Opinión Nacional

Los idus de marzo

El 10 de enero del año 49 AC Julio César decidió atravesar el rio Rubicón al frente de su ejército, violando así las leyes de Roma. Pasó el rio y pronunció -en latín, por supuesto- la famosa frase “Alea iacta est” (“La suerte está echada”). Acto seguido inició una sangrienta guerra civil contra el emperador Pompeyo.

 Al llegar al otro lado del Rubicón, Julio César había pasado el punto de no retorno. Muy pronto ríos de sangre inundaron el Imperio. ¿Valió la pena imponer tanto sacrifico a sí mismo y a los demás? Al final, su hijo, Bruto, lo mató, la dictadura desapareció y Roma renació. Julio César era hombre de frases lapidarias. Al recibir la puñalada filial dijo: “¿Tú también, hijo mío”?  Nunca sabremos con certeza si Bruto fue hijo de César, pero sí sabemos que fue hijo de Servilia, la novia más famosa del tirano, quien también tenía novios: se le llamó “La mujer de todos los hombres y el marido de todas las mujeres”.

Antes de ser dictador Julio César fue uno de los grandes guerreros de la Historia. Obtuvo sus galones conquistando las Galias y en el resto del mundo conocido para entonces. Él no mandó a otros a morir mientras se quedaba observando los acontecimientos en algún museo militar de la época. Tampoco era mandadero de nadie. Fue el mandadero de sí mismo.

Por otra parte, César tenía buenas razones para derrocar a Pompeyo, sólo que cayó en peores errores que su antecesor. Dictadores astutos, como Pérez Jiménez y Batista, cuando se vieron con el agua al cuello huyeron para salvar su pescuezo. César esperó demasiado, porque no había antecedentes que lo ilustraran. Confiaba en su guardia española, “La Fides”, supuestamente leal e impenetrable. Esa “Fides” era como una  combinación del G2 y los anillos de seguridad cubanos.

 El 15 de marzo del 49 Julio César salió a atender una reunión del Senado. Al llegar a la plaza de la Curia, un adivino le advirtió: “Cuídate de los idus de marzo”. Al igual que a Carlos Andrés siglos más tarde, antes de entrar al Senado un subalterno le entregó la lista de los conspiradores. Arrogante, ni siquiera abrió el pergamino, y entró a la curia. Allí lo esperaban para cobrarle sus crímenes contra la república. Al ser asaltado, César con gran dignidad se cubrió la cabeza con su toga   para no ver el rostro de sus asesinos.

 No creo que el destructor de Venezuela asista a su cita en el foro. Pero, ¿tendrá valor para rectificar antes de marzo? Si no, Varadero será un lugar más seguro.


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