Opinión Nacional

Liderazgo

“Yo soy el líder………..” es una frase que formó parte de un extenso discurso de un alto funcionario del actual equipo administrativo de los bienes de la Nación. Bien es cierto que, para algunos la frase demostró cierta arrogancia por parte del emisor, pero, también, ella puede denotar una notable sensación interior de vacío de autoridad y de liderazgo.

Usted, distinguido lector o lectora, puede obviar la referencia inicial de este trabajo y, en su lugar, concentrarse en los aspectos que, usted crea, forman el “aura” de un líder. Al repasar mentalmente las facultades de los líderes mundiales encontrará que cada uno de ellos tiene una condición que lo distingue de su par. Sin embargo, hay aptitudes que son comunes entre quienes ejercen liderazgo. Déjese, por un momento, de lado, por ejemplo: la consideración acerca de su sabiduría administrativa y la excelencia académica y revísense otros.

Inicialmente un líder es el individuo, forma neutral para indicar que puede ser, indistintamente, hombre o mujer, que logra obtener de cada quien lo mejor de su capacidad en el desempeño de las funciones asignadas, con miras a obtener un propósito común y, como consecuencia de ello, el resultado, se irradie hacia quienes tienen una relación de dependencia indirecta con el líder. Este no discrimina entre quienes son afectos o desafectos; no excluye, segrega ni margina; tampoco permite, acepta, ni valida que miembros de su entorno promuevan, realicen y mucho menos muestren como un trofeo esta práctica si, inadvertidamente para él, lo han hecho. En fin, un líder suma y multiplica y no divide ni resta.

El liderazgo es respeto. Se es respetuoso, primero, consigo mismo y luego con el prójimo. Se respeta con la misma intensidad con la que deseamos ser respetados. Un líder no apoda públicamente ni juzga el comportamiento de su prójimo, no se mofa del color de la piel ni de la manera de expresarse de una persona, tampoco “remeda” despreciativamente a quienes fueron sus primeros maestros.

Un conductor de masas es paciente y cordial. Paciente para escuchar lo que otros tienen que decirle, así sea lo menos favorecedor. Sosegado para el aprendizaje y comprensión de lo desconocido. Tolerante para captar que hay señales que obligan a rectificar el rumbo trazado. Sereno para controlar su propio temperamento, dominarse a si mismo y no estallar en mil pedazos porque estará mostrando su “lado flaco”. En fin, ser paciente es ser disciplinado. Ser cordial es, simplemente, ser afable con todo el mundo, sobre todo con aquellos con los cuales se percibe no hay empatía.

Se debe ser generoso, indulgente, honrado y tener sentido del compromiso. Ser generoso no es otra cosa que darle la satisfacción a nuestro prójimo de haberle ayudado a resolver su conflicto. Indulgente es la persona llena de paz interior; capaz de saber perdonar a quien se cree nos ha hecho algún daño y que no guarda rencor por cualquier motivo. La honradez, entre otras cosas, se relaciona con: la manera de conducirse, transparentemente, en la ayuda a los demás; el estímulo a nuestros semejantes a ser dueños de su destino. El sentido de compromiso es aceptar que se toman decisiones buenas o malas. Sentirse comprometido es asumir la responsabilidad sobre nuestras acciones, decires, señalamientos y es, a la vez, un deber no señalar como culpables a otros por los errores propios y, contrariamente, solicitar el halago o auto elogiarse por el éxito alcanzado.

Para concluir este compendio de ideas, transcribo parcialmente un texto tomado del libro: “El arte del liderazgo” de Thomas Cleary, basado en las enseñanzas del zen: ”Si no puedes ser recto tu mismo pero deseas hacer recto a los demás, a esto se llama desliz de virtud. Si uno no puede ser respetuoso y desea hacer que los demás lo sean, a esto se llama violación de propiedad. Si alguien que trabaja como Maestro carece de virtud y va contra la propiedad, ¿qué puede utilizarse para extender las directrices del futuro?”.

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