Opinión Nacional

Los hijos de Putin

Podemos hablar, para no ir muy lejos, de dos y no precisamente biológicos, sino más bien, putativos. El primero es, y no podría ser otro, el joven Dimitri Medvedev, actual presidente ruso, llegado a la cúspide del poder de la mano de su mentor, Vladimir Vladimirovich Putin. A diferencia de éste, Medvedev no proviene de las camadas de la KGB, la policía secreta soviética, pero él, como Putin, es abogado egresado de la Universidad Estatal de Leningrado, hoy, de nuevo, San Petersburgo.

Putin, a quien lo consiguió la caída del Muro de Berlín en Dresde, Alemania del Este, regresó a su ciudad natal en 1990 y desempleado, como andaba, estuvo a punto de convertirse en taxista. Pero sus antiguas amistades, entre ellas el alcalde Anatoli Sobchak, cambiaron radicalmente su destino y así, entre una cosa y la otra, llegó a Moscú y, logró trasponer las puertas del Kremlin donde, a la sombra de Boris Yeltsin, su carrera política experimentó un ascenso meteórico que lo convirtió en Primer Ministro y luego en Presidente.

Puede decirse, entonces, que Putin es a Yeltsin lo que ahora Medvedev es a Putin, un aventajado discípulo a quien su maestro llevó al cargo de Primer Ministro y luego a la presidencia, desde la cual el joven, a su vez, colocó al viejo en su cargo anterior. Es el propio «tándem», como lo denomina la prensa europea, en un jueguito de alternancia que debe asegurarles su permanencia indefinida en el poder, al estilo de los esposos Kirchner. Toda una muestra de cómo el neoautoritarismo globalizado se las arregla en todas las latitudes para, tras una máscara democrática, violar todas las normas democráticas.

Ahora, señalar a Chávez como el otro hijo putativo de Putin, pudiera resultar algo más forzado, pero hay tantas características comunes y tan buen «rapport» entre ambos, que el gélido y reconcentrado judoka ruso tiene su alter ego exuberante y tropical en estos tórridos dominios. Ambos comparten temperamentos dominantes y un origen militar-policial, están encantados en llevarle la contraria a Estados Unidos bajo el pretexto del «mundo pluripolar», se entienden a la mil maravillas en el lenguaje militar y bélico, sienten un apetito desmesurado por el poder, tienen vidas privadas ultrasecretas, están separados o divorciados de sus mujeres (a Putin se le atribuyó un idilio con la bella ex gimnasta Alina Kabayeva), han creado oligarquías y grupos económicos casi gemelos, comparten sus preferencia por un sistema centralizado stalinista, cierran medios de comunicación, persiguen periodistas, encarcelan opositores y, al final, conducen gobiernos y países que dependen angustiosamente de la renta petrolera.

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