Opinión Nacional

Lo peor de lo peor

Crecí escuchando la palabra «crisis». Comodín muy funcional a la hora de hablar referencialmente y en abstracto, su uso estuvo presente en boca de cuanto ser fuese capaz de pronunciarse respecto a lo humano o lo divino. Así, la Asociación de Protectores de la Mata del Bejuco Falconiano, el Sindicato Único de Conversadores en los Bancos de las Plazas Bolívar o el nunca bien ponderado Instituto Nacional de Nutrición, depositaron en sus semánticas profundidades todo el peso de lo que en cualquier momento mereciera alguna explicación. La crisis, entonces, se me fue pareciendo a esos medicamentos que la gente utiliza en los pueblos para espantar males de múltiple ralea. La crisis fue sirviendo para todo.

Desde mi perspectiva infantil el término se me hizo de lo más familiar, y quizás por eso de que la costumbre obliga finalmente a cierta forma de cariño, le tomé la mano como a un compañero de ruta. La crisis estuvo ahí, fue y sigue siendo parte indisoluble del alma venezolana de los últimos tiempos, y yo, qué le vamos a hacer, poco a poco me di cuenta de cierto lado bueno, de sus espléndidos favores, sobre todo cuando una de ellas, la ya no tan horrenda crisis de asma, se ponía tan de mi lado al impedirme uno que otro fastidioso día de escuela.

Para que usted vea, no sólo yo vagabundeé en aras de los sublimes servicios que este piadoso componente de nuestra lengua es capaz de ofrecer si afinamos bien el ojo y disparamos hacia el blanco justo. Otras historias y otros seres abrazaron sus favores y demostraron un conocimiento experto de sus laberínticos intríngulis, de sus a veces inextricables arabescos, de sus leyes infalibles. Los gobiernos, por ejemplo, a través de los múltiples, descabellados e insólitos personajes que en este país se les arriman, han abrevado en ella infinidad de veces.

Hoy, soltar las seis letras de crisis vale más que mil excusas. La de los cuarenta años tuvo su época de flashes, berrinches y desenvainamientos como jamás antes. Ese fue un tiempo feliz para el vengador de aquellos días, pues la bendita palabreja no estuvo ahí para disculpar metidas de pata hasta la ingle, como en general se la utiliza, sino para justificar. El pasado, como crisis, requería su desaparición definitiva: la construcción de nuevos tiempos resultaba inminente y ahí estaba el iluminado, el Hermes sabanetero con la varita del cambio.

La crisis sirvió para el cuatro de febrero, para el 27 de noviembre, para ganar las elecciones e inventar un adefesio indescriptible que llaman revolución. Las viejas cúpulas podridas, a la sazón también en crisis, pasaron a mejor vida y en su lugar (quítatetúpaponemeyó) se erigieron otras igualitas, lo cual, mire qué cosas, produjo un nacimiento atrofiado, es decir, uno que la llevaba (a la crisis, quiero decir) desde siempre en sus lindos y para nada renovados genes. Y entre crisis que van y crisis que vienen, llegamos a la del día, a esa que podría muy bien figurar en una especie de menú del presente, como esos de plastiquito y manchaditos de salsa cuatro quesos con rayadura de tomate que nos entregan en los restaurantes baratones y que, a mano e inentendibles en muchas ocasiones, ofrecen orgullosos los «platos del cheff».

Pues sí, tenemos hoy, como de costumbre y para no variar, las crisis más frescas, las crisis «de la casa». El caudillo mayor las lleva y trae con el triste objetivo de echarle agüita fría a todo este hervidero, a toda esta vergüenza. La crisis en la «indetenible» etapa quintarrepublicana, en las alturas vertiginosas del poder que nunca se asentó ni cogió el mínimo necesario para gobernar, escuchar, construir, llevar a cabo, realizar, unir, traduce la mueca espantosa de lo que minuto a minuto se destapa en el día a día de la nación. La crisis es el condimento de un sancocho pasado de sal. La crisis ha sido lo que a ritmo de vencedores se fue ablandando en la inmensa olla de presión que significa Venezuela, lo cual es de una peligrosidad que produce un lengüetazo helado que recorre el lomo de todo aquél capaz de vislumbrar en su justa medida lo que nos ha caído encima.

Los precios del barril: crisis petrolera. Las Torres Gemelas: crisis terrorista. La argentina: crisis neoliberal, inhumana, salvaje por donde usted le meta el ojo. Las tres, ¡cómo iba a ser de otra manera!, culpables del desastre chavista. Y la guindita de la torta: la crisis democrática, que según el indescriptible Antonio Briceño (Alcalde de Caroní, en el estado Bolívar), estadista como nadie, revolucionario de los nuevos tiempos, da para hundir las manos en los dineros de los contribuyentes con la hermosa intención de repartir piticos, globitos, viatiquitos, combitos y otras menudencias que en definitiva adornarán tiernas aglomeraciones progobierno: templetes, caravanas, etcétera, en función de, sobre la base de y con la intención de «defender» nuestra raída democracia. Coja lápiz, papel y un antiácido. Luego saque usted sus conclusiones.

Lo peor de lo peor, pues.

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