Opinión Nacional

Los medios televisivos ante la tragedia del deslave

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Las drásticas limitaciones a la libertad de expresión impuestas mediante la ley mordaza han comenzado a ejercer su nefasto influjo represivo sobre las dos vertientes básicas del derecho a la libertad de expresión: la de decir la verdad por parte de los actores del hecho noticioso y la de ser informados cabalmente por parte de los receptores. Acorralados en el centro de este dramático cercenamiento quedan los medios, particularmente los televisivos, puente privilegiado de intermediación directa e instantánea entre los distintos sectores de la sociedad.

Obligados por una elemental necesidad de supervivencia, los canales se han visto empujados así al nimbo de la seudo objetividad y al obligado y doloroso pantano de la auto censura. Es lo que ha venido a manifestarse de manera verdaderamente estremecedora a raíz de la catástrofe nacional causada por las intensas lluvias de estas últimas dos semanas, catástrofe cuyas dimensiones y alcances parecieran haber sido minimizados, edulcorados o francamente manipulados por los medios radioeléctricos para beneplácito de un gobierno en gran parte responsable de la tragedia por ineficiencia, imprevisión o simple desinterés en su prevención.

Es cierto: la grave crisis de los intermediadores políticos – partidos, gremios, sindicatos y asociaciones – dejó en carne viva la interrelación comunicacional entre los distintos sectores de la sociedad civil. Los medios, de ser un instrumento de recreación e información con su propio espacio discursivo, debieron servir de conexión directa y, más grave aún, formativa de la opinión pública. Pasaron a ocupar nollens vollens un escenario que en condiciones normales está reservado a otras instancias de regulación social. En un doble sentido: en parte debieron cumplir el papel antes reservado a los partidos, convirtiéndose en el ágora del enfrentamiento político. Y, más grave aún: se convirtieron ellos mismos en actores políticos favoreciendo, apoyando o induciendo expresa o veladamente determinadas formas de lucha social, en tanto la acción violatoria, ilegal e intrusiva del gobierno afectaba directamente los intereses políticos, materiales e ideológicos tanto de los propietarios como del personal periodístico, técnico y artístico de los mismos, arrastrados por la vorágine de la politización total y absoluta de la sociedad en su conjunto.

El grave problema radica en la desaparición de lo que hemos llamado “condiciones normales”. Bajo dicho concepto se entiende la plena vigencia del estado social y democrático de derecho, en el cual el discurso político está regulado por reglas universalmente aceptadas, la convivencia entre los ciudadanos sometida a leyes jurídicas intangibles, el derecho a la propiedad y a la libre expresión garantizadas y el Poder distribuido entre las distintas instituciones básicas que regulan, en su intercambio, el metabolismo político dominante. En dicho sistema, la acción propiamente política de los medios se limita a permitir, con la mayor objetividad e imparcialidad posibles, la expresión y el intercambio de información de lo que sucede en ese ámbito perfectamente delimitado, controlado y regulado de la vida social. Es precisamente de esas “condiciones normales” que la sociedad venezolana se ha visto privada durante el presente gobierno. De la democracia. Con la posibilidad cierta de entronizar esa grave distorsión bajo el paraguas de una supuesta revolución bolivariana. Ese, y no otro, es el meollo del asunto: el totalitarismo puesto en práctica por el régimen.

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La intromisión de los medios en la vida política no es un fenómeno estrictamente venezolano, ni es novedoso ni reciente. Muy por el contrario, corresponde a la tendencia inmanente a la tecnología mediática, particularmente la televisiva. Se ve condicionada por la economía del rating y la adaptación de líneas informativas que no colidan con la que pareciera ser la prejuiciada inclinación anímica y psicológica del receptor. De acuerdo a una dinámica melodramática, a la racionalidad se antepone la emoción y a la verdad la conmoción afectiva: “La televisión, ya encendida en los hogares en el momento del rito del noticiero, se impone entonces como el principal vector de información…Estar informado casi exclusivamente por la imagen no deja de tener sus consecuencias. La visión de la realidad compartida por millones de espectadores está sometida al filtro de una presentación que prefiere frecuentemente la dimensión afectiva y emocional.”**

Ya en 1991, en un escrito llamado Tengo miedo de los medios, el Cardenal Jean Marie Lustiger, arzobispo de Paris lo señalaba con una aterrante clarividencia: “La información debería desarrollar la racionalidad. Pero ha provocado lo inverso, como si en los países democráticos la razón hubiera sido desplazada por la oleada de imágenes, de afectividad y de pasiones”. De allí la cercanía de dos géneros aparentemente contrapuestos, así como la tentación de imbricarlos en un solo complejo discursivo: la conversión de la telenovela en noticiero y del noticiero en telenovela. Conocemos el caso y hemos sufrido sus terribles efectos: la política reducida a sustancia melodramática. Los conflictos sociales rebajados a un combate entre los malos y los buenos.

Hugo Chávez es el producto cabal de ese fenómeno mediático. Comenzó siendo “el bueno”, a pesar de la gigantesca felonía con que irrumpiera en nuestra vida pública. A caballo de los medios, un golpista irresponsablemente amnistiado se trasmutó por efecto del auxilio informativo en candidato y logró la presidencia gracias a la resonancia masiva y el consiguiente respaldo directo o indirecto que los medios impresos, radiales y televisivos le dieran desde el mismo 4 de febrero de 1992.

Chávez es producto de los medios y reflejo de los mismos. Obedece a lo que en otro lugar hemos llamado la política como espectáculo.*** Quienes se quejan de la llamada “oposición mediática” o denigran de los políticos de “pantalla” olvidan que el presidente de la república es la más perfecta expresión del “político mediático”. Fue encumbrado a la gloria por la pantalla. Jamás presidente de la república alguno en Venezuela – y posiblemente en el mundo – habló tanto y durante tanto tiempo por televisión y radio, fue aupado de manera más inescrupulosa por ciertos propietarios y personal periodístico de los medios ni encadenó de manera más dictatorial a los medios radioeléctricos para imponer su mensaje, una vez encumbrado por la imagen y la palabra escrita al trono de Miraflores.

De modo que quienes protestan por la intervención de los medios en la lucha política debieran comenzar rechazando el uso perverso y abusivo hecho por el presidente de la república de dichos medios, así como reconociendo la complicidad de los mismos en el levantamiento del mito del caudillaje en nuestro país. Aberración que constituye una asignatura pendiente en el pensamiento crítico venezolano.

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Pero por lo visto, la salsa que fue buena para el pavo no debe serlo para la pava. Utilizada hasta la malversación por el golpismo desde el 4 de febrero de 1992, la libertad de expresión se convierte en peligro mortal una vez que ese golpismo se ha hecho con el Poder. La finalidad buscada por el gobierno al controlar los medios no puede ser más evidente: monopolizar un poder temible: “el control de la imagen es tanto más temible cuanto que la información emitida de manera continuada da una ilusión de transparencia. Su desarrollo ininterrumpido puede hacer vibrar de emoción, pero ciertamente anestesia la razón. La imagen facilita así la tarea de quienes toman decisiones en política y de los militares acerca del procedimiento informativo cada vez que intereses estratégicos están en juego…Detrás de la imagen mostrada se perfila la finalidad propagandística”. Es tan poderoso el efecto de una concatenación de imágenes sabia y profesionalmente manipulada para obtener un fin perseguido por quienes detenten el Poder que se logra, como en el avieso documental sobre los sucesos del 11 de abril, “un conjunto de imágenes orquestadas para comunicar un sentido de triunfo y así lograr resultados que la realidad y la razón nunca podrían haber alcanzado”.***

Ocultamiento, anestesia e inducción a la apatía como norma de comportamiento colectivo: de distintas formas y bajo diferentes combinaciones, estos tres elementos han estado presentes en la narración informativa de estas dramáticas últimas dos semanas. Obligado a ejercer un rol de contra balance para protegerse a sí mismo y al medio al que sirve profesionalmente ante un eventual cierre o clausura, el reportero desvía la entrevista en cuanto el entrevistado comienza a hacer responsable de su tragedia a la incuria del régimen; le recuerda puntos a favor de algún funcionario de gobierno cuando la crítica del entrevistado se ceba contra la sevicia de otro de ellos y directamente corta la entrevista cuando la indignación deja todo cauce de discreción.

El régimen pareciera estar a punto de lograr su objetivo: está convertido a los reporteros y periodistas de los medios radioeléctricos en gratuitos funcionarios del ocultamiento e involuntarios propagandistas de la falacia. ¿Están apagando la luz? Las consecuencias de esta complicidad impuesta podrían ser más catastróficas que la catástrofe natural que se pretender silenciar.

EL PARTIDO RECIÉN COMIENZA

Es cierto: se dio vuelta la página del caso Granda. Pero no se cerró el libro. La trama de esta novela por entregas – que amenaza con convertirse en un best seller y no precisamente de la literatura real maravillosa sino del género negro – sigue abierta y sin ninguna perspectiva de final feliz. Todavía estamos lejos de saber por quién repicarán las campanas.

El mismo día en que los presidentes de Venezuela y Colombia esbozaban sus más amplias sonrisas e impostaban sus mejores declaraciones, la Coordinadora Continental Bolivariana – organismo chavista de solidaridad y enlace heredado de la OLAS, la OSPAAL y la Tricontinental de los tiempos del Ché Guevara -, exigía “la repatriación del compañero Rodrigo”, calificaba de fascista al gobierno de Uribe Vélez y llamaba a combatir con las armas al Plan Patriota y al imperialismo norteamericano: “Digamos ¡NO! a la guerra sucia en Colombia; ¡NO! al «Plan Patriota»; ¡NO! a las acciones encubiertas y pretensiones criminales del gobierno fascista de Álvaro Uribe Vélez contra la Revolución Bolivariana”. El ventrílocuo de Miraflores proclamaba su auténtica verdad por boca de su muñeco rojo.

Pero si la estridencia de las marionetas bolivarianas mostraba los verdaderos propósitos del chavismo revolucionario, el Departamento de Estado hacía lo suyo y sin ambages desde Washington. Sus más altas autoridades de seguridad y defensa pronosticaban inestabilidad en Venezuela para este año 2005. ¿Quién la provocará?

Detrás de la retórica y las declaraciones para la galería, las garras asomaron sus filos sin ningún pudor. El enfrentamiento Colombia/Estados Unidos versus Venezuela/Cuba está vivo y recién comienza. Uno de los implicados – Fidel Castro – fue llamado a terreno por el otro. Y ni corto ni perezoso decidió acudir en auxilio de su pupilo recomendándole moderación, que el horno todavía no está para bollos. Ya vendrá el tiempo de los cañones. Ténganlo por seguro.

No importa cuan sorda esté la oposición venezolana a los tambores de guerra que resuenan en lo profundo: los escándalos del chavismo no cesan de airear sus fantasmas, la naturaleza insiste en desnudar la corrupción y la ineficiencia del régimen, mientras las víctimas por la incuria siguen enterradas en el lodo, una mano agarrotada sobresaliendo a la superficie. Los sobrevivientes continúan vagando sin prevención ni ayuda, a la espera de un mendrugo mientras sobreviene el próximo deslave. El temporal sigue acumulando su energía destructora y el magma que hierve tras esta aparente y apática quietud continúa acrecentando su hervidero.

Se llaman a engaño quienes creen que la rana ya está hervida. Como en el béisbol: el juego no se acaba hasta que termina.

Notas

* Editorial Gedisa, Barcelona, 1999, pág. 29.

** Ibídem, pp. 31 y 32.

*** La política como espectáculo, en Dictadura o democracia: Venezuela en la encrucijada, Caracas, 2003.

*** Ibídem, 32.

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