Opinión Nacional

Los caminos del señor (Chávez) son misteriosos

Ya sea por vocación o por conveniencia, poco tiempo después de electo, el presidente Chávez pasó de ser un pintoresco político parroquial a interpretar una no menos folclórica versión televangelista de Fidel Castro. De hecho, con frecuencia adorna su caracterización con un notable acento cubano. Pero, a diferencia de los predicadores televisivos, más que la permanencia de sus palabras Chávez necesita que alrededor de un 50 % de lo que dice se lo lleve el viento. Justamente la mitad del discurso que se le puede atribuir a él: las sosas anécdotas familiares, las amenazas, los insultos, las frases huecas, los disparates (“los cortes de electricidad son para asegurar el suministro ininterrumpido”). El resto de su discurso son citas de personas con quien le conviene asociarse, datos estadísticos o ideas de colaboradores “ad dollarem”. Ese es un gran obstáculo para sus aspiraciones a ser considerado un pensador profundo; otro es que los medios de comunicación resaltan y mantienen presentes las habituales contradicciones y sin sentidos. Y el obstáculo más importante: no es un pensador profundo sino un hablador sin control.

Su gobierno, que se promociona como “de los trabajadores”, ha mantenido la inamovilidad laboral por nueve años. Pero durante la vigencia de ese decreto despidió a 20 mil empleados de PDVSA, sin cumplir con los trámites legales ni pagarles sus prestaciones o entregarles sus ahorros; también dejó sin trabajo a una cantidad similar de empleados de la Alcaldía Metropolitana, a incontables trabajadores de las empresas que ha expropiado y de las fincas que ha “recuperado” y a cuanto funcionario protestón ha encontrado. Igualmente, en la práctica, ha eliminado el derecho a huelga y la vigencia de los contratos colectivos en los organismos del Estado. El Presidente decide unilateralmente qué y cuánto se va a cambiar y, en lugar de pagar bonos prometidos, otorga “préstamos socialistas”.

Cuando comenzó su mandato, Chávez anunció pomposamente que ésta sería la Década de Plata; y en cierta forma retorcida lo ha sido. En el juicio en Miami, uno de los socios de Antonini Wilson declaró que se había ganado $100 millones de un día para otro en un negocio con el gobierno. Los empresarios chavistas involucrados en el reciente escándalo financiero cuentan sus haberes en miles de millones de dólares. Es decir, no puedo negar que Chávez sí le ha cumplido a alguna gente. Lástima que estén imposibilitados de seguir siendo testimonio del progreso revolucionario porque huyeron al exterior antes de que las autoridades “competentes” los detuvieran. Sin embargo, su ausencia no cambia mucho la situación. El Banco Bicentenario, un monstruo de Frankenstein construido con los despojos de las instituciones arrasadas por esos amigos y familiares de funcionarios gubernamentales, arrancó con buen pié: un asalto en el que se llevaron 200 millones. El saqueo parece estar incrustado en su ADN.

Curiosamente, a pesar de la gravedad de la estafa y de la inexplicable inacción de los entes fiscalizadores, el Presidente no se interesó por saber quiénes son los funcionarios que necesariamente tuvieron que participar como colaboradores en la trampa, prefirió contarnos una de banqueros.

Algo que usó repetidamente como argumento fue que él no conocía a Arné Chacón, participante del intento de golpe de noviembre de 1992, importante funcionario de su gobierno, hermano de uno de sus ministros intercambiables y nada comedido poseedor de una enorme, repentina e injustificable fortuna. Como explicación no explica nada y como excusa es muy pobre, considerando que repite como un loro que sabe todo cuanto ocurre en el país. Pero lo más grave para él es que prueba cuán vacía es su propuesta centralista en la que Chávez es el ojo que todo lo ve. Ni que hubiera demostrado competencia en alguna función de gobierno se le podría creer que tiene capacidad para controlar todo lo que pasa en Venezuela. ¿El jefe de la policía tiene que conocer a todos los delincuentes para poder evitar sus acciones?
Además, no hacen faltas muchas pruebas para confirmar que tampoco el conocimiento y la cercanía personal son elementos suficientes para activar el olfato de nuestro Sherlock. Según se acaba de denunciar (El Nuevo País, 27/12/09), el café de primera que nuestro gobierno le paga al hermano Daniel Ortega sería en realidad una mezcla de grano hondureño de bajísima calidad mezclado con producto nicaragüense para disfrazarlo. Éste es un efecto más de la política cafetalera chavista que acabó con las cosechas en Venezuela, expropió a las procesadoras nacionales y, para redondear el negocio, nos convierte en importadores de basura. Un proceso similar se ha repetido en muchos rubros, nuestro creativo Presidente lo llama el camino hacia la soberanía alimentaria.

Seguramente, si se ve forzado a enfrentar públicamente este nuevo escándalo, el Presidente insistirá en que él no conocía al chivo expiatorio de turno.

A comienzos de este siglo, el presidente Chávez hizo la pretenciosa e ignorante afirmación de que el siglo XX había sido un siglo perdido. Los 150 mil asesinados, el billón (millón de millones) de dólares de ingresos petroleros y la triplicada deuda pública que no tienen ningún reflejo en inversiones que beneficien al país, el deterioro generalizado de las instituciones, la corrupción que sólo resulta invisible para los encargados de perseguirla, y la partidización de la Justicia son apenas algunas de las pruebas que permiten sustentar con gran firmeza que la década chavista, más que perdida, ha sido tremendamente perjudicial para el país.

Si para algo han servido estos diez años de un gobierno con altas cotas de apoyo popular es para demostrar que el pueblo unido igual puede ser vencido.

Espero que el aprendizaje acumulado en este período nos permita usar los próximos diez años para comenzar a revertir el desastre producido por la incompetencia, el fanatismo y la codicia. Ojalá podamos empezar el duro trabajo de construir una nación que en lugar de hablar sobre democracia, justicia, igualdad, hermandad y progreso los haga realidad.

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