Opinión Nacional

Las parábolas del alacrán y la ranita

 Pero también la tolerancia ante el crimen tiene sus límites. Es de esperar que estas parábolas iluminen el obtuso criterio político de editores, gobernadores, alcaldes, presidentes de partidos y candidatos presidenciales, que creen que el alacrán que enfrentamos es un príncipe de cuentos de hadas que ha equivocado el guión que la historia le había destinado.

            Pocos, muy pocos venezolanos desconocen la parábola del alacrán y la ranita. Si bien nunca está demás volver a contarla. Descansa la ranita apacible al borde del arrollo cuando el alacrán la convence de atravesarlo a la otra orilla. Tanto insiste y con tan suplicante majadería que la ranita, bondadosa por naturaleza, acepta el pedido, aún sabiendo de la aviesa naturaleza de la ponzoñosa criatura, pero confiada en que si la mata él también sufrirá las mortales consecuencias. Ya han cruzado la mitad de la tormentosa corriente cuando el alacrán, alucinado por la tentadora carne de la ranita, le asesta tremendo ponzoñazo. Agonizante y cuando ambos se hunden en las procelosas aguas la ranita alcanza a musitarle ¿por qué lo hiciste, si también tú mueres? Es mi naturaleza, le responde impasible la venenosa alimaña, mientras se ahoga en el fondo del arrollo.

            Tanto se ajusta esa parábola a los hechos que se viven desde los últimos asaltos a las democracias latinoamericanas por el castro comunismo y sus dóciles aliados, el primero de los cuales, para mayor INRI un teniente coronel del mismo ejército que lo aplastara en su intento directo en los años 60s,  le ha servido de cabecera de playa para apoderarse de la más ricas de sus provincias, que no puedo menos que volver a contarla. Por la sencilla razón de que muchos que constituyen la conciencia crítica de esa ranita santa y buena – editores, políticos, intelectuales que se niegan a considerar al alacrán un animal ponzoñoso y malo – siguen prestando sus hombros inconscientemente para que termine de inocularle su veneno mortal al cuerpo de nuestra zarandeada democracia.

            Siempre en el universo de la ranita buena y sus parábolas, circula otra que es aún más aviesa y siniestra, por ajustarse aún más al proceso de estrangulamiento y asesinato de nuestra democracia incoado por el teniente coronel y la extrema izquierda venezolana: la de que la mejor, más sutil y mortífera de las maneras de hervir y terminar por cocer a una ranita es hacerlo a fuego lento. Tan lento que comienza por bañarse despreocupada y feliz en las aguas del caldero, hasta perder el conocimiento y perecer sin que siquiera haya tenido tiempo de comprender la catástrofe que se le avecinaba.

            Es el método neofascista con que el castro comunismo, ya a punto de fenecer de senectud e incompetencia, ha recibido la transfusión petrolera y el regalo de miles y miles de millones de dólares norteamericanos entregados de gratis por en canallesco gobierno de la más rica y estúpida de sus provincias. Todo a cambio de recibir en préstamo el know how de los siniestros aparatos de seguridad policial y política del castrismo y permitir así, tanto el asesinato de la democracia venezolana como la entronización del homicida.

            Nunca es tarde para reparar el olvido, la inconsciencia y la ingenuidad suicidas de nuestra clase política. Pero también la tolerancia ante el crimen tiene sus límites. Es de esperar que estas parábolas iluminen el obtuso criterio político de editores, gobernadores, alcaldes, presidentes de partidos y candidatos presidenciales, que creen que el alacrán que enfrentamos es un príncipe de cuentos de hadas que ha equivocado el guión que la historia le había escrito.

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