Opinión Nacional

Leonardo Boff: :o la prédica de la mala leche

Cuando el dictador cubano cumplió ochenta años, postrado en ese lecho donde probablemente recibirá la muerte, no faltaron felicitaciones de sus acólitos intelectuales, dispersos a lo largo del mundo. Hay muchos, y por razones diferentes, siguen fieles a la Cuba de los Castro. Algunos, porque en su época se enamoraron perdidamente de Fidel Castro y un viejo amor no se olvida ni se deja. Otros, porque piensan que alabar a Castro es ser (todavía) de izquierda. Y finalmente aquellos, que pese a ser intelectuales, carecen de esa capacidad ética que no se vende en las farmacias, y que sirve para distinguir entre el bien y el mal. Por cierto, no faltó, entre esas muchas felicitaciones, la de ese “teólogo menor” –como acertadamente se calificaba a sí mismo cuando intentaba disputar teológicamente con Ratzinger– que es Leonardo Boff, un ex ícono (o ídolo) de la, gracias a Dios, extiguida teología de la liberación.

De esa teología de la liberación hoy no queda casi nada. O quizás solo queda el recuerdo amargo del mal ejemplo sentado por algunos de sus representantes (no todos) quienes se constituyeron en adoradores de tiranías comunistas, sin darse cuenta que con ello abrían el camino, para que otros teólogos, no menos inescrupulosos, se convirtieran en adoradores de dictaduras militares de ultraderecha. Tanto los unos como los otros olvidaron que el lugar del cristiano no es el de servir de legitimadores del mal poder, sino que predicar la palabra de Cristo, palabra que viene del verbo, verbo que viene del Logos, como tan bien enseñó Ratzinger antes, y que como Papa sigue enseñando. Dieron al César mucho más de lo que el César pedía; y a Dios, con su prédica de violencia y odio, no le dieron nada. A los pobres, en cuyo nombre creían hablar, tampoco.

No deja de llamar la atención que hoy, justamente en aquellos territorios latinoamericanos donde campeaban los mal llamados teólogos de esa malentendida liberación, las sectas protestantes norteamericanas avanzan mucho más aceleradamente que en otras zonas, donde la Iglesia católica mantuvo fidelidad a su tradición evangélica y misional. Tampoco deja de llamar la atención que esa teología de la liberación se vino abajo inmediatamente después del derrumbe de los regímenes comunistas. Que razón tenía el en ese entonces, incomprendido, Ratzinger, cuando destacaba la estricta relación entre ideología comunista y teología de la liberación. Sin la una no podía existir la otra. Ambas eran, en sus palabras, escatologías terrenales.

Boff, después de haber colgado los hábitos, aduciendo persecuciones que no siempre eran existentes, pasó a dedicarse durante un tiempo a temas ecológicos y etnológicos, lo que fue saludado con respeto, aún desde círculos que no estaban de acuerdo con sus mal fundamentados revisionismos teológicos. Fiel a la tradición del pobre de Asís, parecía haber recuperado el camino del bien, en directo contacto con los más necesitados. Pero, quizás, debido al repunte que ha tenido en el último periodo el castrismo, o el neo- castrismo que lidera desde Venezuela el antidemócrata Chávez, Leonardo Boff ha vuelto a las andadas y ha agredido, con inusitado odio, al hombre que él, al parecer, más ha odiado en su vida. Joseph Ratzinger: El Papa, y para nosotros, los católicos, “nuestro Papa”.

No voy a criticar aquí que Boff haya saludado a Castro en su cumpleaños. Tendría que criticar a cada uno que lo hizo, y después de todo, hasta Castro, pese a sus crímenes, tiene derecho a ser saludado en su cumpleaños. No. El problema es otro. El problema es que en ese saludo público de cumpleaños, Boff atacó de modo artero a Benedicto, y sin haber motivo alguno.

Tan arteramente lo atacó que llegó al punto de hacer una comparación entre Castro y Benedicto, aludiendo al hecho de que mientras el dictador le había pedido que enseñara cristianismo en Cuba, sin ninguna censura, él, Leonardo Boff había sido censurado por Ratzinger. En fin, lo que quería decir Boff, es que para él, Castro es más democrático y liberal que Benedicto. Cuando leí eso, simplemente no podía creerlo.

¿Cómo un hombre que había sido de Iglesia, podía ser tan egoísta, tan narcisista, tan miserable como para juzgar a un Papa, sólo con relación a lo que a él, y solo a él, personalmente, le había sucedido? ¿Cómo, ese hombre que cree todavía hablar en nombre de los cristianos podía ser tan malo que olvidó que quizás en ese mismo momento en que Castro simulaba ser amplio, estaban siendo torturados opositores en las cárceles cubanas, y muy cerca del palacio de Gobierno? ¿Cómo pudo haber olvidado, un hombre que imagina hablar en nombre del bien, que los balseros, la mayoría de ellos cristianos, arriesgan y pierden la vida para arrancar de ese infierno en que han convertido los hermanos Castro a Cuba? ¿Cómo no tener frente a ellos, una, una sola palabra, una sola, de piedad? ¿Cómo comparar al Papa con el dictador militar de un país que ha convertido el poder político en un asunto familiar? ¿Dónde estaba la solidaridad del cristiano frente a los miles y miles de exiliados cubanos, casi todos cristianos? ¿Es tan limitado Boff que no sabe que esa Isla donde reina un becerro de lata tiene, en proporción al número de población, la mayor cantidad de exiliados de ¡”todo el mundo!?

Yo, cristiano antiguo, no creía en la palabra sacrilegio. Pero desde que Boff ensalzó a su ídolo, el dictador Castro en desmedro de Benedicto –que aunque pueda equivocarse, tanto como teólogo o como Papa, ha sido siempre un hombre de bien– desde ese momento, ya sé lo que es un sacrilegio.

Y también ya sé cuanta razón tenía Hannah Ahrendt cuando hablaba de la banalidad del mal. Boff no solamente predica el mal. Es, además, banal, muy banal; y esa, la banalidad y la maldad, es la monstruosa combinación que a veces, con piel teológica, y ante muchos incautos, representa Boff.

Pero Boff no ha parado ahí. Desatado en su odio sin límites al Pontífice, era de esperar que cuando se produjeron las reacciones de los grupos islamistas más exaltados frente al discurso de Benedicto en la Universidad de Regensburg –cuyo propósito central era resaltar el significado del Logos en la tradición cristiana y establecer el antagonismo absoluto entre práctica religiosa y uso de la violencia– Boff , entusiasmado, pasara a sumar sus agravios a los de las corrientes más fundamentalistas del Islam atacando de paso a Occidente y a Israel. (ALAI, Octubre 2006) ¿Protestó Boff acaso frente al asesinato de una monja ante las autoridades islámicas? Por supuesto que no. En vez de eso, en el estilo de los antiguos agentes de los servicios secretos, se dedicó a fabricar un “prontuario” antiislámico de Benedicto. ¿Cúal fue su gran prueba? Pues, que el Cardenal Ratzinger se había pronunciado una vez en contra de la entrada de Turquía a la EU . En Latinoamérica incluso, eso podía sonar, además, plausible.

Pero Leonardo Boff “omitió” decir, que en contra de la entrada a Turquía se manifiestan diversos sectores de todas las corrientes políticas europeas, tanto de izquierda, centro y de derecha, que temen que con Turquía el proyecto Europa se convierta en una unidad puramente comercial, y no cultural como quiso serlo en un comienzo. “Olvidó” decir que muchos sectores culturales y políticos han manifestado su preocupación, pues Europa tendrá, con Turquía adentro, nuevos límites, y por cierto, con países muy conflictivos como son, entre otros, Siria e Irak. Y sobre todo, “olvidó” decir, que los principales enemigos de la entrada de Turquía en la EU se encuentran en la propia Turquía y, sobre todo, en el mundo islámico. Y no por último, cuando Ratzinger planteó sus reservas frente a la entrada de Turquía en la EU, todavía funcionaban en Turquía centros de tortura dirigidos por militares, como hoy en Cuba.

El Papa, al contrario del Leonardo Boff, cree en la indisoluble unidad entre la Ilustración, la democracia y el cristianismo. Turquía no representa ni la Ilustración, ni tiene una profunda tradición democrática. Era y es legítimo entonces plantear dudas acerca de una entrada demasiado pronta de Turquía en la EU. Incluso, si con buenos argumentos, alguien demostrara a Benedicto que su posición no es teológicamente correcta, Benedicto la modificaría, como en cierto modo, lo ha venido haciendo. Con buenos argumentos teológicos, digo yo, no con las diatribas y el odio mal disimulado de resentidos como Boff.

Fiel a su estilo de agente de servicios secretos, Boff no ha vacilado incluso en adulterar las palabras de Benedicto. Lo acusó entre otros infundios que en Septiembre del año 2000, en su declaración vaticana conocida como “Dominus Jesús” el entonces Cardenal Ratzinger había planteado que “el cristianismo es la verdadera religión”. Esa es otra mentira de Boff. Lo que dijo esa vez Ratzinger, es que para los cristianos el cristianismo debe ser la verdadera religión, lo que es muy distinto a lo que hace decir Boff a Benedicto, con su cita incompleta. ¿No debe ser acaso el Islam la verdadera religión para los islámicos? ¿No debe ser la religión judía la verdadera religión para los judíos? A Boff le da, por cierto, lo mismo, una religión que otra. Está en su derecho, pero no debe apoyarse en el santo Francisco para sustentar esos disparates. Quizás en Marx, o Lenin, o Castro; por último en Chávez, que seguramente sabe mucho de teología.

Por último, como iba a faltar eso, Boff, al igual que los sectores más fanáticos del islamismo, ha exigido que el Papa se disculpe (de lo que no fue su intención) públicamente ante todo el universo musulmán; es decir, en un delirio de goce sádico, Boff quiere ver humillado, no al Papa, sino que a Ratzinger frente al mundo. En ese punto, ataca, por cierto, el dogma de la infabilidad papal.

Ha sido, hay que destacar, el mismo Ratzinger quien ha señalado que el Papa es falible como persona humana, pero no como entidad sacral. Pero sobre eso se puede todavía discutir mucho, y seguramente se seguirá discutiendo. Pero, ¿quién es Boff para pedir al Papa que rompa con una tradición eclesiástica de siglos y declare su fabilidad, en tanto él, Boff, pecador empedernido, jamás ha declarado públicamente ninguno de los monstruosos errores que ha cometido como cristiano y como humano? ¿Con qué derecho, un ex mendicante que cree en la infabilidad de un criminal como Castro se atreve a pedir que Benedicto XVl se declare falible? ¿Ha pedido, el muy desdichado, que Castro demuestre no su fabilidad, sino que haga, alguna vez una crítica a su sistema de horrores y de miedos?

Esa, la de Boff, quizás fue una vez teología. Ya no lo es. Es simplemente: mala leche.

He escrito estas palabras con el corazón. Alguna vez alguien tenía que decirlas. Hoy estoy más tranquilo, conmigo y con Dios.

Sevilla, octubre del 2006.

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