Opinión Nacional

Lo central de la descentralización

Desde los inicios de la humanidad, el hombre se ha visto en la necesidad de conformar organizaciones, a fin de cumplir con los objetivos que los recursos disponibles, las circunstancias, su razón y su imaginación le trazaban.

En su discurrir histórico, las organizaciones devinieron paulatinamente en gobiernos, imperios y civilizaciones, sustentadas en liderazgos religiosos, marcadas divisiones sociales, esquemas de gobiernos monárquicos, rituales, y en el necesario componente militar, garante de la ley, y del mantenimiento y extensión del imperio.

En la cúspide de su poderío y gracias a sus ventajas económicas, militares, políticas, técnicas y organizativas, muchas de estas civilizaciones antiguas, gobernadas bajo el férreo mando del monarca respectivo, sometieron bajo el argumento frío de la guerra o la violencia a otros pueblos, posibilitando la expansión territorial y política de su poder y con él, el del imperio.

La disciplina administrativa encontró así en los problemas comunes de muchos de esos monarcas, ansiosos de controlar los pueblos y territorios anexados, elementos útiles para el crecimiento de su teoría y de su praxis, a lo largo de la historia.

El ejercicio del gobierno centralizado, o descentralizado surgió de esta manera, como la respuesta necesaria del gobernante y la elite en el poder, o bien ante la delegación y transferencia efectiva de algún grado de autoridad al emisario o representante designado para la nueva región, o bien por la necesidad de concentrar y asumir toda la autoridad, ante la debilidad o ineficiencia de aquel.

La conformación de los Estados Nacionales en Europa hacia fines de la Edad Media, fue un proceso que si bien permitió la conformación de Repúblicas y Estados como realidades políticas, territoriales y culturales bajo la fuerza centralizadora, no ocultó las diferencias y particularidades regionales y locales en cada país, cuya existencia se reflejaría luego en el régimen federal de gobierno.

El breve recuento histórico es sólo antesala para contextualizar el clima reciente suscitado, por la intención presidencial de re-centralizar la gestión de los servicios públicos de salud en Venezuela, y acabar con lo adelantado en materia de descentralización.

Con todas sus fallas y limitaciones, es innegable que el proceso de descentralización política y administrativa iniciado en Venezuela en 1989 con la elección popular de alcaldes y gobernadores, fue un intento por oxigenar el desgastado sistema político del Estado, y atender a una realidad concreta de liderazgos, necesidades y autonomía que reclamaban por desarrollarse al interior del país.

Pese al balance positivo del proceso, la ausencia real de una descentralización fiscal y financiera, junto a las presiones y recelos por mantener los beneficios y ventajas en la gestión de un poder centralizado, fueron imposibilitando el desarrollo pleno de la dinámica descentralizadora.

En el hambre insaciable de poder absoluto y en pleno arrebato autocrático, el actual gobierno ha decretado el fin del proceso de descentralización, pisoteando como otras tantas normas de la Constitución, aquellas que identifican claramente a dicha dinámica como elemento incorporado a los valores que orientan la naturaleza y acción del Estado venezolano.(Artículos 4 y 6 de nuestra Carta Magna).

La militarización de la vida del país, plena de jerarquías, órdenes sin protesta y obediencias ciegas, corre así paralela a la supresión de autonomías administrativas, políticas y de pensamiento y opinión, concentrando todo el poder del Estado en una sola persona, en una novísima figura del Absolutismo populista.

Sin negar la importancia de un proyecto de país y de lineamientos estratégicos que articulen y le den sentido a la gestión del Estado, y a los intereses y actores colectivos, la política en todo el mundo actual presencia la transición de sistemas Estado-céntricos hacia modalidades poli-céntricas, variedad de actores, necesidades, intereses e influencias que establecen de hecho, una distribución del poder social, y la necesidad del consenso como recurso no desdeñable del quehacer del Estado.

Lo central de la descentralización como proceso político, radica en reconocer el legítimo derecho de comunidades locales y regionales no sólo a elegir a gobernantes, sino de permitir la expresión libre de opiniones, visiones y propuestas para la resolución de problemas, que respondan a la cercanía de la realidad de ese estado o municipio.

Es así la re-centralización que presenciamos, evidencia de la voracidad del nuevo Estado revolucionario y saudita que pretende hoy en todos los espacios, controlar, comprar, poseer, regular, administrar e imponer decisiones, eliminando cualquier iniciativa privada o particular, aniquilando de esta forma cualquier significado aún sobreviviente de la palabra “democracia”.

En cualquier sistema social, la complejidad de los problemas, el aumento de las necesidades y la ausencia de soluciones, hacen inviable acallar quejas o contener voluntades de cambio verdadero. A la larga las fuerzas que se pretenden contener, como río crecido, encontrarán su cauce, recordando que lo central de la descentralización es la necesidad de confiar en las capacidades de las regiones, y en su autonomía, para alcanzar el desarrollo, en el marco de un proyecto nacional alejado de vacías etiquetas socialistas, y cercano en cambio a verdaderas intenciones democráticas.

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