Opinión Nacional

Las redes sociales y el nuevo desorden mundial

El joven apenas tiene 16 años. Probablemente tenga muchas razones para estar molesto o quizá salir a la calle a protestar. Pero tapa su rostro intentando mantener un anonimato ya perdido, mientras sale de un tribunal, como lo muestra la foto. Vive en Glasgow, Londres, y ha sido acusado por las autoridades británicas de incitar a las protestas y a la violencia callejera. La evidencia: un mensaje de texto que envió y fue captado por la policía.
 
El gobierno británico bajo la conducción de David Cameron ha anunciado que podría bloquear el envío de mensajes a través de las redes sociales en situaciones de manifestaciones o violencia callejera, para evitar su proliferación y multiplicación en todo su territorio, tal como ocurrió días atrás y según reseña El Universal (11-08-11).
 
Ello nos remite al espinoso tema de la libertad de expresión en el mundo actual, que se complica mucho más al vincularlo con los mecanismos de regulación que pueden o no aplicar los Estados sobre las redes sociales y sus contenidos, la democracia, la seguridad nacional y la capacidad de la ciudadanía para organizarse, articularse y generar acciones de protesta o movilización.
 
La caída de Hosni Mubarak en Egipto, las propuestas de la oposición en Irán cruentamente reprimidas, las movilizaciones en Túnez y Yemen, lo que está ocurriendo en Siria, la coyuntura en Libia así como las protestas populares en otras naciones del Medio Oriente, el fenómeno de los “indignados” en España y otros países europeos, tienen que ver claro está con factores y realidades sociales, culturales, económicas y de fuerte malestar con la conducción política a lo interno de cada geografía, pero es innegable la influencia, en grado variable en ellas, y en su difusión y convocatoria casi inmediata, del uso del Twitter, el Facebook y la mensajería de texto soportadas en la infraestructura internáutica.
 
El avance acelerado en el uso de las herramientas y las posibilidades de comunicación e interacción masiva de las redes sociales, se enfrenta así  a los riesgos que ello supone para la capacidad de respuesta, control y seguridad que cada Estado debe generar cuando su utilización pone en peligro la estabilidad del Estado mismo, en el caso de prácticas criminales y delictivas que no respetan inclusive ni fronteras ni horarios.
 
Las bondades que exhiben dichas redes y las empresas que las gestionan, desde una mirada quizá ingenuamente positiva, chocan con la autorización que necesitan para operar en cada país por parte del gobierno, y las trabas, restricciones o negociaciones establecidas para que se apruebe su uso. El caso de China es emblemático, no sólo por la grotesca y abierta censura que sus autoridades imponen en diversos buscadores de Internet a palabras o términos que pudieran representar una crítica o una “amenaza”, como lo ha reconocido la élite comunista a cargo del poder en ese gigante asiático, sino por el “visto bueno” o “negociación” a la que han tenido que llegar corporaciones como “Google”, “Facebook” o “Microsoft” para poder operar y hacer negocios en ese país. La expansión de estas corporaciones tiene por ello un costo, que en ocasiones gravita en la cuerda floja de la autocensura.
 
Han sido noticias recientes los ataques informáticos no sólo a páginas y “sites” de países y organismos de inteligencia occidentales, además de la amenaza (ya desmentida) de un supuesto ataque para destruir Facebook por parte de hackers, como represalia por la utilización comercial de la información privada de sus afiliados, y su supuesta entrega al gobierno norteamericano.
 
El flujo, tipo, naturaleza e intensidad de comunicaciones, contenidos, mensajes e informaciones que recorren a cada segundo Internet, configura un ámbito colosal y complejo, una realidad emergente que discurre paralela, virtual e inasible, a la realidad concreta y palpable, pero con vínculos y conexiones mutuas cada vez mayores.
 
En este contexto, los límites o restricciones que se intentan imponer a la difusión de mensajes vía redes sociales, como el caso de Londres, o de China, o de Cuba, denota no sólo el profundo impacto e influencia sobre la dinámica comunicacional y el relacionamiento social de dichas herramientas, sino también el recelo y las preocupaciones que ha nivel global están generando en autoridades y gobiernos, para bloquear o censurar su utilización bajo la sospecha de su uso criminal o delictivo.
 
Y pese al grito al cielo de los defensores de la libertad de expresión y de la privacidad de las comunicaciones, mientras mayor sea la proliferación y crecimiento de Twitter, Facebook y de las tecnologías que soportan el envío de mensajes de texto, mayor será la tentación de las autoridades por controlarlas y evaluarlas.
 
Salvo las contadas excepciones (sobre todo en los países con el liderazgo tecnológico y la claridad estratégica de las posibilidades de dichas redes), lo banal y superfluo definen, en ocasiones, el gigantesco volumen de mensajes, en los cuales ciertos presidentes emplean su cuenta de twitter más como la calistenia de su ego, que como un eficiente canal informativo.
 
Los infinitos y variados contenidos, y la instantaneidad de los mismos, seguirán aumentando, imponiendo las pautas y contribuyendo, querámoslo o no, a la emergencia de un nuevo desorden mundial.
 

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