Opinión Nacional

Los irreversibles

A lo mejor se consuelan con lo que decía Marx acerca de la historia, que aquello que se presenta como tragedia se repite luego como comedia; a lo mejor se ríen de lo buenos que son como comediantes. O a lo mejor están poseídos por una extraña metafísica de la temporalidad que les hace creer que el tiempo no existe, o que no es lineal sino que de pronto va a aparecer un rizo temporo-espacial extraño que les va a permitir saltar al futuro, al mundo perfecto en el que la conciencia del máximo líder y la realidad sean una única y misma cosa. O, para decirlo como Guillermo de Ockam, y proponer la hipótesis más simple, sencillamente están presos en esa jaula conceptual que ellos mismos construyen cada día. Ven las sombras pero son incapaces de ver lo que las produce.

Porque, como ellos nos explican incansablemente, no es que haya escasez ni falte la comida, es que aumentó la demanda disparada por la beneficencia del comandante. Los espacios vacíos en los mercados son, cómo dudarlo, un éxito económico inaudito que sólo la mezquindad oligarca puede negar. Del mismo modo en que ahora, gracias al gobierno revolucionario, asistimos a la puesta en práctica de la única estrategia sustentable en el mundo conocido para acabar con el delito: dejar de contar los muertos. No hay víctimas en Venezuela, sino malandros matándose entre sí para contribuir a la profilaxia social revolucionaria. Como tampoco hay hegemonía comunicacional sino extinción natural de las alternativas, que cumplirían así un inexorable ciclo biológico: RCTV no se cierra, sino que tiene fecha de vencimiento como cualquier antibiótico olvidado en la alacena del baño. Ni lo que revolotea en el circuito límbico de los ideólogos del régimen es, en realidad, estalinismo, sino una alquimia en la que todo está por probarse a ver si por fin se obtiene la piedra filosofal del socialismo del siglo XXI, como lo atestiguan las declaraciones del profesor Monedero que recoge Tal cual hace unos días.

El newspeak orwelliano en su máximo esplendor, pues, y a todo aquello que no admite eufemismos se le aplica la fórmula del tratamiento cubano: mientras se robustece la política de la sociedad de cómplices en la que nadie está limpio, se administra periódicamente una buena purga que se deshace de unos pocos chivos expiatorios: unos corrupticos por aquí, unos “trapicheados” por allá, cuyo bagazo se exhibe como trofeo de cacería revolucionaria, unos diputados con unas denuncias y un arsenal de insultos acullá, expedientes y listas fascistas de por medio.

Muchos millarditos de dólares se destinan a la confección del mundo paralelo, de un dispositivo tipo Truman Show en el que ficción y realidad se entretejen cruelmente. Pero el día en que se apague la luz y se desmorone la escenografía y los técnicos digan que ya no pueden más, quizás dejará de oírse la voz oficial, desaparecerá la neolengua roja-rojita y el Centro Internacional Miranda será un nombre que Monedero utilizará para dictar conferencias, y cobrarlas, acerca de su experiencia revolucionaria ante un público de inquietos adolescentes o burócratas tercermundistas; pero aquí quedarán los irreversibles, los daños perennes: los que se han ocasionado en el ADN moral del país, convertido en una maqueta en el que se escenifica una especie de versión masiva del dilema del prisionero, en el que lo más beneficioso es, para decirlo rápido, la corrupción y la carrera desesperada de cada uno por salvarse, ante el tenebroso vacío de las instituciones.

Lo que es muy difícil de saber es qué tan deliberada es la confección de este mundo de Truman, porque el hambre de poder, también decía Orwell, se une a una extraordinaria habilidad para el autoengaño, perfectamente comprensible en la medida en que todo poder tiene necesariamente que tener, para ser eficaz, una “narrativa” que oculte su propia desnudez: el poder se busca sin justificación, porque sí, pero necesita siempre justificación para subsistir.

Leí en estos días un argumento curioso de algún chavista que sugería que aquel cadáver que finalmente se enterró en 1991 no era socialismo ni nada sino un experimento fallido, un producto colateral que de ninguna manera “era un sepelio nuestro” según la fórmula que pude retener. Razonamiento antiguo y desgastado por años de uso en medio de la polémica de los socialismos reales, ahora realzado (aunque cada vez menos) por la única frase robinsoniana que queda circulando en medio del naufragio general del bolivarianismo, cada vez más ahogado en el mar de la felicidad: el inevitable “inventamos o erramos”. Pero se diría que en aquel entierro sí tenemos vela, porque el muerto se nos descompone aquí mismo.

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