Opinión Nacional

Las manos que imploran

Para adorar a Dios, para buscar de él su consuelo, el alivio, un milagro, se suele y, alguna vez, sin interés alguno, solo la confesión de amarlo, juntar las manos y se disponen como si fuesen señales para alcanzar los cielos o símbolos para expresar la humildad de quien ora, el deseo de que su corazón sea oído y volar pueda hasta lograr que los ojos de Dios se detengan en él. No se cuando ni cómo empezó este modo de comportarse ni menos me he detenido nunca a hurgar en tan delicada forma, pero de la cual la plástica da testimonios buenos y bellos desde hace largo, muy largo y esparcido el tiempo en lugares diversos y hay en ellas como toques de superior conducta del asceta o del místico o expresiones de la humildad mas transparente. Da la impresión de que en esas posturas no hay poses hipócritas ni temerosas ante Dios, son actitudes como si quisieran conjugar el amor y la fe, la esperanza y la convicción de ser oídos, escuchados, atendidos, será mejor decir. Fortalece a quien de este modo procura sus encuentros con Dios.

Por las calles de este país, en todas ellas, nos encontramos con gente, mucha gente, que estira sus manos desde sus historias miserables, sus ojos escondidos en cuencas sin vidas colmadas de miedos y tristezas, esperando del transeúnte un mendrugo de bondad. Muchas otras veces hay odios y frustraciones que acusan a inocentes de sus males, manos sin brazos que se estiran guiados por ojos muertos. Ya no visitan las iglesias, ni se acercan a conventos. No hay a qué ni por qué. Las puertas de las iglesias suelen estar cerradas y los conventos solos, sólo se abren a otros con sus avíos llenos de posibilidades. Se abren a quien trae las alforjas repletas no a quien busca. Y hay muchos otros mas desamparados que entregados están a lo que pase, si la muerte se acerca se sonríen, es su mayor momento de felicidad en su vida sin tiempo sin espacio sin un sueño. Mientras, por la acera de enfrente un enjambre de dólares danza sin detenerse celebrando los éxitos de su lascivia, alimentando su avaricia, convertidos en virtudes sus delitos. Pocos son, que son muy pocos, con su sed de gula que no cesa ni sacia. Viven del poder, viven por el poder y el placer sin frenos de lo inmediato y, en grandes cuentas en el exterior, preservan el futuro concupiscente de los suyos. Estos a nadie ven, de nadie esperan ni interesa Dios, sólo el dinero a manos repletas para su absoluta realización, su única consciencia, reconocer que el dinero si no lo puede todo, sí casi todo. Serán según las magnitudes de sus cuentas magnates honorables. Eso serán y tendrán bares en sus yates para orgías sin ficciones, pantagruélicas cenas de borrachos sin poemas ni evocaciones bellas.

Desde hace tiempo sigo con atención a quienes van a los mitines. Suelo estar entre ellos según mis circunstancias. No se si a mí me pasa o pesa sobre mí el mal que aqueja a todos, la necesidad de acercarse al líder, quien mientras mejor es mas se parece a un salvador, con algo de Mesías y algo de mago. O tal vez no sea así exactamente sino un ser que es así porque así vive en la cabeza, en el alma, en el corazón de quien a él se acerca tras la cura. Total, la fe mueve montañas y hace sus propios héroes, o, quien sabe si es cierto que las cosas existen porque desde siempre preexistieron primero en la idea eterna. A alguno de esos actos voy, una veces para esconderme de mi mismo me vestido de analista, como así bautizan a quien suelta sus libres impresiones envueltas en juego de palabras para probar su sabiduría, su sapiencia y descubrir en el otro los errores y sus incompletitudes. Como en las peleas de boxeo o en los diversos juegos, los narradores suelen saber más de eso que quienes dan su vida en el campo de guerra, tal es la verdad de los deportes de estas eras. Claro, nunca jugaron, jamás agarraron una bola y si lo hicieron jamás llegó a ellos el éxito. Otros, mas hábiles, astutos, calculadores, van a esos actos pare ser vistos. Si el líder los ve, los premiará algún día. Los pondrá, si es posible, donde hay. Lo demás lo hace cada quien, tal la sabia sentencias, “no pido a dios que me dé, sino me ponga donde haya”. Pero, las mas veces, si voy, voy a ver y no se si a ser visto. Cuando regreso a casa con mis manos vacías no se si perdí el viaje o diferí el éxito para mas luego, hasta la vez próxima, que siempre es el reinicio del juego.

Hay, sin embargo, un conjunto de gente, que estira sus manos cargadas de anhelos. Suelen tener los rostros colmados de esperanzas que en ese instante ocultan o bien simulan su tragedia. La cura está allí al alcance de las manos que reciban sus quejas, sus propuestas. Su alegría empieza allí al recibir la sonrisa, la mano suave del líder y la recepción de su cartica. ¿Qué dirán esas cartas? No lo se mas sí lo se. Como a Dios se le pide el milagro. La medicina, hoy, lujo inaccesible para el pobre enfermo, trauma que pesa y mata. La casita, imploran otros, mucho mas para ocultar sus penas que para el mejor vivir, que nunca bien se puede, pues su única propiedad es la miseria. La beca, como encantamiento, para el muchacho que busca en la escuela la superación de su destino. La ayuda que permita alcanzar el pan diario distribuido a trocitos y el hambre alcance un paliativo para seguir soñando en un mañana bueno. No faltará, me dicen, quien reclama justicia, esa que en los tribunales no va ni de visita y entonces, el líder, puede tener el don de la persuasión o el poder suficiente para restablecer las leyes elementales del honor, del deber y demás obligaciones que genera ser padre o madre, según son las tormentas. Mis ojos han visto a quienes lágrimas en manos y miradas de tristeza grávidas, claman por conseguir la forma de ser intervenidos en operaciones de diversos precios, siempre más allá de lo posible. Los he visto. Y vi una vez, solo una, a lo que quedaba de un ser con SIDA. Fue para que lo vieran y decidieran lo que a bien o mal tuvieran. Si lo vieran sin asco y contemplar pudieran su soledad vacía de esperanza podría ser suficiente.

En eso ando en los mitines viendo pero también pidiendo. Viendo para ser visto, a fin de cuentas como sentencia sabia de poeta, ojos que tú ves no son ojos porque tú los ves son ojos porque te miran. Suelo llevar una carpeta con documentos dentro. No va en ella mis listado de penas, sino, unas veces ofertas y otras, las menos, peticiones. Las ofertas son reflexiones y propuestas para el bien obrar y el mejor hacer. Fundamentadas van. No he pretendido que el líder las asuma y me conceda ese milagro de escucharme y menos de atenderme. Mi intención es muy menos. Es dejar para los míos grabados en el tiempo la palabra, la sugerencia para alimentar la posibilidad de la acción recta. Son noches de trasnochos en consultas sabias, las más. Las que provienen de los libros y las que encuentro en los maestros que con tanta bondad me dan su voz. Otras, de Perogrullo son. Pero siempre, en cada caso y todos, tras la civilidad, tras el consenso. La cohabitación para resolver los problemas que sobre todos pesan. La tolerancia para hallar la verdad en el combate de las ideas sueltas, libres como los sueños de las vírgenes.

Pero como dije, voy también pidiendo. Si dan cuanto yo pido nada dejo en mi bolsa ni talego. Pido para invertir en cuanto se que es bueno y bello es. Queda eso sí la alegría que de alimento sirve por la labor hecha echada a andar para que a otros llegue. Y, entonces, pido para contribuir con mi modestia para que el arte sea huésped de las almas. Para que el ser se sienta y se haga hombre en el encuentro de sí mismo a través del arte en el arte. Sin detenerme a averiguar están los hechos: el hombre supera la violencia cuando el arte se convierte en existencia de su propia esencia. Cuando el arte da forma a la vivienda y la vida alcance el placer de su disfrute, sin importar la intensidad de la modestia o de la barroca opulencia. Grados son donde puede sentirse y vivir la belleza. Pido sin el cansancio, con la intensidad de los primeros pasos en los encuentros dionisíacos, para que en la ciudad vivan los parques y entonces la libertad pueda jugar en ella. Pido para que las aguas no se ahoguen en los pantanales cubiertos de excretas. Pido del líder que su palabra bella y buena sea y, verá, cómo fue que Dios hizo al mundo. Cada acto suyo vio que era bueno por bello y solo la belleza es eterna.

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