Opinión Nacional

Los misterios de Rapa Nui

La Isla de Pascua, llamada Rapa Nui y “Te pito o te henua” (el ombligo del mundo) por los aborígenes, es la más austral y la más aislada de las que conforman la Polinesia. También es la que contiene no pocos misterios. Los orígenes de sus habitantes apenas si ahora comienzan a ser esbozados a través de distintas hipótesis. Pero el misterio más grande lo constituye su atracción principal: los “moais”, esas extrañas y enormes figuras de piedra basáltica que guardan aún los que son quizás los secretos más insondables de la isla.

Esta isla fue anexada por Chile hacia finales del siglo XIX, con el acuerdo de sus habitantes, y por mucho tiempo tuvo la presencia de la Armada de ese país. Hoy en día, los isleños vienen quejándose de cierto “abandono” en que los dejó el país tutor e incluso hay desde hace unos dos años algunas tentativas de independizarse.

Sobre sus primitivos habitantes se dice que pudieron haber llegado desde otras islas polinésicas, como las Marquesas, Cook o cualquiera de las cientos de islas situadas hacia el noroeste. Sin embargo, habría algunos indicios de que también fueron visitadas por los incas del Perú que se atrevían a llegar más allá de sus costas para comerciar y que incluso podrían haberse mezclado razas y culturas, dando así origen a los habitantes originales de Rapa Nui. De hecho, el famoso viaje del noruego Thor Heyerdahl en la barca “Kon Tiki”, hecha de totoras y otras plantas utilizadas en esos tiempos, sería un buen ejemplo de que ello podría haber sido factible.

Ahora bien, el misterio que como decíamos sigue siendo el más insondable es el de los Moais. Contabilizados en casi 900, construidos estimativamente hace más de 1300 años y con alturas que van desde los cinco hasta los diez metros y centenares de toneladas de peso, todavía cabe preguntarse cómo han sido trasladadas esas figuras, cuyo material para construirlas era extraído del cráter de un volcán apagado, para ser diseminadas por toda la isla. Si podría aceptarse que los aborígenes hayan podido construirlas con sus modestos y primitivos picos y mazas, más difícil es deducir la forma de trasladarlas. Y aquí chocan las teorías de quienes apuestan por un complicado sistema de cuerdas, rodillos de troncos y fuerza de decenas de hombres, con los que prefieren inclinarse por que los troncos, generalmente de palmeras, no soportarían ese peso durante el viaje y que habrían recibido “ayuda extraterrestre”. Algo similar a lo que se decía sobre las pirámides de Egipto. Lamentablemente, aquí no se ha dado lo que en otras culturas aborígenes, en las que se ha transmitido su historia de generación en generación hasta nuestros días pudiéndose conocer detalles de la misma. Salvo que los habitantes de Rapa Nui hayan preferido mantener el misterio.

Los Moais, salvo en muy pocas excepciones, dan la espalda al mar y miran hacia el interior de la isla. Se dice que lo hacen para cuidar de sus moradores, mientras otros afirman que son las representaciones de los grandes jefes muertos que tuvo Rapa Nui. Sin embargo se han hallado en el interior de la isla algunas figuras que miran claramente hacia la constelación de las Pléyades, llamadas por los ancianos “matariki” (pequeños ojos), y otras hacia el Cinturón de Orión, conocido por nosotros como “las tres Marías” y por ellos como “tautoru” (los tres bellos). Para los aborígenes, las Pléyades les indicaban el comienzo de la temporada de pesca, en tanto el Cinturón de Orión comunicaba el principio del año y de las grandes fiestas de la isla.

Algo más que ha estimulado en algunos investigadores el estudio de los vínculos de estas figuras con connotaciones astronómicas es el hallazgo, en un lugar aislado en el extremo oriental de la isla, de dos piedras ubicadas una cerca de la otra. La primera tiene una serie de grabados y es conocida como “la piedra para observar las estrellas” y la otra contiene directamente lo que es un mapa estelar. Ambas piedras se encuentran precisamente en el único lugar de la Isla de Pascua donde se puede observar a las Pléyades al salir y ponerse en un horizonte despejado, sobre el mar.

Mientras estos misterios han ido apasionando a cada vez más investigadores, el turismo disfruta de este lugar que en realidad puede ser recorrido en su totalidad en unas 48 horas y después dedicarse a sus playas, como la de Anakena, quizás la mejor, y de platos cuya variedad va desde las cocinas francesa y chilena hasta los típicos sabores de la Polinesia, predominando los frutos del mar en sus más variadas formas de cocción. Lamentablemente, como sucede en todo lugar paradisíaco al que llega la “civilización”, la afluencia de turistas trajo también la de los vándalos de turno. Tal el caso ocurrido hace unos tres años, cuando un turista finlandés cercenó la oreja de un Moai para llevársela y usarla quizás como cenicero. Felizmente fue detenido y encarcelado, aunque el daño hecho fue irreparable. De allí que se hayan extremado los controles a los visitantes cuando se acercan a los Moai para las habituales fotografías y se hayan colocado avisos sobre el impedimento de tocarlos. Aunque la tentación hace que nunca falte alguna evasión a esos controles, que no pueden cubrir todos los sitios dada la escasa cantidad de personal de vigilancia.

Eso sí, recomiendo a quienes vayan allá visitar el lugar donde se encuentra una piedra perfectamente redonda a la que los aborígenes llaman precisamente con uno de los nombres que le dan a la isla, “Te pito o te henua”. Ellos consideran a esa piedra “el ombligo del mundo” y sobre ella podrán apoyar su frente y recibir “mana”, la energía que quizás proviene de centurias de un poder transmitido por los Moais.

O de las estrellas que iluminan Rapa Nui…

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