conducator, Nicolae Ceacescu. Y en sus versiones cómicas, este Daniel Ortega mustio y burocrático, cuya vida familiar es todo un entredicho, enemistado hasta lo indecible con algunos de sus viejos camaradas, a los cuales persigue judicialmente con deleite.

La autodenominada revolución bolivariana ha nacido vieja. Cuando a algún dirigente del oficialismo se le pregunta de dónde sale tanta carantoña y tanta obediencia, cuál es el motivo del exceso de reverencias; por qué ha sido proscrito de esa forma el debate público, el argumento en la mano es único: el chavismo tiene un líder, un máximo líder que sabe lo que hace y es necesario seguir a todo evento. Detrás de esta circunstancia está escrita la marcha de PPT.

Es un pecado original que el resto del país no tiene porqué hacer suyo. Una cosa es tener un líder y otra tener un amo

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