Opinión Nacional

Leyes de Nuremberg

“Recordar estas leyes pone de relieve un hecho para entonces sorprendente: que es posible promulgar leyes que vayan a contrapelo de todo principio de legalidad”.

El próximo septiembre se cumplirán 73 años de la aprobación en el Congreso del Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes, de las mejor conocidas como «leyes raciales», que a los pocos días serían sancionadas por la asamblea nacional (Reichstag). Esta secuencia legislativa es por sí ilustrativa, porque el Führer impuso su personal autoridad al partido y una vez aprobadas allí, sin discusión, no podían sino ser ratificadas por la asamblea, controlada a su vez por el partido, de manera que todos estaban bajo el mismo mando, sin ningún control ni equilibrio de poderes.

Recordar estas leyes pone de relieve un hecho para entonces sorprendente: que es posible promulgar leyes que vayan a contrapelo de todo principio de legalidad. Por ejemplo, el de la igualdad de los ciudadanos ante la Ley que se creía universal. Estas leyes establecían la desigualdad y la discriminación como regla, pero además, en su desarrollo llevaron a excluir minorías, raciales o circunstanciales, de la aplicación del derecho ordinario, que habría sido concebido sólo para «arios», no para judíos, gitanos o polacos, para quienes no valían garantías como el debido proceso o la interpretación más favorable.

Desde los mismos títulos, como «Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes» son toda una escuela. Bien visto, es absurdo pretender que una ley pueda proteger la pureza de la sangre, sin entrar a discutir que algo así exista o pueda existir, pero además, como en previsión de que estas leyes mancillaban y ponían por el suelo la tradición jurídica de la cultura alemana y la dignidad del pueblo, entonces la ley proclama exactamente lo contrario: que su propósito es proteger el «honor» del pueblo alemán.

Asimismo, la «Ley de ciudadanía» privaba a los judíos de ciudadanía y los convertía sencillamente en «súbditos». También sustituyeron la bandera y en general los símbolos patrios por los del partido. Esto se consideraba como una exaltación del patriotismo.

Estos hechos pueden servir de ejemplo de lo que hoy se llama disonancia cognitiva, mensajes contradictorios o incongruentes, que es característico del lenguaje nacionalsocialista: no en balde este congreso del partido fue bautizado como «Congreso de la Libertad».

26 Leyes

Hasta ahora, los profesores de derecho se divertían planteando preguntas desconcertantes como: ¿Qué pasaría si una ley consagrara el crimen? ¿Es posible un derecho injusto? Pero ahora podemos decir con toda propiedad que esos no son divertimentos teóricos, ni casos de laboratorio, sino parte de nuestra cruda realidad.

Pongamos por caso la «Ley de defensa de las personas en el acceso a bienes y servicios» y la forma como se ha pretendido aplicar. El mero título ya es absurdo, porque ninguna ley puede garantizar a las personas el acceso a bienes y servicios que, como precondición, supone que existan los tales bienes y servicios; problema económico, no jurídico, que la ley no contribuye a resolver, sino todo lo contrario.

La aplicación es completamente circense: unos funcionarios cogen de los estantes de un supermercado cientos de bolsas de arroz y en los mismos carritos del establecimiento salen a venderlos en la puerta a las personas que atinen a pasar por allí y estén tan inadvertidos que se pongan a comprar lo que ninguno sabe de dónde proviene.

En un juicio hipotético, los abogados tienden a plantear cuestiones como ésta: Si bien es cierto que la ley autoriza la incautación de unos productos, ¿a guisa de qué utilizaron los carritos de mercado para llevárselos? Lo que vuelve cómica toda la situación. Lo serio, es la intención de embasurar a la población: es sabido que «nada vincula con más fuerza a las personas que la responsabilidad compartida por un acto que se sabe es criminal». Es la complicidad como coartada.

Los apoderados del negocio, que serán gente con mentalidad jurídica, a punto de infarto, no aciertan a dar ninguna respuesta atinada ante lo que sólo puede asimilarse a una obra del teatro del absurdo; pero es bueno recordar que no es nueva la escena. Eso mismo pasó cuando al inefable general Acosta Carlés le dio por asaltar depósitos de la Coca Cola y hartarse los refrescos sin pagarlos. En aquellos viejos-buenos-tiempos, agarraron al apoderado legal de la empresa por el cuello del paltó y lo echaron a rodar por el pavimento.

Ahora, al amparo de la ley, se hace básicamente lo mismo: tomar lo que no es suyo y sacar de ello un provecho indebido. En el lenguaje honesto y sencillo de nuestros padres eso se llama «robo» y su naturaleza no cambia porque lo cometa un uniformado.

No es ninguna exageración que los directivos del colegio de abogados del Distrito Capital hayan declarado que Hitler asesinó a millones de judíos con procedimientos legales. Incluso, la esterilización masiva y la aplicación de la eutanasia a personas perfectamente arias también contaba con la promulgación de decretos leyes especiales; pero el hecho de que cada acción pueda citar en su respaldo artículos, numerales y parágrafos de un decreto del Führer no le quita ni un ápice de su carácter criminal.

La defensa de Eichmann en el tribunal de Jerusalén es proverbial: «Me limité a cumplir las leyes del Reich». La conclusión de los observadores judíos también lo es: «Ahora debemos temer más a la persona que obedece la ley que a quien la viola».

Colaboracionismo

Estudiosos del Holocausto se han planteado y tratado de responder preguntas inquietantes y dolorosas, como por ejemplo: ¿Por qué las víctimas cooperaban con sus verdugos? ¿Por qué actuaban de modo que favorecían su propio sacrificio?

Las respuestas no son menos inquietantes: el totalitarismo impone a sus victimas una «racionalidad» tan peculiar que las únicas acciones permitidas, dentro del sistema, las conducen a su propia destrucción. Funciona exactamente como un corral para ganado que, teniendo cerradas todas las salidas, lo hace caminar por un canal, el único abierto, que conduce directamente al matadero.

Los nazis no condenaron y mataron a todos los judíos de una sola vez sino que inventaron una enrevesadísima maraña de clases, categorías y excepciones que, aunque parezca mentira, condujo a una grotesca competencia por ver quien caía o no dentro de algún privilegio que le permitiera al menos una postergación de la sentencia que ya sabían inminente.

Es un caso aberrante de psicología social, pero cuando a una persona o colectividad se le ofrece una postergación del fin a cambio de entregar a alguien o realizar una acción que no harían en condiciones normales, generalmente, optan por cooperar. La lógica de «salvar algo» conduce a perderlo todo, incluso la moral. Los judënrate se justifican diciendo que sacrifican a unos pocos, para salvar a muchos o, en una horripilante metáfora quirúrgica, que había que cortar el miembro ya perdido, para salvar al resto del cuerpo.

En Venezuela somos victimas de dilemas semejantes: proponen un referéndum abrogatorio para las 26 leyes; pero eso significa movilizar al CNE, recoger firmas, ir a votación, pasar por el escrutinio y luego esperar por resultados que nunca se sabrán. Sin contar que un mecanismo concebido para una ley es imposible de aplicar a tantos instrumentos a la vez y, finalmente, en el supuesto negado de que se abrogaran, al día siguiente el régimen nos madruga con otros peores.

Se propone una iniciativa ante la OEA, como si hubiera una sola persona en Latinoamérica que no supiera que José Miguel Insulza es un socialista, esbirro del Foro de Sao Paulo. Ya se sabe lo que va a contestar: que la OEA es una organización de gobiernos (que él fue elegido por ellos) y no de los ciudadanos de los respectivos países.

¿Cómo es posible que personas inteligentes, preparadas y decididas propongan líneas de acción que son tan contraproducentes para la causa y terminan favoreciendo al régimen? Porque aceptan los presupuestos del totalitarismo, que cerca todas las alternativas y el único canal que deja abierto es el que conduce a sus propios fines.

La racionalidad del prisionero, impuesta de arriba, conduce a lograr los propósitos del verdugo. Para derrocarlo, habría que romper sus reglas.

Oposición Única

La Nueva Oposición (equilibrada, sensata), cumple dos funciones: la primera, por supuesto, sostener al régimen. Han declarado abiertamente que saldrán a enfrentar cualquier intentona que pretenda sustituirlo por vías que no sean electorales. La segunda es aniquilar o, para utilizar palabras del comandante en jefe, «pulverizar» a cualquier otra oposición que no sean ellos. Ya han declarado que su enemigo no es el gobierno sino «la abstención».

Este es un caso extraordinariamente raro de querer eliminar a un enemigo que no existe. Cualquiera que se pasee por los medios de comunicación de Venezuela, oficialistas u oficiosos, no puede dejar de observar que no hay absolutamente nadie, en ningún tono, que defienda la abstención o que no esté llamando a votar en las elecciones de noviembre. Lo único que los diferencia es el tono de los gritos o la magnitud de los insultos que encajan a los abstencionistas.

No obstante, hay una nube sobre gobierno y oposición: algo así como la mitad de la población no se identifica con ninguno de los dos; ese es el terreno abonado para que crezca esa mala hierba que es necesario extirpar por cualquier medio y a cualquier precio.

Los judíos fueron exterminados sin mayores protestas porque ya habían sido borrados «de los corazones y las mentes» de sus vecinos. Es muy fácil privar de todo derecho civil o político a quien de hecho ya no existe para ningún otro efecto.

En este punto coinciden gobierno y oposición: «sólo nosotros somos gente», es su grito de guerra. En esto son sólidamente socialistas. Sin embargo, es menester preguntarles a los melifluos líderes de la oposición única: ¿En qué se diferencian sus candidatos únicos de los del partido socialista único? ¿En que ustedes quieren ayudar al gobierno central y éstos lo dañan? Por lo demás, son idénticamente impuestos, exclusivistas, excluyentes, intolerantes, prepotentes, sectarios y, porqué no decirlo, groseros.

La indiferencia, el desdén, la insensibilidad ante el sufrimiento, el silencio con que aíslan a su prójimo, quien sabe si en esas bajaditas de la vida no se les devuelva.

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