Opinión Nacional

Los egos

El fenómeno más resaltante en la actual coyuntura sociopolítica venezolana lo representa el escandaloso mosaico de virtuosos que han emergido del barro. Trogloditas, como señalaba Borges, especie de semidioses de sus propias trincheras que han asomado sus rostros para vociferarnos su verdad.

Espanta distinguir tanto genio confinado, embebido en su propia alucinación y prodigio, porque, enajenados en su magnificencia y poseídos de una soberbia encendida, no son capaces de ver, comprender y mucho menos aceptar a su semejante, al Otro.

Cualquiera de esos semblantes encumbrados de los que hablo, sin duda, podría demoler y reinventar a Venezuela con un soplo. Son mentes radiantes capaces de las más enredadas hazañas. Su fortaleza radica en su espíritu emprendedor y creativo; su debilidad, en su ego.

Batalla de egocentrismos y no de conciencias define a nuestra Venezuela. Egocentrismos que no razonan entre sí porque nada existe sino ellos. Egocentrismos de teatralidad salpicante, torpes para advertir que su propia majestad endiosada nos conduce hacia la anulación última, la nacional

El venezolano no es capaz de dialogar, lo suyo es un monólogo teatral y heroico. Esto no es nuevo, ha sido así desde nuestros orígenes republicanos: Bolívar anula a Miranda hasta su muerte. Muchos ejemplos describen esto. Por ejemplo, en nuestros días: la amalgama ideológica de Ibsen Martínez no parlamenta con la obstinación recalcitrante de Emeterio Gómez; la soberbia vacua y hollywoodense de Julio Borges no charla con la patética y cursi ensoñación de Tarek William Saab; la tristeza taciturna y folclórica de Aristóbulo no conversa con la vehemencia paleolítica de Carlos Ortega; la asquerosa prostitución de valores de Iris Varela no argumenta con el cacicazgo neofeminista de Liliana Hernández; la obnubilación mesiánica (y asesina) de Chávez no departe con el republicanismo, digamos, infantil de Teodoro.

El venezolano abstraído en su propio delirio de grandeza no conversa ni conviene, no charla, escupe en la jeta de su prójimo para hacerle ver que sólo así existe: gargajeado.

Vivimos otra hora urgente para Venezuela. Ya los semidioses venezolanos de hoy causaron su estrago. Su política volcánica nos tiene al borde del precipicio. El odio plaga la mirada del hombre. Chávez, el peor enemigo del diálogo, ahora funge de impostor. ¿Quién le cree al asesino después de la sangre? Nadie. Ojalá, ese nadie comprenda que existe otro nadie, otros nadies, para que los nadies reunidos deliberen y pronto reconstruyan humildemente la nación.

En Venezuela cuando los egos se “sacrificaron” para dialogar con los nadies se hizo patria, se fundamentó al país. Cuando sucedió lo contrario, los trogloditas mancharon con sangre nuestra memoria y nuestro transitar histórico. En esta fecha aciaga, ¿qué se hará?

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