Opinión Nacional

Las ONG como guarimba política

Es justo que ciertas ONG de derechos humanos defiendan únicamente los derechos de los humanos opositores? ¿No deberían defender también los derechos de los humanos que están a favor del gobierno, si por alguna razón son vulnerados?

Los directivos de esas ONG se toman tan en serio lo de ser «no gubernamentales» que prefieren no amparar a los Ciudadanos Sí Gubernamentales. Temen que si lo hacen perderían su esencia. A fin de cuentas terminan siendo organizaciones antigubernamentales, vulgo: opositoras.

En medio del clima político enrarecido, las ONG evidencian el adverbio que deberían llevar como apellido: son rabiosamente, militantemente, obcecadamente no gubernamentales. Y lo peor, llegan a ser organizaciones exclusivamente no gubernamentales. No les vendría mal poner un cartel en la puerta: Chavistas abstenerse.

Es toda una innovación, aunque dudo mucho que se trate de un avance. Si las violaciones a los derechos humanos las sufre un grupo «oficialista», como suelen llamarles, las ONG se hacen de la vista gorda, se ponen burocráticas, alegan impedimentos de tipo técnico. Últimamente incluso van más lejos y sus voceros investigan al revés, es decir, para tratar de demostrar que no les violaron derecho alguno. No me defiendas, compadre.

La reciente actuación de Marino Alvarado -veterano luchador por los derechos humanos cuyos méritos previos nadie puede negar- lució condicionada por el prejuicio de que las ONG solo deben actuar ante desmanes cometidos por los gobiernos. No sabemos si consciente de ello o no -eso solo lo sabe él-, Pérez terció en el debate político en favor de la oposición, al trabajar para que una serie de casos denunciados por familiares y vecinos de las víctimas como asesinatos por intolerancia política y social sean desestimados, relativizados, confundidos con asuntos de hampa común. ¿Esa habría sido su conducta si las personas muertas por brotes de violencia política el 15 de abril hubiesen sido militantes de la oposición? Caemos en el tema de los supuestos -como aquel asunto de las ruedas de mi abuelita, si fuera bicicleta- pero yo apuesto a que no.

La conducta de las organizaciones rabiosa, militante, obcecada y exclusivamente no gubernamentales tiene un aspecto deplorable más. Sus directivos las usan como guarimba. No necesariamente -aunque a veces sí- en el sentido insurreccional del término (ese que inventó «Conchito» Alonso), pero sí en el sentido de que salen del clóset político, toman partido a favor de una de las banderías y luego, cuando les responden políticamente, corren a refugiarse bajo el manto sagrado del oenegismo y denuncian que son activistas de derechos humanos perseguidos por un rrrégimen. Así cualquiera.

 

 

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