Opinión Nacional

Los cínicos

Debemos confiar en el árbitro cuando uno percibe que éste actúa honestamente, cuando genera confianza

Como dice el dicho: «La mujer del César no solo debe ser honesta, sino que además debe parecerlo». La verdad es que uno no siente motivos para sentirse orgulloso del CNE. A ver, vamos, no es que uno no reconozca que se ha andado un camino importante en lo referido a la automatización, yo no quisiera regresar al proceso manual; tampoco es que crea que se pierda un número excesivo de votos en el proceso de totalización; el asunto, eso sí, es que a uno le cuesta mucho creer en la honestidad de la institución electoral.

A veces uno siente que está jugando con muchachos, o que creen que uno es ingenuo o estúpido. Esa perorata recurrente que uno encuentra en los voceros del chavismo según la cual uno debe confiar en el árbitro se constituye en un acto de cinismo impúdico. Es obvio que uno deba confiar en quien ha asumido la responsabilidad de arbitrar, pero el árbitro no es un ser tocado por los ángeles, ajeno a los devenires de lo terrenal. Debemos confiar en el árbitro cuando uno percibe que éste actúa honestamente, cuando no se encuentra parcializado, cuando sus miembros no responden a compromisos políticos inconfesables, cuando son designados de la manera apropiada, cuando sus actuaciones generan confianza.

Un proceso electoral en el cual se contabilizan más de tres mil incidencias, por lo menos da que pensar. Un proceso electoral en el cual el árbitro deja que uno de los equipos se coloque permanentemente en posición adelantada sin que pase nada como mínimo genera sospecha. Nos encontramos en una situación en la cual una de las partes tiene una clave que permite iniciar las máquinas de votación sin que eso genere preocupación en los Rectores del proceso.

Nada que decir de los motorizados que el domingo pasado se pasearon en las calles de las diversas ciudades del país amedrentando, una de las Rectoras se permitió decir que se trataba de gente de trabajo. La expresión solo se explica en la medida en que el trabajo de estos ciudadanos sea el de decir consignas el día de las elecciones, llevar banderas, hacer proselitismo político y hablarle en tono altisonante y amedrentatorio a sus adversarios.

A la presidenta del organismo electoral le pareció que el proceso se llevó a cabo en total normalidad y es que llega un punto en el cual cualquier desmán puede llegar a normalizarse, en el cual los excesos parecen divertidos, en el cual el río deja de sonar aunque traiga piedras. Así, la tardanza en la apertura de algunos Centros de Votación no llama la atención del ente comicial, ni el hecho de que algunos centros cerraran fuera de la hora prevista para ello.

Es complicado ganar elecciones con todo en contra, en una situación en la cual se utiliza el Poder del Estado para favorecer a la opción del Partido de Gobierno. En la cual nos enfrentamos con un descarado peculado de uso, en la cual los Medios del Estado se utilizan abiertamente para descalificar a unos y ponderar a otros, es difícil hacerlo cuando se permite la intervención extranjera en los asuntos internos del país. Cuando Lula llama a votar, cuando los cubanos intervienen en el diseño de políticas. No hay mayor rango de entreguismo que permitir que los intereses extranjeros prevalezcan en la discusión de los intereses políticos de la República. Uno no entiende cómo es que el discurso anti-imperialista se condimenta con una intervención extranjera a la cual se le da la bienvenida desde Miraflores.

Así las cosas, Maduro ganó las elecciones, las ganó a pesar de la pobreza de su discurso y de sus promesas vagas, las ganó con todo el peso del Estado a sus espaldas, las ganó utilizando la figura de Chávez, declarándose su hijo, como si se tratara de un régimen monárquico. Vivimos tiempos peligrosos, corremos el riesgo de que se nos imponga por vía electoral una teocracia intolerante, que no parece dispuesta al diálogo, que bebe de la intolerancia y la exclusión de los que piensan diferente.

Una teocracia que parece dispuesta a olvidarse que los resultados electorales nos habla de una mayoría reducida, que la mitad del país no comulga con esa religión, que hay otra visión de país. Llama la atención que todavía tengan la cachaza de hablar de guerra sucia, de mencionar que han sido víctimas de la malvada oposición, que sienten su pudor violentado por los excesos de la contraparte. El cinismo en su máxima expresión.

Al parece hay que sacar las alpargatas y prepararse para bailar joropo. Estamos frente a una victoria que deja demasiadas dudas, pocas satisfacciones, que está muy lejos de ser contundente. Sigamos en este teatro del absurdo del cual formamos parte, sigamos escribiendo este libreto de comiquitas en el cual estamos convirtiendo nuestro juego político.

No hay peor ciego que el que no quiere ver.

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