Opinión Nacional

Los miserables

Estoy de acuerdo: me pueden acusar de ser un sentimental irremediable. Pero al confrontar la deslumbrante hermosura del acto masivo con que la oposición venezolana recibiera el nuevo año con la miseria desconsoladora del mismo evento protagonizado por los partidarios del gobierno, sentí que se me desgarraba el corazón. Una inmensa autopista fue necesaria para cobijar a los cientos de miles de opositores que bailaron hasta el amanecer bajo los más grandiosos fuegos artificiales que jamás hayan iluminado el cielo caraqueño. Mientras, a las puertas de la sede principal de Petróleos de Venezuela, en una oscura callejuela de la Campiña, algunos cientos de desangelados partidarios del régimen se emborrachaban en nombre de la revolución bolivariana.

Podrán los medios internacionales guardar silencio sobre una diferencia tan notable y hasta acusar a la oposición venezolana de multitudinaria frivolidad. El hecho incontestable es que el gobierno comienza a reducirse a la costra de marginalidad espiritual de una pobresía que merecía mejor suerte y una más próspera fortuna que encontrarse en su camino con un liderazgo que avergüenza al más desalmado de los gobernantes, si lo hubiera. En nombre de su supuesta redención Chávez ha terminado hundiéndolos en más pobreza y miseria.

Porque no satisfecho con abandonar a su suerte en fecha tan crucial a sus connacionales más desventurados, el presidente de la república volvió a cometer dos delitos imperdonables, que sólo un periodismo servil o inconsciente puede pasar por alto: abandonó el país en medio de la más grave penuria de su historia, en un condenable acto de desprecio y soberbia. Y olvidando en horas el discurso moderado y conciliador con que despidió el año, apenas pisara suelo extranjero comenzó a difamar con los peores y más groseros epítetos a la oposición nacional, como si fuera una fuerza de ocupación extranjera en suelo patrio. Nuestros enviados a Washington durante la celebración de la asamblea ordinaria de la OEA guardaron el más profundo silencio: rechazaron hacer cualquier declaración que enlodara a nuestro presidente. Esa es la diferencia que media entre la canalla y la hidalguía.

Pués sólo un canalla puede aceptar hechos tan lamentables sin sentir dolor por el naufragio que sufre la patria. Basta con que el presidente de la república se crea al abrigo del control de sus medios, para traicionar, vilipendiar y mancillar el honor de los venezolanos que no lo respaldan. Ninguno de los presidentes de nuestra historia, incluyendo quienes fueran rechazados masivamente por sus ejecutorias como Cipriano Castro, mostró menos dignidad y sentido del honor que quien hoy nos desgobierna. Sus declaraciones desde Brasilia vuelven a mostrarlo avieso, desleal y traicionero. Insiste en demostrar con sus actos la acusación que le endilgara Carlos Fuentes, quien comparara su cerebro con un basurero.

Por eso, no encuentro razones para alzar la cabeza con alegría este 1º de enero, aún con la certeza irrebatible de que éste, que hoy recién comienza, será el año de la dignidad nacional. Mientras más se hunde en su ignominia, más ignominioso se vuelve y mayor la repulsa que provoca. De este dolor que se anida en el pecho de los venezolanos decentes debiera salir la fuerza que nos permita enfrentar el futuro con confianza y alegría. ¿Cuántas ofensas deberemos aceptar aún con estoicismo y entereza? ¿Cuánta tragedia preparan sus celadas?

Habrá que acerar el ánimo, abrir los corazones, no cejar ni un minuto y volver a repetirnos: el presente es de lucha, el futuro es nuestro. Porque de lucha, aún nos queda un largo camino. Mientras tanto, a todos Ustedes, un muy feliz y próspero año nuevo.

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