Opinión Nacional

Los intelectuales y el poder

Gracias a una persona amiga acabo de leer lo que podría ser el inicio de
una polémica entre dos intelectuales, Tulio Hernández y Néstor Francia.

Néstor Francia, agresivo y descalificador defensor del régimen militarista,
y Tulio Hernández, crítico ante el régimen militarista.

No vale la pena entrar a considerar lo que cada uno de ellos dice, porque
se trata del eterno enfrentamiento entre personas inteligentes y bien
preparadas, que defienden sus puntos de vista con pasión y con argumentos
bien pensados, aunque uno, el agresor, se coloca en una perspectiva
decimonónica, y el otro, el agredido, le responde desde puntos de vista
unicados en el siglo XXI.

Pero tampo es un debate enriquecedor, dada la diferencia exagerada entre
los argumentos de una y otra parte y, sobre todo, porque ambas partes, a mi
jucio, caen en el mismo error, que no es otro que la creencia de que los
intelectuales son la vanguardia del mundo.

En efecto, yo, que soy un intelectual como cualquier otro, que he publicado
una veintena de libros, que he presidido organizaciones de Venezuela (y
del mundo) dedicadas a la investigación y a las ideas, cada día me
convenzo más de que la única razón de esas polémicas es la idea,
absolutamente decimonónica, de que los intelectuales somos el ombligo del
universo. Y hasta en eso se diferencian el agresor, Francia, y el
agredido, Hernández. Francia, para defender el régimen del teniente
coronel Chávez, apela a lo que cree son insultos y razonamientos
indiscutibles, pero ocurre que sus planteamientos están absolutamente
alejados de cualquier pensamiento válido en la actualidad, y Hernández, en
vez de dejarse llevar por la pasión, inicialmente piensa en no responder, y
después de mucho dudarlo, lo hace incitado por un periodista, Moreno Uribe,
que también es un intelectual. Para Francia, los que pretenden que el
régimen militar, que perdió su popularidad por su vieja ineficiencia, debe
dejar paso a un gobierno que responda a intereses más sanos, son, oh
sorpresa ¡fascistas!… Es el burro diciéndoles burros a los demás, sin
darse cuenta de su propia condición. Hernández le responde sin
descalificarlo, sino con argumentos bastante más sólidos y cercanos a lo
evidente.

Para mí, que obviamente estoy en el mismo lado que Hernández, lo importante
no es la posición política de ninguno de los dos, sino el tratar de que
ambos se den cuenta de que, en el fondo, sus opiniones son tan válidas como
las de un orfebre, o las de un obrero de la construcción, o las de un
ingeniero, o las de un zapatero. No por ser intelectuales están por encima
del resto de la población. Ni tampoco por debajo.

Pero Francia, como todos los chavistas, se quedó en el siglo XIX, mientras
Hernández, como casi todos los que rechazamos el régimen del teniente
coronel por militarista, por ineficiente, por falaz, y sobre todo porque
lejos de corregir los males de la Cuarta República los ha agravado y
profundizado, llegó hace tiempo al siglo XXI.

La idea de que los intelectuales son la tapa del frasco, es de los tiempos
de Lord Byron et al. Poco a poco, hacia el final del siglo XX y en el
comienzo del siglo XXI, se ha descubierto que somos como los integrantes de
cualquier otra comunidad. Como los médicos, como los obreros, como los
oficinistas. Pues cada grupo tiene su espacio y aporta lo suyo al
conjunto, pero no hay ninguno realmente privilegiado. Salvo para los que
comparten el oficio. Para los médicos, los médicos son lo mejor del mundo.

Para los trabajadores del Metro, los trabajadores del Metro son lo mejor
del mundo. Et-cétera, et-cétera, et-cétera. Si no fuese así, se caería en
la inacción, si es que no se cae en la depresión y y el suicidio.

Y esa es una de las desgracias de Venezuela a partir de 1998: que cayó en
manos de los decimonónicos, los caudillos bárbaros al estilo de Boves; los
fascistas que se creen revolucionarios, tal como se creyeron Mussolini,
Hitler y tantos otros, que hablaban de nacional-socialismo en
contraposición al socialismo real de Stalin, que era casi idéntico a ellos;
los mismos militarotes que tumbaron a Vargas en la década de 1830; y un
grupúsculo de intelectuales que todavía cree que sus opiniones deben mover
el mundo, pero no son capaces de moverse ellos mismos en busca de un tiempo
que se les ha perdido.

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