Opinión Nacional

Los huérfanos del sida

La alarma saltó hace tiempo, pero la gravedad de la situación no cesa y la luz de emergencia sigue ardiendo. El sida en África devora a una población cada vez más indefensa. Recientemente, el Ministerio de Salud de Etiopía ha confirmado que ya son más de un millón los niños huérfanos a causa del sida. Sólo en este paupérrimo Estado de África, cientos de miles de menores se ven obligados a vivir en las calles porque los limitados y saturados servicios sociales no dan más de sí. Sin esperanza, aferrado en su propia desgracia y escasez, el Ministerio no ha tenido más remedio que pedir a las familias que participen y ayuden a los huérfanos porque el problema nacional no puede dejarse exclusivamente en manos del Gobierno y las ONG. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Onusida más de 18 millones de personas en todo el mundo han fallecido por causa del virus del sida. De esta cifra, casi 4 millones eran niños. Hoy en día, hay 16 países en los que más de la décima parte de su población adulta de 15 a 49 años está infectada. En siete de ellos, todos en el cono sur del continente africano, al menos uno de cada cinco adultos es seropositivo. Así, en Botswana el 35% de los adultos está infectado por el VIH, mientras que Suráfrica con unos 4 millones de personas infectadas, presenta el mayor número de personas que viven con el VIH en el mundo.

Hasta ahora la pandemia de sida ha dejado 13 millones de huérfanos, niños que antes de cumplir los quince años perdieron a uno o ambos progenitores a causa del sida. Muchos de estos niños ya han fallecido, pero la mayoría sobrevive no sólo en África (donde se encuentra el 95%), sino en otros países en Asia y América Latina. Naciones Unidas destaca que antes de la epidemia aproximadamente el 2% de todos los niños de los países pobres eran huérfanos. En el XIII Congreso Mundial de sida de Durban de 2000, la Agencia norteamericana para el Desarrollo Internacional estimó que en sólo diez años habrá en África 28 millones de niños huérfanos por sida. Es importante además añadir que, como señalan Onusida y Unicef, «los huérfanos por Sida, en comparación con los huérfanos por otras causas, corren un mayor riesgo de malnutrición, enfermedades, malos tratos y explotación sexual», ante lo que se requieren políticas urgentes. Así, algunos gobiernos ya han tomado medidas. Zimbabwe, donde un 7% de los niños son huérfanos por el sida, ha desarrollado una política de protección que propugna que esos niños deben ser cuidados por la comunidad y sólo ser internados en instituciones como último recurso. Por otro lado, en Uganda, una organización gestiona un plan de microcréditos para ayudar y educar a los huérfanos del sida.

Sin embargo, el sida sólo puede solucionarse si antes se toman medidas más estructurales. El 95% de las personas infectadas vive en los países pobres, la mayoría en el África subsahariana. De los 36 millones de enfermos mundiales de sida, 25 son africanos. Paralelamente, de los 39 países considerados como muy pobres por su enorme deuda externa, 32 están el continente negro. Naciones Unidas ha incidido en que aliviar la carga de la deuda permitiría aumentar los fondos destinados a los programas de lucha contra el sida. Para cubrir los aspectos más urgentes de la epidemia en África bastarían 3.000 millones de dólares, una cifra equivalente al 6% de los 52.000 millones que EEUU gasta sólo en combatir los efectos de la obesidad. También entran en juego otros aspectos, como el problema del encarecimiento de los medicamentos y el libre acceso a los antirretrovirales.

En el ámbito cultural existen además determinadas creencias que favorecen la extensión del virus: la suposición sudafricana de que un hombre con sida puede curarse si yace con una virgen, el uso de detergentes, hierbas, trapos y algodones para lavarse antes del coito, la dominación sexual de la mujer, la poligamia masculina o la oposición de la Iglesia al uso del preservativo. La mejor cura contra el sida es la educación y la prevención, y lograr que deje de ser una enfermedad estigmatizada. Todo ello mientras aguardamos la ansiada vacuna contra el virus.

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