Opinión Nacional

Ley con virus

De nuevo, una entrevista con Esteban de Jesús se convirtió en un lúdico
ejercicio de poderes, a ver quién ganaba en habilidad para sortear
obstáculos. De nuevo, argumentos fueron y vinieron. Luego del embarque
atómico del tan promocionado lunes, el hombre llega arrogante, como siempre,
coqueto, como siempre, cargado de excusas, como siempre, cacareando sin
haber puesto, como siempre, volteando la tortilla, como siempre. Contesta
las preguntas como le viene en gana, usa frases hechas y se saca de su
chistera de ilusionista una serie de maravillosas cifras que contrastan con
las publicadas por organismos oficiales. Mira a la cámara cuando le
conviene, se hace el dulce cuando la sopa se le pone espesa, y hasta desliza
un dejo amenazante de cuando en vez. Que macho que se respete ronca, aunque,
en mi humilde opinión, no pudo disimular cuánto le atrae esta catira
trajeada de colorado, y cuánto lo perturbaba su mirada. Pero, al final de
cuentas, los televidentes acabamos sintiéndonos como enardecidos
espectadores que aúpan o castigan a gladiadores. Y el asunto se convierte en
el tema de conversación de mesa y café, con frases como «ahí le dio en la
madre… ahí pifió», etc., etc., etc.

Pero, entretanto Esteban embarca, se hace el interesante y hace velada
campaña electoral, en este país, en el que pareciera no ocurrir nada, pasa
de todo. El Congresejo trabaja a marcha forzada, sacando leyes como churros,
aprovechando este «tiempo extra» inesperado que cayó como pedrada en ojo de
boticario. Así, nos madrugan con un «Ejecútese» a la Ley de
Telecomunicaciones. La invitación había sido cursada para presentar la ley,
incluso para ‘civilizada y democráticamente’ conversar sobre ella. Lo de la
imposición del sellito presidencial fue el tubazo. En esa ley, amigo lector,
se trasluce en un par de artículos – 208 y 209 – la intencionalidad
prepotente de un régimen que cree firmemente que al controlar, hace bien y
protege a la sociedad. Poco importa que esos articulitos coliden con la aún
fresca tinta de la bolivariana Carta Magna cuyo traje de luces estrenamos ‘a
sotto voce’ el 30 de diciembre, cuando en Vargas el lodazal comenzaba a
secarse sobre los cuerpos de las víctimas. Poco importa, pues total, en
Mientrastanto se ha instalado cómodamente la transitoriedad, el «por ahora»,
lo temporal, una circunstancia en la que todo es posible, y que está
caracterizada – entre otras nimiedades – por la instauración de la ley del
embudo, v.g., ancho para quien tenga la sartén por el mango, angosto para
quienes quieran freír en ella. El régimen estima que debe (y tiene que)
proteger a la sarta de cretinos que imagina piensa somos los ciudadanos, y
por ende, se reserva el derecho y el sacrosanto deber de suspender
comunicaciones que, a juicio del personero de turno (graduado en la
universidad de la vida, con postgrado en la Escuela Superior del
Chadequismo, y excelencia en el Taller de Etica dictado por Esteban de
Jesús), atenten contra la moral, la ética, las buenas costumbres, el
espíritu solidario, el oráculo del guerrero, bla, bla, bla. Bajo esa línea
tan progresista de pensamiento, mañana a algún pánfilo con iniciativa, uno
de los tantos que abundan, se le ocurrirá, por ejemplo, que La Caponera está
demasiado buena, y que incita a las bajas pasiones. O que el reporte de
caídos en acción en la guerra cotidiana que es este país cada fin de semana
es información veraz, mas no oportuna, y que mejor se suspende la
transmisión de ese segmento del noticiero, porque eso instiga la violencia.

O mañana se le antojará a alguien que la música y la vestimenta de Amigos
Invisibles – «welcome to the Venezuelan gozadera»- perturba las neuronas, e
impide que se aprenda a ser dignamente bolivariano. Y por ahí se amplía el
camino de las pacaterías tercermundistas. Ya varias veces he escuchado a
Esteban de Jesús diciendo que no puede haber libertad absoluta, porque de
alguna manera la estima perjudicial. Imagino que cree que si no pone corto
el lazo, en todos los órdenes, esta sociedad se convertirá en una suerte de
versión tercer milenio de Sodoma y Gomorra, y caerá en el estiércol de lo
disoluto, lo profano y lo obsceno. Todas las sociedades facistoides han
tenido el mismo pensamiento babieca. En alguna parte leí que el
autoritarismo se impone cuando se carece de autoridad. Y el autoritarismo
cree que todo hay que controlarlo. Y yo me pregunto, ¿quién controla al
autoritario?

Esta escribidora de oficio hace del conocimiento público que la nueva Ley de
Telecomunicaciones, que aparecía como un instrumento de la modernidad y el
progreso (lo cual hizo que yo la celebrara) vino con un pernicioso virus,
versión virtual del chuzo. Atención con «vbs.chuzocomunicacional.Macro».

Carcome los discos duros y el CPU de las sociedades que quieran entrar en el
camino del desarrollo.

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