Opinión Nacional

Los Marcianos llegaron ya…

La pregunta ha acompañado probablemente al hombre desde los albores de la humanidad. Ud. seguramente se la habrá formulado mirando al cielo en una noche estrellada, con aroma a insomnio y ocio. ¿Estamos solos en el Universo?

La respuesta ha transitado secularmente y transita aun hoy los caminos de la polémica, como suele ocurrir con todos los temas que involucran en dosis iguales razón y pasión, lógica y emoción, imaginación y realidad, en el ámbito personal de nuestras creencias y convicciones.

Pretensiosa aspiración humana, la de asumirse como la única forma de vida en el universo, dirán algunos. Banalidad extrema dudar del don exclusivo y único de la vida humana en la galaxia, argüirán otros. Suficientes con los avatares, problemas, guerras, hambrunas y dilemas irresolutos a la fecha en relación a nuestra existencia terrena en este planeta, como para dedicar tiempo y neuronas a la búsqueda de respuestas a esa pregunta inicial. No hacerla, o negarla, a nuestro modo de ver, sería como negar la esencia misma de la condición humana, de curiosidad, búsqueda y reflexión permanente, elementos que nos han permitido llegar a la realidad civilizatoria actual y presente.

Partiendo de una respuesta positiva a la interrogante, es decir, aceptando como cierta o altamente probable la existencia de vida extra-terrestre, o de otras formas de vida más allá de los linderos de la atmósfera terrestre y cognitiva de la humanidad, el interés se estaciona en la esquina eventual del encuentro, en la expectativa, ilusión, temor o angustia, ante la llegada de seres de otros mundos a nuestro planeta.

La ciencia, la literatura, el cine, la música, la filosofía, en tanto expresiones del ser y del hacer del hombre, y del conocimiento como indagación constante sobre lo que nos rodea, han aportado miles de ideas sobre las características de dicho encuentro, demostrando que cualquier hipótesis o teoría científica se torna gris, sin el color de la imaginación y la capacidad de crear otros mundos.

Julio Verne y H. G. Wells en su momento, aportaron muestras literarias acabadas de las posibilidades del desarrollo científico-técnico, y del encuentro con seres alienígenas. “La Guerra de los Mundos”, novela del británico H. G. Wells, en el lejano 1898, fue pionera en el desarrollo de lo que conoceríamos como “ciencia-ficción”, describiendo los matices de un encuentro con extraterrestres, bajo la forma nada amistosa de una invasión.

En el proceso de edificación de la sociedad global y mediática que somos hoy, un joven y talentoso actor de 23 años llamado Orson Wells, aterrorizaba en 1938 a los radioescuchas de Nueva Jersey y Nueva York, con una dramatización de la “Guerra de los Mundos” en forma de guión de radio, a través de las ondas de CBS, con lo cual avizoraba ya el poder de los medios de comunicación masivos, dejando además al descubierto las pasiones y temores que despertaba en ese momento una agresión de seres de otros planetas.

Con el avance del siglo pasado y la llegada del actual, los avances científicos, tecnológicos en todos los órdenes, fueron cambiando el ambiente y si bien el temor no ha desaparecido, otras lecturas se ofrecen ante la posibilidad de un contacto con extra-terrestres. Es el cine el territorio más prolífico en cuanto a mostrar cómo la frontera entre la ciencia y la ficción se hace cada vez más tenue.

Desde las lágrimas infantiles que yo, y toda mi generación derramó en el final de “E.T. el Extra-terrestre”, saltando a “Star Wars”, luego a “Alien, el Octavo pasajero”, para luego referirnos a personajes como “Mi Marciano Favorito”, o a las series de TV “Mork y Mindy”, “Alf”, hasta llegar a la reciente película de Michael Bay “Transformers”, mucha es el agua que ha corrido bajo los puentes de la duda y la imaginación, y casi cualquier cosa se puede pensar, elucubrar o teorizar sobre la vida en otros mundos.

La NASA acaba de lanzar la sonda espacial “Phoenix” con destino a Marte, bajo la robótica misión de realizar excavaciones en el suelo del planeta rojo en busca de hielo, que pueda derretirse regularmente, por aquello de que el agua, es vida.

Mientras tanto, en estos predios venezolanos, la ciencia revolucionaria se ha adelantado años-luz al desarrollo de las grandes potencias espaciales, y ha detectado ya la existencia de vida extra-terrestre. Todos aquellos seres cuyas ideas, opiniones, valores y aspiraciones se alejan del orden cerrado y mando militar que anuncia orondo el socialismo del siglo actual, son estudiados con curiosidad científica y asco endógeno, ignorándolos y considerándolos una cosa rara, ergo, de otro planeta.

El ánimo, que en todo caso habita en la mayoría de las almas de este lado del planeta, de todos y de nadie, con relación a la posibilidad de la llegada de seres de otros mundos, transpira tranquilidad y exuda despreocupación, sospechando que desde hace mucho tiempo, nos conocen más de lo que nosotros suponemos. Esa posibilidad se cobija en el alma, melodiosamente encarada, lejana a guerras, aniquilaciones y rayos láser, y cercana más bien a esa canción de Rosendo Ruiz Quevedo que en 1955 anunciaba: “Los marcianos llegaron ya…y llegaron bailando ricacha…ricacha…ricacha…ricacha….así llaman en Marte al Cha cha cha.

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