Opinión Nacional

Lo inconmensurable del discurso político

En tiempos electorales la urgencia de conseguir votos es una cuestión de vida o muerte. Ésa condición hace que el discurso sea un remolino de ideas que giran sin control (lo cual es muy diferente a una tormenta de ideas). Las reflexiones enunciadas intentarán persuadirnos o convencernos de las distintas realidades del país. Realidades que algunas pueden ser observables, otras pueden ser interpretativas y otras teorizadas. En ciertos casos, una misma realidad no es razonada, medida o abordada con un mismo sentido crítico. Así pues, hay tantas sospechas de la realidad como políticos en el mundo.

También, todas las condiciones por las cuales se intenta llegar a la verdad pueden ser erróneas o las condiciones pueden ser modificadas para demostrar una realidad transformada según el interés partidario. Incluso, la realidad puede sufrir amputaciones y censuras para moldear una seudo-realidad que resalte aquellos temas más sensibles. Consideremos válido también que el proceso es puesto en práctica a la inversa. La temperatura de ciertos puntos candentes de la sociedad son alimentados con palabras dentro del discurso que provocan un shock inconciente en cada uno de nosotros, en paralelo, las gráficas de datos son intervenidos hábilmente cambiando la escala de medición para un impacto visual profundo. Las promesas electorales llueven como lo hace la naturaleza en Cherrapunji. Pero las promesas son simplemente eso, una expresión de voluntad que a menudo se convierte en el único estandarte de los partidos políticos. Es como un suceso confirmatorio que exista una brecha muy notoria entre las promesas político-partidarias y un plan de gobierno efectivo y eficiente.

Las disputas entre candidatos políticos (interna o externa) dejan ver el lado más codicioso de estos hombres. En esencia, el o los intereses del electorado pasan a un segundo plano y solo seremos partícipes indirectos de una serie de palabras y frases de tinte surrealista. La facultad lógica del discurso es discutible. Separar la verdad de la mentira es un trabajo de clasificación insalubre. La batalla en pro de la búsqueda de soluciones a las carencias sociales se convierte en un deseo ferviente de alcanzar una meta personal. El poder transforma al individuo y las dignidades colectivas se pierden en un saco roto. Los grandes oradores políticos cuentan con el arte de hacer de un discurso un axioma indiscutible. Se nos priva de un proyecto del cuál, cualquier ciudadano pueda acceder a el para verificar, calcular y determinar su análisis de costo beneficio.

Sería suficiente con evaluar el pro y los contra más elementales. Para esto sea algo tangible la sociedad toda necesita razonar. Será pues, la deserción estudiantil un desahogo para los gobernantes. Quién piensa es un digno rival, una amenaza potencial. De otra forma, nos tratarán como lisiados intelectuales. Nuestra obligación es potenciar nuestra capacidad cognitiva racional. El trabajo más excesivo de los políticos es adornar el discurso oral (no escrito) apuntando directamente a lo que nosotros queremos oír. La virtud no solo está en saber oír y escuchar, sino en comprender y entender lo que nos están diciendo. Quizás algún día nos demos por enterados que los políticos están limitados a dar argumentos estudiados (con esto no quiero decir que sean argumentos inteligentes) sobre lo que la oposición hace mal. Hay una saturación de negaciones sobre lo que está hecho. Está en extinción probar y demostrar soluciones a una enumeración de problemas verdaderos y efectivos.

No obstante, la clase política puede soslayar nuestro cuestionamiento y argumentar que tenemos una concepción indebida sobre el talante de su esquema político-gubernamental. Nuestra embestida debe ser soberana e inteligente y para ello debemos estimular, educar y pulir nuestro potencial cognitivo. Los discursos políticos se extienden por varios frentes. Dicen examinar cada problema social (asumiendo que se conoce de forma efectiva cuál es el problema). Lo hacen desde una perspectiva poli-académica. Da igual si las causas recibieron un estudio ordenado y metodológico. Como negarles que saben de todo. Son como omnipotentes y miembros de cada familia del país. Nuestros problemas, son sus problemas (¿?), aunque por momentos se les incorpora un Jerjes espiritual porque creen vivir en un país repleto de héroes. A ninguno le pesa la conciencia de un Kevin Carter y todos cargan con un poco de la locura de Wilhelm Reich.

Sus especulaciones teóricas se duermen experimentando un fin útil. Se detienen en sutilezas ingenuas. Lo trivial toma cuerpo y forma, crece. Todo lo insustancial del discurso se procrea y la multiplicación de antinomias se retroalimenta. La exposición de ideas cae en un agujero vulgar desmesuradamente nocivo para quienes esperan algo, un resultado, una señal que indique el éxito pronosticado. Hasta ahora la eficacia oral de los políticos conserva una especie de suerte feliz. Los resultados (de ésas planificaciones políticas) están emparentados con la casualidad y la apuesta mayor está dada sobre aquel juego de azar que pague más. Son grandes artífices de adornar y utilizar las palabras justas en el momento justo (a priori de gobernar), buscar decir lo que nos gusta escuchar. Abría que hacer una lectura de nuestro comportamiento y concluir si ciertamente, con pleno uso de nuestros sentidos y facultades, estamos atraídos por la mentira.

Internamente tenemos la obligación de hacer una revolución crítica hacia los discursos políticos. Nuestra mente debe estar insertada en el verdadero marco y contexto en el cual nos movilizamos. La visión debe ser amplia, saber actuar ante los sismos políticos-sociales que nos venden. Nuestros objetivos tienen que permanecer fijos, utilizando la flexibilidad con madurez y personalidad, pero sin apartarnos del camino trazado. Ser sagaces y preparar el tablero para las jugadas futuras. El respeto tiene que ser una obligación moral y nuestras herramientas más violentas serán aquellos fundamentos inteligentes e irrefutables. Debemos dejar una marca que signifique el más elevado grado de compromiso con nuestros principios. El cimiento de nuestra protesta intelectual será bien ilustrada e instruida, sin dejar margen a la objeción política. Adam Smith decía que “El lenguaje es el gran instrumento de la ambición humana”. El lenguaje político es la ambición oculta del verdadero discurso. Solo en nosotros esta la capacidad de hacer del lenguaje político, un discurso conmensurable.

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