Opinión Nacional

Los laberintos del poder

En medio de esta borrachera de poder y dominio que vive el país, hay el peligro de que los ungidos por el dios Poder se olviden de algunas cosas elementales y caigan en las trampas a donde ese espíritu maligno lleva a quienes quiere marear y perder. Los poderosos al final, cuando no hay remedio, redescubren que son simplemente humanos. Un magnífico libro reciente nos presenta así al gran Julio César en su apogeo:“La plebe lo aclama; él anuncia que desea ofrecerles todo lo que necesitan: dinero y trigo, juegos y gloria […] ¿Y puede estar seguro de los ciudadanos más humildes? Con sus limosnas, sus combates de gladiadores y sus festines abiertos a todos, colma y embriaga a la plebe. Pero, sin embargo, siempre le piden más, desde la abolición de todas las deudas hasta una moratoria sobre los alquileres”. Entre tanto, sus rivales aristócratas y los senadores cultivan por igual la adulación pública y el odio oculto. Roma lo proclama como descendiente de dioses y le concede todos los honores y títulos: imperator, dictator perpetuus, pontifex maximus, jefe supremo del ejército y monopolizador permanente de la potestad tribunicia. Él, además, se reserva el derecho de proponer y nombrar funcionarios. En esa carrera de amor-odio, un año después es asesinado a puñaladas, entre otros por su ahijado Bruto. Asesinato celebrado por sus serviles aduladores de la víspera.

Hay una única manera de arrebatar el poder al Poder y convertirlo en vida: desconcentrarlo, distribuirlo y crearlo donde no existe. Los indios del Amazonas inventaron el modo de transformar la “yuca amarga” venenosa en principal base de su alimentación y vida: del sebucán y el fuego sale convertida en sustento. A lo largo de los siglos, la sabiduría humana ha aprendido a convertir el poder de dominación y muerte en poder de vida, desarrollando instituciones con límites y formas de control y de distribución. A más distribución y generalización de poder-capacidad, menos poder-dominación. Pero la eterna seducción de quienes quieren dominar lleva a proponer a sus seguidores el insensato y mortal intercambio: dame el poder total y yo te daré pan, ilusiones y circo. Donde sólo unos pocos tienen el poder político, económico, religioso o cultural, la muerte y la esclavitud se cuelan entre celebraciones y aclamaciones.

El gran salto de la democracia moderna consistió en la audacia de desnudar a los reyes, nobles y magnates y demostrar que, sin adornos ni ropajes, todos nacemos iguales y frágiles, y tenemos desempeños diferentes. Los reyes nada son, si los súbditos no los reconocen y endiosan. La democracia tuvo la audacia de robarles la soberanía, que es de todos; hay largo trecho del dicho al hecho, pero la irreverente proclamación de la soberanía popular rompe las amarras para avanzar en esta navegación permanente hacia la dignidad y la libertad. No todo es generalizable: la especialización profesional y el liderazgo son imprescindibles y particulares; pero esto será objeto de otro artículo.

Al igual que los dioses griegos el dios Poder juega con los humanos. Un rey absoluto no es más inteligente, sabio y fuerte que los demás, pero así se cree porque todos le transfieren su propio poder potencial y lo reconocen como el único.

Los socialistas por definición eran enemigos del poder concentrado. Nacieron en la urgencia histórica de transformar el venenoso poder-dominación de unos pocos en saludable poder-capacidad de muchos. Educación, cultura, capacidad productiva y organizativa y sobre todo audacia de arrebatar para todos el poder atribuido a un usurpador sacralizado. El camino es distribuir el poder, pero una rama “socialista” ilusamente pensó que la concentración del Estado poder en su partido era un buen atajo y en Europa se demostró que también hay intelectuales con especial debilidad por tiranos como Hitler, Stalin y Castro, entre otros.

El dios Poder marea a sus protegidos haciéndoles creer que ellos no caerán en el uso maligno del poder; que no serán como tantos otros tiranos, porque ellos tienen buena intención, mucho amor al pueblo y su gusto por el poder es para ayudar a los débiles, cuya voz y representación pretenden ser. Ellos se bastan para hacer leyes, tomar decisiones, definir vidas ajenas, declarar guerras, reclutar soldados y enviarlos a la muerte cantando. Todo por amor. Ellos son la salvación y la encarnación del espíritu de ese pueblo despojado, sea ruso, alemán, cubano o coreano. ¡Cuánto tirano empezó con buena intención y con la aclamación delirante de sus seguidores!
Los verdaderos socializadores del poder se abrazan a la dignidad del más pobre y débil, y los acompañan en su atrevimiento de ser soberanos demócratas, educados y capacitados para convertir a los gobernantes en sus mandaderos temporales. Por ahí va el camino de la democracia social y de la dignidad humana. Exige renovación perpetua contra nuevas formas de dominación.

Venezuela ha entrado de manera muy peligrosa en los laberintos del Poder donde ese dios malvado hace creer a quienes unge con su beso que son predestinados y los conduce ciegamente al desastre, justo cuando se sienten que van llegando a la cumbre de la omnipotencia.

Jesús, al sorprender a sus discípulos en ambiciosos sueños de grandeza y poder, les reprendió y les dijo en memorables palabras que, frente al Poder que domina y oprime, debemos cultivar el poder que sirve y da la vida (Marcos 10, 41-44). Dios nos ilumine a los venezolanos.

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