Opinión Nacional

Los Intolerantes

Yo sé que regularmente puedo ser bastante intolerante. Yo sé que mis ideas pueden, eventualmente, herir algunas mentes susceptibles. Yo entiendo que lo que Yo pienso puede no gustarle a algunas personas… pero cuando un hombre me deja por fascista, la cosa me pone a pensar.

Primero, me cuesta entender que en una semana de empierne apasionado, alguien tenga la genial idea de preguntarle al objeto de su pasión (o lo que es lo mismo, a la que se lo estás metiendo) cuál es su tendencia ideológica. Yo no tengo ningún tipo de prejuicios en responder otra pregunta idiota, como aquella célebre ¿con cuántos hombres has estado? Pero cuando la pregunta va por el lado ideológico Yo tiendo a pensar más en la posibilidad de mentir. El único problema es que en mi sistema operativo no me pusieron la función mentir, por eso digo la verdad. Y la reacción a mi respuesta nunca ha sido buena, porque ahora está de moda ser liberal y lo más fuchi que se le puede atravesar a un liberal en el camino es alguien que se diga de extrema derecha. Además me encanta decirlo «ultraderecha» «fascista». ¡Susto!

Eso me lleva a otro análisis. Se supone que uno es el intolerante y los liberales, que la mayoría de ellos no tiene ni la más remota idea en qué consiste la derecha, la izquierda o el liberalismo, deberían ser más tolerantes; porque -además- son la solución. Pero no. Cuando un santo liberal escucha a una asquerosa ultraderechista decir que no cree en la igualdad, que piensa que no todo el mundo debería ser ciudadano y sostiene que no todo el mundo debería tener derecho al voto y, peor aún, es admiradora confesa del Absolutismo Ilustrado, por muy bueno que sea el sexo, no le queda otro remedio que terminar la relación. Por supuesto, siempre es un riesgo salir con esa clase de enfermos que pueden terminar encerrando al pobre liberal en un campo de concentración.

Eso me lleva a pensar en la poca apertura que existe para analizar ideas que no son iguales a las propias. Ergo, todo el que piense diferente es raro o peligroso y debe ser apartado. Yo pensaba que la intolerancia ideológica era una enfermedad criolla o un mal de los madrileños franquistas. Lo que no sabía era que un liberal irlandés era capaz de tal grado de intolerancia. Lo confieso, estoy herida. Yo pensaba que era mejor en la cama. Pero parece que no soy lo suficientemente buena como para que un liberal se aguante mis ideas. El simple hecho de saber que, después del coito, Yo pueda estar pensando en privar del voto al tipo que orina en la calle, no paga impuestos y se roba la luz de un poste… es una aberración con la que un liberal no puede vivir, ni coger. Pensar que esa persona con la que se está yendo al cine o con la que se está cenando, piensa que el Absolutismo Ilustrado es lo máximo… imposible, no se puede. Ni hablar de que ese monstruo enfermo está de acuerdo con la invasión a Irak y que además cree que deberían invadir el Líbano, Afganistán y todos los países que por décadas han estado sometidos a dictadores que han llevado a enfrentamientos sangrientos a sus pueblos ¡No! ¡Eso es una aberración! Porque, deduzco de los liberales, esa gente tiene derecho a matarse libremente sin ningún tipo de intervención foránea. Esa pobre gente tiene derecho a calarse sus minas que mutilan a los niños que salen a jugar en los patios de sus casas. ¿A qué clase de enfermo se le ocurre que la comunidad internacional deba intervenir en los asuntos internos de un país e irrespetar la soberanía nacional? Definitivamente, no se puede estar con alguien que piense así.

Al fin y al cabo, sólo me queda la satisfacción de ser una mujer que piensa como le da la gana, y vive como piensa.

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