Opinión Nacional

Los cómplices

Es desesperante. Vemos como se destruye el país y no hacemos casi nada. La industria petrolera se ha desmantelado, y eso es grave en un país que –muy equivocadamente a mi juicio– escogió el petróleo como instrumento de desarrollo. Digo equivocadamente porque la realidad ha demostrado que el petróleo es corrupción, de modo que los que soñaron que con el provento del petróleo se podía construir una estructura permanente que generara industrias y servicios y, sobre todo, infraestructuras estables y empleos estables, se equivocaron. La inmensa mayoría, por no decir la totalidad, de lo que el petróleo ha producido, apenas ha pasado por la superficie del país y se ha ido a Estados Unidos o a Europa (y recientemente a países pedigüeños y explotadores del explotado –Cuba, Nicaragua, Ecuador, Argentina, etcétera–, tan subdesarrollados como Venezuela, desde donde, también por los caminos de la corrupción, se va a Estados Unidos o a Europa, y un mínimo porcentaje a Asia). Vemos como, por ineficiencia y por corrupción de los gobernantes, las industrias venezolanas desaparecen y cada día hay que importar más y más. El menguante ingreso petrolero se gasta en importar alimentos y bienes que, por demagogia y con fines políticos de baja ralea se venden subsidiados. Cada día hay menos gas, menos gasolina, menos gasoil, menos leche, menos granos, menos frutas, menos todo. Y hay que gastar el dinero petrolero, que debía convertirse en fábricas y empresas productivas, en compras que sólo benefician a los extranjeros. Y buena parte de ese dinero se va en comisiones y gastos suntuarios, en viajes de turismo que hace el teniente coronel Chávez Frías con sus parientes y amigotes, en licores de lujo, en putas de lujo, en turismo de lujo y en sobornos. Pero a quienes cumplimos con nuestro deber de denunciar los abusos y las carencias nos caen encima. Nos agreden hasta aquellos a quienes estamos defendiendo. Todo el que tiene una ñinguita quiere quedarse con su ñinguita, y en verdad no le interesa lo que el vecino pierde, y mucho menos si es un bien intangible como la libertad, el derecho, los sueños. Se nos acusa de desestabilizadores, o se nos hace ver que hacemos mal al denunciar porque podemos poner en evidencia a quienes todavía tienen algo que los bárbaros no han descubierto y se conserva más o menos incólume. Es duro. Es triste. Es desesperante. Cada egoísta, aun creyéndose muy altruista, se convierte en cómplice. Y pronto, muy pronto, descubrirán que por sus silencios, por sus complicidades, lo habrán perdido todo. Y es por eso por lo que, nos digan lo que nos digan, no nos callaremos. En mi caso no voy a quedarme quieto. Hago mía la imagen que he visto muchas veces en el pequeño despacho de mi oncóloga, en donde un ave zancuda se está comiendo a una rana, y aunque ya tiene la cabeza en la garganta del pajarraco, con las manos la rana trata de ahorcar a quien la está engullendo. “Lucha hasta el final”, es el lema. Lucha hasta el final. Y hasta el final, a pesar de la complicidad que en la mayoría de los casos es de buena fe, de tanta gente, hasta el final, repito, lucharé, con la esperanza cierta de que no haya final, sino redención.

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